“Un mundo sin misericordia se derrumba: el llamado urgente a volver a Dios” Mons. Dowlaszewicz


Domingo de la Divina Misericordia. El Obispo Auxiliar de Santa Cruz, llamó a los fieles a confiar sin miedo en el amor misericordioso de Dios, recordando que ninguna caída es más grande que su perdón.

(Redacción Lic. Alejandro Cossio / Fotografías: Lic. Jaime Aguirre Peña)

 

Fuente: GRUPO PRENSA – ASC



En el marco del Segundo Domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia, Mons. Stanislaw Dowlaszewicz, O.F.M. Conv., Obispo Auxiliar de Santa Cruz, presidió la celebración eucarística, concelebrada por Mons. Javier del Río, Obispo Emérito de Tarija. A la luz de las lecturas de Hechos 2,42-47, 1 Pedro 1,3-9 y el Evangelio de Juan 20,19-31, el prelado invitó a los fieles a redescubrir el corazón del mensaje pascual: la paz, el perdón y la misericordia de Cristo Resucitado como fundamento de una vida nueva.

El encuentro con el resucitado: la paz que vence el miedo
Mons. Stanislaw se centró en el momento en que Jesús se presenta ante sus discípulos, encerrados por miedo. No solo las puertas estaban cerradas, sino también sus corazones. Sin embargo, Cristo irrumpe en medio de esa oscuridad con un mensaje inesperado: “La paz esté con ustedes”, marcando así el inicio de una nueva etapa basada no en el reproche, sino en el amor que reconstruye.

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Tomás y la experiencia de la fe
La figura de Tomás permite comprender que la fe también atraviesa la duda. Jesús no rechaza su incredulidad, sino que la transforma en camino de encuentro. Por eso le dice: “comprueba, toca, no seas un incrédulo”, mostrando que la fe cristiana no es abstracta, sino profundamente encarnada.

Las manos de Jesús: signo de amor y misión
En esa misma línea, la homilía profundiza en el significado de las manos de Jesús, que no solo fueron heridas, sino que “tocaron, acariciaron, curaron, restauraron la vista, amaron a los pobres”. Estas manos expresan una misión que continúa en la vida de los creyentes.

La misericordia como Don y Sacramento
Uno de los ejes centrales de la homilía es la institución del sacramento de la reconciliación como expresión concreta de la misericordia divina. Jesús confía a la Iglesia el poder de perdonar, mostrando que su obra no quedó en el pasado: “su misericordia todavía funciona, en la Iglesia, en el sacramento de la penitencia”.

La misericordia más grande que el pecado
El mensaje se proyecta hacia la realidad actual, marcada por la fragilidad humana. En un mundo herido, donde abundan el miedo, la culpa y la desesperanza, se reafirma una verdad fundamental: “no hay tal pecado que la misericordia de Dios no pueda abrazar”.

Llamado a la conversión: confiar y volver a Dios
La homilía adquiere un tono profundamente pastoral al dirigirse directamente al corazón de los fieles. Frente al miedo, Jesús responde con una invitación clara: “No tengas miedo… no creas que tus pecados son demasiado grandes. Jesús te está esperando”.

La esperanza que nace de la misericordia
Finalmente, el mensaje culmina en una afirmación que sintetiza toda la reflexión: “cuanto mayor sea nuestra miseria, mayor será el derecho a la misericordia de Dios”. Esta certeza se convierte en fuente de esperanza para todos, recordando que la última palabra no la tiene el pecado, sino el amor misericordioso de Dios.

En este Domingo de la Divina Misericordia, la Iglesia renueva así su invitación a confiar, a reconciliarse y a volver a Cristo, quien sigue saliendo al encuentro de cada persona con una palabra que transforma la vida: paz, perdón y misericordia.