El poder es un préstamo


Johnny Nogales Viruez

En la antigua Roma, cuando un general obtenía una victoria extraordinaria, el Senado podía concederle el honor de celebrar el triumphus, la mayor distinción reservada a un vencedor.



Era la representación misma del poder. La ciudad se convertía en escenario. El general avanzaba en un carro dorado, tirado por caballos blancos. Su rostro se pintaba de rojo, como el del dios Júpiter. Vestía púrpura, llevaba corona de laurel. Durante unas horas dejaba de ser un hombre común y pasaba a encarnar algo más grande que él mismo. La multitud lo aclamaba. Ese era, precisamente, el riesgo.

Los romanos no eran ingenuos. Sabían que el poder no sólo se ejerce; también se siente. Y que, cuando se lo siente demasiado, empieza a deformar a quien lo ejerce.

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Por eso, detrás del vencedor marchaba un esclavo. No formaba parte del espectáculo. No era símbolo de gloria. Era un recordatorio. Durante todo el recorrido debía inclinarse y repetir una frase breve, que contrastaba con el ruido del triunfo. Le decía al oído:

“Memento mori”
(“Recuerda que eres mortal”)

No era una burla ni un gesto de humildad forzada. Era una advertencia. Roma entendía que el peligro no estaba en la victoria, sino en lo que el vencedor podía llegar a creer sobre sí mismo después de ella.

Porque cuando un hombre empieza a sentirse indispensable o todopoderoso, deja de mirar con claridad. Deja de escuchar. Y cuando termina de convencerse de que está por encima de todos, el siguiente paso suele ser colocarse también por encima de la ley.

Ahí el poder cambia de naturaleza. Deja de ser un encargo y empieza a vivirse como propiedad.

Y eso no es una lección antigua.

Hoy, cuando el país inicia un nuevo ciclo político con un gobierno nacional reciente y se apresta a recibir nuevas autoridades -alcaldes, gobernadores, servidores públicos-, esa escena romana deja de ser historia y vuelve a ser una advertencia.

Más aún en sociedades como la nuestra, donde la debilidad institucional ha abierto paso al caudillismo, y donde el voto, que debería ser un acto de ciudadanía, corre el riesgo de convertirse en un mecanismo para investir de poder casi personal a quienes, por momentos, terminan comportándose como pequeños reyezuelos.

En nuestra política hemos visto ese proceso demasiadas veces. Hombres que llegaron con respaldo legítimo y terminaron creyendo que su mandato no tenía término. Se rodearon de complacientes, confundieron adhesión con obediencia y acabaron actuando como si el país, la región o el poblado les perteneciera.

No ocurre de un día para otro. Empieza con el aplauso, se agazapa en la convicción personal, luego se justifica… y termina en la impunidad.

La historia, sin embargo, siempre cobra la factura. Los imperios caen. Los gobiernos terminan. Lo que parecía inamovible se disuelve con el tiempo. Y lo que se creyó eterno revela, al final, su verdadera condición de transitorio.

El poder desmedido, visto de cerca, impresiona. Visto a la distancia, no deja más que ruinas.

Ese extravío no es exclusivo de la política. Se repite allí donde el éxito infla el ego; ya sea en lo intelectual, en lo económico, en lo artístico. Pero en la función pública tiene un costo mayor, porque no sólo degrada a quien lo ejerce, sino que arrastra a millones con él.

Por eso convendría recuperar aquella antigua prudencia. No como símbolo, sino como disciplina.

Cada vez que alguien accede al poder, se le debería recordar que no está por encima de su condición humana ni de la ley.

Que no es dueño de lo que administra.
Que no es eterno.
Que no es indispensable.
Que todo poder tiene un límite.

Y que el que olvida eso, deja de servir… y empieza a abusar.

El poder, como la vida, no se posee. Se recibe, se ejerce y se devuelve. Porque, en el fondo, siempre fue apenas un préstamo.

Y quizá por eso, cada vez que alguien accede al poder, convendría que una voz -aunque incomode- le recuerde quedamente:

“Memento mori”.

Johnny Nogales Viruez