Violencia digital: La lucha paralela de las mujeres en política en Bolivia


No son ataques aislados, son redes que operan para deslegitimar a figuras públicas en política, desplazando el debate técnico hacia la agresión personal y el castigo moral. Ni el Órgano Electoral ni la Defensoría del Pueblo activan redes de contención

Violencia digital: La lucha paralela de las mujeres en política en Bolivia
La «hoguera» digital: El sistema coordinado para expulsar a las mujeres de la política
Fuente: https://elpais.bo



Durby Blanco llegó al Palacio Quemado el 9 de marzo con un discurso preparado. Un día antes había celebrado el Día Internacional de la Mujer y cumplido 32 años. Ese lunes le tocaba asumir su primer acto oficial como viceministra interina de Igualdad de Oportunidades.

Durby Blanco fue blanco de críticas en redes sociales
Durby Blanco fue blanco de críticas en redes sociales

Habló de la corresponsabilidad de los cuidados, del rol que silenciosamente se asume como propio de las mujeres. Habló de la maternidad, de decisiones y de las renuncias que muchas atraviesan para sostener sus proyectos de vida.

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Horas después, sus palabras ya circulaban en redes sociales, recortadas y fuera de contexto. No se debatió la política pública, se la cuestionó a ella. Lo que debía ser su presentación en el cargo se convirtió en el inicio de una cadena de ataques que no se detuvo en lo político.

Lo que no es casual

Lo que ocurrió con Durby no es un hecho aislado. Un boletín del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre violencia digital en contextos políticos muestra que una de cada cinco interacciones dirigidas a mujeres con participación política en redes sociales contiene algún tipo de agresión.

En el ámbito nacional, un estudio de InternetBolivia.org sobre más de 400 casos de violencia política digital en el proceso electoral subnacional confirma que las agresiones no se centran en propuestas, sino en la identidad de las mujeres: cosificación, hipersexualización, cuestionamientos a su apariencia o edad, ataques ideológicos e incluso referencias a su orientación sexual. Las protagonistas de este reportaje figuran entre las más afectadas: Maite Flores concentra el 38% de los casos, Andrea Barrientos el 32%, Durby Blanco el 19,7% y Luciana Campero el 9,4%.

En esa misma línea, el Observatorio de Género de la Coordinadora de la Mujer (2026) identifica tres patrones recurrentes en la violencia política digital: la sexualización como mecanismo de deslegitimación, el cuestionamiento de las capacidades basado en estereotipos de género y la burla sistemática en torno a sus postulaciones. No son ataques aislados. Son patrones que se repiten.

No saben, no pueden

A Durby no solo la cuestionaron por lo que dijo, sino por lo que representa. Sus palabras fueron leídas como una provocación en una sociedad machista donde ser mujer sigue asociado a ser madre. Salirse de ese mandato tiene un costo. “Una mujer que decide no ser mamá tiene que ser castigada”, dice.

Sus declaraciones fueron recortadas, reinterpretadas y devueltas como acusación. La discusión dejó de ser pública y se volvió personal.

Algo similar ocurrió con Andrea Barrientos, exviceministra de Autonomías. La presión comenzó tras una serie de declaraciones sobre la implementación del modelo de distribución autonómica, conocido como el 50/50. Ante la insistencia sobre plazos, respondió que el proceso podía tomar meses o incluso años, debido a la necesidad de definir mecanismos técnicos.

Andrea Barrientos tuvo que renunciar
al Viceministerio de Autonomía

La reacción fue inmediata, especialmente en el oriente del país. Pero el cuestionamiento no se centró en la viabilidad del modelo ni en sus condiciones. Se centró en ella. “De todas las personas que me han atacado, ninguna me preguntó cuál era la propuesta, pero sí exigían mi renuncia y ponían en duda mi capacidad”, afirma.

El debate técnico desapareció. Se volvió personal. Y ahí es donde las palabras dejan de ser solo palabras, se instala una narrativa sobre su capacidad. No se trata de discutir ideas, sino de poner en duda que pueda sostenerlas. Andrea renunció a su cargo el 6 de marzo, dos días antes del Día de la Mujer. ¿Casualidad?

La moral como castigo

Antes de ingresar a la política, el nombre de Mayté Flores ya era conocido como figura mediática. Fue vedette, modelo, empresaria. Pero cuando decidió postular, el cuestionamiento no se centró en su propuesta ni en su candidatura. Se centró en su cuerpo y en su pasado. La discusión no fue política, fue moral.

