Hace ya más de una década, la seguridad de más de 10.000 habitantes en San Matías estaba a cargo de sólo cuatro policías dotados de un revólver y una bicicleta para sus rondas…
Editorial La Prensa y El Deber
Más ruido que nueces parece haber dejado una aparatosa movilización de fuerzas especiales de la Policía Nacional en San Matías, capital de la provincia Ángel Sandoval en el departamento de Santa Cruz. Últimamente, allí tuvo lugar un operativo denominado “Tierra caliente”, con el objetivo aparente de echarle el guante a las bandas delincuenciales que venían operando a sus anchas bajo un manto de impunidad en dicha población. El factor sorpresa de tal acción no impidió, sin embargo, el desbande de varios sospechosos de haber acumulado riqueza de manera ilícita y que, vaya a saberse de qué manera, podrían haber sido anoticiados de la llegada de los contingentes policiales en su búsqueda.
Los informes señalan que en la localidad matieña ha sido allanada más de una veintena de inmuebles y se detuvo preventivamente a un numeroso grupo de personas. Incluso, el Alcalde del lugar permaneció bajo arresto por algunas horas porque fue incluido en una investigación sobre lavado de dinero.
De cualquier modo, el operativo en cuestión puso una vez más a San Matías en el ojo de la tormenta y la población, a decir de algunas de sus autoridades, ha sentido mellada su dignidad por el gran despliegue de efectivos de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico (FELCN).
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Y es que no es la primera vez que la lejana y olvidada capital provincial fronteriza con Brasil registra la intervención de las fuerzas del orden. Hacia finales de 1996 tuvo lugar un operativo de similares características después de que un entonces diputado nacional se refiriera públicamente a San Matías como “tierra de nadie” por su estado de abandono frente al delito. A las revelaciones de aquel parlamentario siguió una investigación hecha por el diario cruceño El Deber que permitió establecer, entre otras cosas, que rufianes prontuariados y desplazados desde el otro lado de la línea fronteriza hacían de las suyas y se campeaban por el pueblo gozando de las licencias concedidas por algunas de las autoridades con las que tenían nexos de complicidad y, en consecuencia, no aplicaban la ley.
En ese tiempo, hace ya más de una década, la seguridad de más de 10.000 habitantes en la población de San Matías estaba a cargo de solamente cuatro policías dotados de un revólver y una bicicleta para cumplir sus rondas de vigilancia. Desde entonces no parece haber cambiado mucho la situación y es muy probable que nada cambie en San Matías tras disiparse la polvareda del operativo recientemente practicado.
La atención de las fronteras y de sus poblaciones en sus más elementales requerimientos sigue siendo un asunto del que ningún Gobierno, hasta ahora, se ha ocupado con la debida seriedad y responsabilidad. Y por eso, aunque cueste y duela admitirlo, aquellos sitios parecen nomás “tierra de nadie”.