Cuando dejamos de pensar


Por Mauricio Jaime Goio.

Hay frases que hacen historia y se labran su camino al bronce, no tanto por su brillantez, como por las luces que dan acerca de la naturaleza de la condición humana. Tal es el caso de aquella que dice “una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos”, acuñada por el periodista Edward R. Murrow en medio de la persecución del macartismo a mitad del siglo XX en EE. UU. Fue una constatación política que sigue resonando hasta hoy, demostrando plena vigencia. Una sentencia que inquieta al constatar que el problema no son sólo los lobos.



Fuente: Ideas Textuales

Solemos pensar que los abusos de poder nacen de líderes ambiciosos, representantes de estructuras de poder corruptas. Lo que en parte puede ser así. Sólo que no explica el fenómeno en su integralidad. Es un argumento tranquilizador, que desplaza la responsabilidad hacia los otros. Lo que la frase de Murrow sugiere es que el poder autoritario no se impone en el vacío, encuentra terreno fértil en una sociedad que ha renunciado a ejercer su capacidad de reflexión.

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No se trata de una renuncia explícita. Nadie declara, en voz alta, que ha decidido dejar de pensar. Es un proceso sutil, casi imperceptible. Se sostiene en la acumulación de estímulos que nos obliga a simplificar la realidad para poder seguir adelante. Se genera un contexto en el cual pensar se vuelve un lujo. Uno que termina por abandonarse.

Ejemplo elocuente de este proceso es el ascenso al poder de Adolf Hitler, que accedió merced a una votación democrática. El hombre supo construir pacientemente una narrativa que interpretó y manipuló las frustraciones de una sociedad herida. Antes del terror, hubo adhesión. Antes de la violencia, hubo consenso.

El punto ciego de muchas sociedades es creer que el autoritarismo siempre se expresa en gestos extremos y señales inequívocas. La realidad es más compleja. El poder, cuando aspira a perdurar, rara vez se presenta como amenaza. Se disfraza de solución. Promete orden, estabilidad, reconocimiento. Es en este ofrecimiento que encuentra su legitimidad inicial. Pero esa una legitimidad que sería imposible si no existiera la disposición previa de los electores de aceptar sin cuestionar.

Otro ejemplo es la llamada “caza de brujas” en Estados Unidos, en la cual el senador Joseph McCarthy logró instalar un clima de sospecha que transformó la vida pública. No hacía falta demostrar la culpabilidad, bastaba con insinuarla. Frente a esa lógica muchos optaron por el silencio. No porque creyeran en las acusaciones, sino porque el costo de cuestionarlas era demasiado alto. El miedo operó como un mecanismo de disciplina social. No un miedo impuesto, sino uno internalizado, asumido y reproducido. La autocensura resultó más eficaz que cualquier forma de coerción.

Vivimos en una época que se define por el exceso de información. Nunca habíamos tenido acceso a tantas fuentes, y, sin embargo, esa abundancia no ha producido necesariamente sociedades más críticas. Al contrario, pareciera que la saturación informativa tiende a generar lo que podríamos llamar una nueva forma de pasividad. No la pasividad del que no sabe, sino la del que no procesa.

Es una cultura marcada por la inmediatez, donde la atención se convierte en un recurso escaso. Y cuando la atención escasea, el pensamiento se simplifica. Recurre a atajos y a intuiciones rápidas, volviéndose vulnerable a narrativas que ofrecen respuestas simples a problemas complejos.

Es en este terreno donde los lobos prosperan. No necesariamente sosteniéndose en discursos abiertamente autoritarios, sino con relatos que apelan más a la emoción que al razonamiento. Y frente a ellos, una sociedad fatigada encuentra en la obediencia una solución cómoda.

El riesgo no es menor. Frente a una capacidad crítica debilitada, la democracia pierde. No basta con votar y opinar. La vida democrática exige la capacidad de discernir, de poner el orden en cuestión. Exige un tiempo y dedicación, lo que parece ser un lujo en la actualidad.

En este contexto, el rol del periodista adquiere una dimensión que debería trascender a una función informativa. Murrow lo entendió con claridad. Su posición era un llamado a crear las condiciones para que los ciudadanos pudieran comprender a cabalidad el mundo que habitan.

Una sociedad que no quiere escuchar no puede ser informada. Una sociedad que ha normalizado la superficialidad difícilmente encontrará en el periodismo una herramienta de empoderamiento. La responsabilidad no puede delegarse por completo en los medios, ni en las instituciones, ni en los líderes. Es, a la vez, responsabilidad individual y colectiva.

Pensar debería ser, una práctica cotidiana. Algo muy difícil de conseguir en un mundo que premia la rapidez y castiga la pausa. Quizás por eso la advertencia de Murrow nos escuece. Porque señala que el gran enemigo reside en nosotros. Nos obliga a reconocer que el deterioro de la vida política comienza en el instante en que dejamos de hacernos preguntas. Y no hay sociedad inmune a ese riesgo.

Puede que la historia no se repita, pero es indudable que reproduce patrones. Y uno de los más persistentes es la tentación de sustituir la duda por la certeza. Frente a esto la única defensa posible sigue siendo la del ejercer el juicio. Porque es allí, en el ejercicio del juicio, cotidiano y a menudo invisible, donde se juega el destino de la democracia.

Por Mauricio Jaime Goio.

Fuente: Ideas Textuales