Mayte Flores fue juzgada moralmente en política

En una entrevista con Jimena Antelo, al ser consultada sobre los ataques basados en la moral, Mayté respondió que no le afectaban. Sin embargo, presentó una denuncia por violencia política para exigir que se refieran a ella como candidata y no desde su pasado

Según Internet Bolivia, el 33% de las agresiones registradas en el proceso, pretenden cosificar o hipersexualizar a la mujer como una herramienta de deslegitimación. Desplazando cualquier discusión política hacia el terreno de lo íntimo, donde no hay defensa posible.

Mayté podrá ser “la Beishu”, “la Reina del Pueblo”, hacer trabajo social, empero no se trata de lo que hacen. Se trata de lo que son, o mejor dicho, de lo que otros prefieren que sean.

“Desde el momento de mi inscripción, todo se convirtió en un infierno”

En el caso de Luciana Campero, con el avance de la campaña, el ataque cambió de forma y de intensidad. Comenzaron cuestionando su edad, su experiencia, su capacidad. La compararon con el vicepresidente, la apodaron “Lari Campero”, pero no se quedó ahí.

Se identificaron 24 páginas de Facebook con pauta publicitaria y al menos 38 cuentas en TikTok que replicaban las mismas narrativas, los mismos ataques. No eran publicaciones aisladas. Eran estructuras que operaban en red, evidenciando una estrategia.

Luciana Campero fue víctima de guerra sucia

El punto de quiebre llegó en una entrevista protagonizada por el periodista Nivar Hevia. No solo puso en duda su capacidad, sino que le insinuó que debía renunciar, mientras leía preguntas que alguien le enviaba por WhatsApp. Pero lo que terminó de cruzar el límite fue la exposición y distorsión de su historia familiar: insinuó que su madre había sido víctima de violencia sexual y acusó a su padre de estupro, comparándolo con el caso de Evo Morales.

El límite ya no era político. Era humano.

A partir de ese momento, el ataque no solo buscó desacreditarla. Buscó instalar enojo, rechazo, castigo. Construir una imagen imposible de sostener en el espacio público. “No querían que pierda una elección, querían que no vuelva a hacer política”, relata Luciana, mientras se le quiebra la voz. “Y lo lograron”.

Ese mismo patrón aparece en otros casos. Andrea Barrientos, por ejemplo, fue etiquetada más de 55 veces por el concejal José Alberti en publicaciones que exigían su renuncia. La insistencia no buscaba diálogo. “Estos ataques han sido un intento de sacarme del espacio político, y es evidente”, afirma.

Cuando el ataque se repite, se coordina y se amplifica, deja de ser una opinión. Se convierte en sistema.

Lo que queda en el cuerpo

La violencia política digital no termina cuando se apaga la pantalla. Se queda en el cuerpo, se queda en las familias. A Durby no solo la atacaron en redes, también la obligaron a ver cómo su familia leía y escuchaba cada uno de esos mensajes. Andrea no habla del impacto físico. Pero bastaba verla en sus apariciones durante los días más intensos del ataque: ojeras marcadas, pérdida de peso, el desgaste acumulado de una presión constante.

Luciana lo dice sin rodeos. Bajó 15 kilos. Dejó de manejar sus redes. Su madre dejó de salir de su casa. Su padre dejó de hablarle. “Mi vida se convirtió en un infierno”. El daño no es solo político. Es personal, emocional, físico. Es sobre la dignidad. Y, aun así, el sistema no responde.

Ninguna de ellas fue contactada por las instancias que, en teoría, deben protegerlas. Ni el órgano electoral, ni la Defensoría del Pueblo, ni las plataformas que registran estos casos como objeto de estudio se convirtieron en redes de contención. Sus nombres aparecen en informes, pero sus historias no.

Las leyes existen, los mecanismos también, pero no alcanzan. Esta violencia, cuando se vuelve sistemática, se convierte en una forma de exclusión. Ese es el mensaje que queda. No siempre logra expulsarlas de la vida pública de inmediato. Pero las castiga, las desgasta, las disciplina. Les marca un límite.

Y, aun así, siguen ahí. Esperando a las que vienen.

Luciana lo dice sin suavizarlo: “Si no estás lista para enfrentar un ataque, no entres”. Mayté, desde otro lugar, insiste en lo contrario: “que se preparen, que estudien, que sigan; todas podemos superarnos”.  Durby apuesta por lo colectivo: “no están solas, siempre habrá otras en el camino”.

Y Andrea lo resume todo:  “A mí me pueden mandar a la hoguera las veces que quieran. Ya estuve ahí y podré resistirlo. Pero vienen miles más. Y no alcanzará la hoguera para todas”