Del Cristo a la Ceja


 

Hernán Terrazas E.



Los cabildos tienen su origen en la época colonial, pero hoy han mutado en otra cosa: grandes escenarios de presión política y catarsis colectiva. Aunque no tienen carácter vinculante, generan climas que muchas veces terminan desbordando los márgenes institucionales.

En la práctica, el cabildo suele convertirse en una competencia de radicalidad. Aplausos para el que pide más, para el que grita más fuerte, para el que propone sin matices patear el tablero democrático.

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El reciente cabildo de El Alto no fue la excepción. Con una convocatoria masiva y sorpresiva, se plantearon desde la reducción de salarios legislativos hasta la anulación de normas e incluso la renuncia del presidente Paz. Demandas diversas, sí, pero unidas por un mismo tono: el del ultimátum.

Y ahí está el problema. No en el cabildo como espacio de expresión —que es legítimo—, sino en la pretensión de sustituir a las instituciones. Porque una cosa es reclamar y otra muy distinta es imponer.

No es la primera vez que ocurre. Durante los años del Movimiento al Socialismo, los cabildos en Santa Cruz fueron utilizados como herramienta política para contrapesar a una Asamblea dominada por el oficialismo. Desde el Cristo Redentor, se buscaba equilibrar en la calle lo que no se podía disputar en el Legislativo.

Hoy, esa misma lógica parece trasladarse a El Alto. Actores distintos, contexto diferente, pero una estrategia similar: usar la movilización como mecanismo de presión frente a la institucionalidad.

Lo que se vio en El Alto fue, ante todo, una demostración de fuerza. Sería ingenuo creer que un solo actor político, en este caso el senador Nilton Condori, puede convocar semejante multitud. Detrás hay estructura, hay operadores y, sobre todo, hay una narrativa en construcción: la de una oposición sin partido, sin liderazgo visible, pero con capacidad de movilización.

El cabildo no es un hecho aislado. Es una señal. Y para el gobierno debería ser una señal de alerta seria. No solo por la presión en las calles, sino por su propia debilidad: un proyecto político aún inconcluso y una gobernabilidad frágil en la Asamblea.

 

El contexto no ayuda. Combustibles cuestionados, tensiones salariales con sectores históricamente conflictivos, una COB que busca reposicionarse y un Ejecutivo que ya ha demostrado que puede ceder ante la presión. El terreno está fértil para la confrontación.

La polarización tampoco se ha ido. Solo cambió de forma. Y mientras el gobierno no logre convertirse en un verdadero factor de unidad, seguirá enfrentando escenarios donde la calle intenta reemplazar a la institucionalidad.

Del Cristo a la Ceja, la lógica es la misma: presión, pulseo y distancias que se agrandan. La diferencia es que ahora el gobierno está en el centro de esa tensión. Y la “luna de miel” ya terminó.