Los “iliberales” no son eternos


Emilio Martínez Cardona

Aunque parte de la academia estadounidense y europea suele asociar el concepto de “iliberalismo” con la extrema derecha, otros autores como Enyedi y Kóvats lo aplican también a regímenes de izquierda radical, que concentran el poder en nombre de la soberanía popular.



Recientes procesos electorales en América Latina y Europa del Este demuestran que los llamados demócratas “iliberales”, en realidad autoritarios solapados, no siempre logran eternizarse en el mando, a pesar de su hegemonismo institucional.

Fue el caso de Bolivia en 2025, donde aún con varias instituciones copadas (TCP y parcialmente otros tribunales), el Movimiento Al Socialismo en sus distintas versiones fue barrido por el viento de la crisis económica. Otra cosa, claro, es que haya logrado preservar a muchos de sus burócratas de rango medio en el aparato del Estado, asignatura pendiente de rectificación para el nuevo gobierno.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

Y es también el caso de Hungría, donde Viktor Orbán, fiel aliado de Vladimir Putin, acaba de perder los comicios por un margen de 12 puntos porcentuales, a raíz de su sistemática corrupción.

Orbán es, precisamente, el mayor promotor del concepto de democracia “iliberal”, un contrasentido con el que quiso amparar el abandono de principios fundamentales como la libertad de prensa, el equilibrio de poderes o la independencia de la justicia, en aras de un “enfoque especial, nacional”.

El antiliberalismo del caudillo húngaro es conservador en temas culturales, religiosos y migratorios, lo que llevó a un erróneo apoyo de algunas derechas occidentales desnorteadas, que no vieron contradicción en estar en la misma nave con Putin, sostenedor de varias dictaduras socialistas latinoamericanas y del régimen teocrático de los ayatolas.

Ahora, Orbán ha sido sustituido por un disidente de su partido, el conservador moderado Péter Magyar, que promete luchar contra la corrupción y alejar al país de la influencia del Kremlin, aunque comparte varios de los mismos supuestos culturales de su predecesor, en una versión más tolerante.

Lo cierto es que la única democracia que ha funcionado como tal en el mundo es la liberal, sin la “i”, mientras que en todas las experiencias en las que se intentó ponerle otro apellido (democracias populares en el comunismo, democracia orgánica bajo el franquismo, democracia comunitaria en el experimento evista) se trató en realidad de una maniobra de camuflaje para disimular un sistema autoritario o totalitario.

Un asunto curioso, digno de un análisis más extenso, es la convergencia que a veces se produce entre estos regímenes, por encima de las distancias ideológicas. En la actualidad, Putin es el principal zurcidor de estos acercamientos transversales, que han dado lugar a lo que hemos llamado en varios artículos “el club mundial de las dictaduras”.