Control social o complicidad: la hora del ciudadano


En aproximadamente un mes, el municipio de Porongo será escenario de la posesión de su alcalde reelecto, un resultado alcanzado por mayoría simple conforme a lo que establece la normativa vigente. Sin embargo, a pesar del cierre del proceso electoral, este resultado deja abiertas serias dudas sobre presuntas irregularidades denunciadas públicamente, tanto el día de la votación como en jornadas posteriores. Lo más preocupante no es solo la existencia de estas denuncias, sino el silencio de las autoridades del Tribunal Electoral Departamental. Frente a esta ausencia de respuestas y acciones respectivas, la responsabilidad recae en la ciudadanía: mantenerse alerta y ejercer un control activo sobre la gestión municipal durante los próximos cinco años.

Porongo no es un municipio cualquiera. Su creciente importancia dentro de la región metropolitana de Santa Cruz lo sitúa en un momento decisivo de su desarrollo. En este contexto, no hay espacio para lo opaco. Se requiere una gestión transparente, abierta y, sobre todo, sometida a un control ciudadano firme y constante.



El Control Social, por tanto, deja de ser una formalidad decorativa para convertirse en una herramienta esencial de la democracia. No es una opción ni un acto simbólico: es una obligación frente a un escenario marcado por la desconfianza y la falta de respuestas institucionales.

La experiencia reciente en este y otros municipios ha demostrado que cuando la ciudadanía baja la guardia, la gestión pública se aleja del interés colectivo. Obras inconclusas, decisiones poco transparentes, uso discrecional de recursos y ausencia de rendición de cuentas no son casualidades: son el resultado de una vigilancia débil o inexistente.

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Por ello, este nuevo periodo no puede iniciar bajo la lógica del “beneficio de la duda”. Debe comenzar con una premisa clara: cada decisión, cada contrato y cada boliviano ejecutado deben ser observados de cerca por la ciudadanía.

El desafío es claro. El Control Social en Porongo debe dejar atrás cualquier forma de complacencia o subordinación. Necesita independencia, organización y valentía para fiscalizar sin miedo, denunciar sin cálculos políticos y exigir transparencia sin concesiones.

Pero esta tarea no corresponde solo a unos pocos. Es una responsabilidad colectiva. Cada vecino debe entender que la democracia no termina en las urnas: comienza allí y se fortalece con la activa participación ciudadana y la vigilancia permanente.

Porque cuando el ciudadano se convierte en espectador, el poder se vuelve opaco. Y cuando el poder se vuelve opaco, la corrupción encuentra terreno fértil.

El mensaje para las autoridades debe ser claro desde el primer día: Porongo no será un territorio de silencio ni de complicidades. Será un municipio donde la ciudadanía observa, cuestiona y exige.

La reelección puede interpretarse como un voto de confianza, pero también como una señal de alerta. Y frente a esa alerta, la única respuesta válida es la acción.

Porque en democracia, el poder no solo se elige: también se controla.

Y ese control empieza ahora.