QuickTake: De la liberación de tarjetas de crédito


¿Cuál es el verdadero cambio con la nueva medida sobre las tarjetas? Ahora sí podrás comprar una hamburguesa en el exterior con tu tarjeta boliviana. El “avance” viene con su respectivo precio: el dólar ya no se cotizará a Bs. 6,96, sino a Bs. 9,18. Una devaluación encubierta que el Gobierno presenta como modernización.

La medida, en sí misma, no es mala. Alivia una restricción que constituye el colmo y permite un mínimo de normalidad en las transacciones internacionales. El problema radica en lo que revela sobre la mentalidad oficial: se sigue concentrando en mitigar síntomas en lugar de atacar las causas profundas.

Y aquí conviene recordar un concepto básico, aunque incómodo por evidente: el dólar no es un bien comparable a la gasolina. No se trata de un activo real cuya disponibilidad se resuelve simplemente “poniendo más en el mercado” y subiendo el precio para que “la gente lo sienta, pero haya”.



La gasolina es un commodity físico, un activo real. Su precio relativo ayuda a asignar un recurso escaso mediante el mecanismo de precios. El dólar, en cambio, es un activo financiero, su precio real no está definido respecto de cuánto cuesta respecto de otra moneda, sino por su poder adquisitivo, por cuántos bienes y servicios reales puede adquirir una unidad del mismo. Más aún, resulta crítico saber que es el activo financiero más manipulado por el Estado, que detenta el monopolio de su creación, define la cantidad y calidad de dinero en la economía, define plazos, tasas de interés, flujos de liquidez y reglas de acceso de manera discrecional.

Entonces, para retornar a un escenario que se podría considerar como normal, solamente hay tres caminos a seguir: la devaluación, la revaluación o la dolarización; el gobierno está siguiendo una muy confusa y contradictoria política que combina el primer y segundo camino de manera simultánea, contradictoria y, sobre todo, altamente peligrosa, porque, lejos de solucionar problemas, podría estar agravándolos hacia futuro. Pero, nuevamente, todo el error comienza por considerar erróneamente al dólar como un activo real como cualquier otro, mucho menos cuando no está sometido a las fuerzas de oferta y demanda debido al monopolio estatal que recae sobre él.

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Por eso, el libre flujo del dólar que realmente necesita la economía boliviana —no el permiso de pagar una hamburguesa en Iquique, sino su reintegración plena al sistema bancario y financiero— no se logra con parches administrativos ni con ajustes cosméticos del tipo de cambio referencial. Requiere algo mucho más profundo: restaurar la confianza en el sistema bancario y financiero, eliminar los controles de capital que distorsionan las señales de precio del comercio exterior, y permitir que el dólar cumpla su rol genuino como unidad de cuenta, medio de intercambio y reserva de valor sin que el Estado lo trate como un bien racionado que debe dosificarse según criterios políticos.

En buen cristiano: no se trata de poder usar tarjetas de crédito para pagar Netflix o comprar un libro en Amazon —que también— sino del día en que la gente tenga plena confianza en el sistema para volver a depositar $500, con la certeza de que tendrá control permanente sobre su disponibilidad.

Mientras el Banco Central y el gobierno sigan viendo al dólar como un bien comparable a la gasolina que hay que “administrar” para contentar temporalmente a la ciudadanía —exactamente como han hecho históricamente con los subsidios a los hidrocarburos—, estaremos condenados a repetir el mismo error de diagnóstico. Y los errores de diagnóstico en economía no se pagan con discursos, sino que se pagan con reservas que se evaporan, con capital que huye y con una capacidad productiva que se sigue atrofiando.

El problema no es que la gente quiera usar su tarjeta afuera, sino que el sistema entero siga funcionando como si el dólar fuera un privilegio que el Estado concede, en lugar de reconocerlo como lo que es: la válvula de escape natural de una economía que ha perdido credibilidad en su propia moneda.

No se puede vivir de señales eternamente. En algún momento habrá que tomar decisiones, pero por cuanto más tiempo se demoren en hacerlo, menores probabilidades de éxito habrá.