¿Cuántas veces nos hemos sentido como simples mensajeros al servicio de una burocracia ciega? Es una escena cotidiana y frustrante: ciudadanos deambulando de una oficina a otra, cargando fólderes amarillos, sacando fotocopias de documentos que el propio Estado emitió y entregando, una y otra vez, información que ya reside en alguna base de datos oficial. Esta práctica no es solo una ineficiencia administrativa; es una injusticia profunda que traslada al individuo la carga de la descoordinación institucional.
En Bolivia, hemos naturalizado el rol del “middleware humano”. Somos nosotros quienes, con nuestro tiempo y dinero, compensamos la incapacidad técnica y política del Estado para compartir información internamente. Eliminar esta figura no es simplemente una mejora en la gestión; es un acto de dignidad pública. Es el reconocimiento definitivo de que el tiempo del ciudadano es sagrado, que la información pública debe fluir y que el Estado, por fin, debe hacerse responsable de su propia memoria institucional.
El diagnóstico es claro: el problema no radica en la falta de portales web o aplicaciones móviles. El verdadero cuello de botella es la ausencia de una interoperabilidad real. Sin ella, la digitalización se reduce a un barniz cosmético. Lo que vemos hoy son formularios en línea que replican la lógica analógica, sistemas aislados que no se hablan entre sí y oficinas que operan como feudos autónomos. El resultado es un espejismo: un Estado digitalizado en apariencia, pero profundamente arcaico en su funcionamiento interno.
La interoperabilidad no es un concepto técnico reservado para ingenieros de sistemas. Es la capacidad política y administrativa del Estado para intercambiar, interpretar y reutilizar datos de forma automática y segura. En términos prácticos, significa que, si una institución necesita mi identidad, mi estado civil o mi historial académico, debe consultarlo directamente con la fuente oficial (SEGIP, Registro Civil o Universidades) en lugar de obligarme a llevar un papel sellado que certifique lo que el Estado ya sabe.
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En el escenario global, países como Estonia han marcado el norte con el principio de “solo una vez” (once-only principle): ninguna entidad pública puede solicitar al ciudadano un dato que ya esté en manos del Estado. Dinamarca ha ido más allá, implementando servicios que se activan automáticamente ante eventos de vida, como el nacimiento de un hijo o la jubilación, eliminando el trámite como concepto. El impacto de esto no es solo métrico; es un generador masivo de confianza institucional.
Sin embargo, en nuestra región solemos cometer el error de detenernos en la primera etapa de la transformación digital. Digitalizar un trámite burocrático sin rediseñar el proceso ni interoperar los datos solo traslada la fricción a la pantalla. El ciudadano sigue siendo el integrador del sistema, solo que ahora sufre el error del sistema desde su casa en lugar de hacerlo en una fila física. La burocracia digital, si no es interoperable, es igual de asfixiante que la de papel.
El impacto de este cambio es también económico y fiscal. La reducción de la redundancia administrativa libera recursos y aumenta la productividad nacional al devolverle millones de horas hombre a la sociedad civil. Pero el efecto más transformador es cultural. La interoperabilidad redefine el contrato social: pasamos de un Estado que sospecha del ciudadano y le exige pruebas constantes de su existencia, a un sistema inteligente que se pone al servicio de las personas.
La verdadera transformación digital no ocurre cuando instalamos redes de alta velocidad o compramos servidores de última generación. Ocurre cuando el ciudadano deja de cargar papeles —sean físicos o archivos PDF adjuntos— para que el engranaje estatal funcione. Mientras no logremos que las instituciones aprendan a escucharse entre sí y a compartir la información que les confiamos, la tecnología seguirá siendo un barniz caro sobre una burocracia que se niega a evolucionar. Es hora de que el Estado asuma su responsabilidad y deje de usar al ciudadano como su mensajero gratuito.
Gamal Serhan Jaldin
