La magia del fútbol, esa pasión que une, emociona y devuelve la fe, ha hecho en este último tiempo lo que la clase política tradicional no ha logrado en décadas: darle esperanza real al país.
Los recientes resultados de la selección nacional no solo han generado alegría; han puesto en evidencia una verdad incómoda: Bolivia sí puede. Puede creer, puede unirse, puede luchar con disciplina y propósito. Lo que ha fallado sistemáticamente no es el pueblo, sino quienes han tenido la responsabilidad de conducirlo.
Mientras en la cancha se habla de esfuerzo, compromiso y resultados, en la política seguimos atrapados en el círculo vicioso de la mediocridad, la corrupción y la falta de visión. Una clase dirigente que, con contadas excepciones, ha hecho del poder un instrumento de beneficio personal antes que un servicio a la nación.
Lo que vivimos no es únicamente una crisis económica o institucional. Es, sobre todo, una crisis moral profunda, alimentada por años de prácticas que han normalizado lo inaceptable: la corrupción, el abuso, la impunidad, el clientelismo y la degradación del debate público. Se ha invertido la escala de valores: hoy se premia la viveza y se castiga la integridad.
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Y, sin embargo, el fútbol nos ha recordado algo fundamental: la esencia del boliviano no está corrompida. La mayoría de la población sigue creyendo en el esfuerzo honesto, en el mérito y en la dignidad. Esa es la Bolivia real, la que no se ve reflejada en sus gobernantes.
Por eso, este momento no debe ser desperdiciado como una simple euforia pasajera. Debe convertirse en un punto de quiebre. En una señal clara de que el país no está condenado al fracaso, sino mal conducido.
La vieja política debe entender que su tiempo se agota. No hay espacio para discursos vacíos ni para liderazgos reciclados que prometen cambios que nunca llegan. Bolivia necesita una renovación profunda, no de nombres, sino de principios. Liderazgos con carácter, con ética y con una verdadera vocación de servicio.
Superar esta crisis moral exige acciones concretas y sostenidas:
Una educación que forme ciudadanos, no solo votantes.
Instituciones que funcionen con transparencia, no como redes de protección.
Líderes que rindan cuentas, no que se escondan tras el poder.
Una sociedad que deje de tolerar la corrupción como un mal inevitable.
En este proceso, los medios de comunicación tienen una deuda pendiente. No pueden seguir siendo cómplices del espectáculo político decadente. Deben asumir un rol activo en la construcción de una ciudadanía informada y crítica.
Las escuelas y universidades, por su parte, deben dejar de ser espacios neutrales frente a la crisis ética y asumir su responsabilidad en la formación de una nueva generación con valores sólidos.
Este no es un desafío menor ni inmediato. Pero es urgente. Y el momento para empezar es ahora.
Porque si once jugadores pudieron devolverle la fe a millones de bolivianos, queda claro que el problema nunca fue la falta de capacidad del país, sino la falta de altura de quienes lo han dirigido.
Bolivia no necesita milagros. Necesita decencia.
Fernando Crespo Lijeron
