Dos testimonios revelan la poco conocida realidad que viven muchas internas en el Centro de Orientación Femenina de Obrajes. Ellas reconocen sus errores, viven con arrepentimiento y, pese al abandono de algunos familiares, siguen buscando una segunda oportunidad

Fuente: Unitel
En el centro político de Bolivia, La Paz, existe una pequeña ciudad donde el tiempo está marcado por rutinas, silencios prolongados y arrepentimiento. Este lugar guarda las historias de decenas de mujeres que cumplen no solo una condena legal, sino también social y emocional. Este lugar es el Centro de Orientación Femenina de Miraflores o la cárcel de Miraflores.
El reclusorio femenino de Miraflores fue diseñado para albergar 40 privadas de libertad actualmente existen aproximadamente 75. Los delitos que cometieron las internas que habitan dentro, varían entre; tráfico de sustancias controladas (el más común), robo y robo agravado, asesinato, homicidio e infanticidio entre otros. La más joven tiene 18 años y la más adulta 70 años.
Leyendo estos datos fríos solamente nos muestra hacinamiento y crímenes sin embargo detrás de cada privada de libertad existen historias que erizan la piel, historias de resistencia. Muchas de ellas estudian, trabajan y buscan reconstruirse, mientras intentan mantener el vínculo con sus hijos y seres queridos desde la distancia. Porque, incluso en prisión, siguen siendo madres, hijas y sostén de sus hogares.

Entre la culpa y la esperanza: la historia de Malú en la cárcel de Miraflores
Nuestra primera entrevistada decidió guardar su identidad pues dice que, aunque ella no cometió de forma dolosa el delito por el que se le acusa, no quiere que su familia se vea afectada, así que la llamaremos Malú.
Malú fue sentenciada a 30 años de prisión sin derecho a indulto por un delito grave. Ella prefiere no hablar de su caso, pero sí de lo que viene. Hace algunos meses logró concluir su carrera, un objetivo que parecía imposible tras las rejas.
En la sección de lavandería, el sonido constante del agua y la fricción de la ropa contra el cemento marca el tic tac del reloj. Allí trabaja Malú, ella aún conserva la sonrisa a pesar de que lleva 11 años privada de libertad. Su historia no encaja en los relatos simplificados del delito: está atravesada por la culpa y, también, por una silenciosa lucha por reconstruirse.
Una pregunta sencilla pero profunda rompe el silencio entre nosotras:
¿Cómo estás Malú?
“Bien, siempre trato de salir adelante”, dice, mientras se acomoda en el asiento que alquilo para nuestra visita en el patio del reclusorio.
Malú nos cuenta que ella no fue quien ejecutó el crimen que se le acusa. Su pareja en ese entonces cometió un hecho brutal que la marcó para siempre. Sin embargo, bajo presión y miedo, ella se vio involucrada. Ese acto —forzado, condicionado por una relación atravesada por la manipulación— la convirtió en cómplice ante la ley.
Mientras tomamos un jugo de papaya elaborada por sus compañeras de celda, le pregunto.
¿Qué sentiste cuando entraste por primera vez aquí?
“Sentí miedo, ¿qué iba a decir mi familia? Pedí disculpas a mi mamá”, recuerda mientras aprieta un papel para limpiarse las lágrimas.
¿Te arrepientes?
“Si, no lo pude evitar… me siento culpable y estoy arrepentida. No hubiera querido estar ese día ahí”. Respira hondo.
La culpa, en Malú, no es solo jurídica. Es emocional, íntima, persistente. Prefiere evitar el recuerdo pues le lacera sabe que si bien no cometió el delito a causa de la manipulación fue cómplice.
Su caso desnuda una realidad frecuente pero poco visibilizada: muchas mujeres privadas de libertad han estado previamente sometidas a relaciones de dominación, violencia psicológica o amenazas. La línea entre víctima y victimaria se vuelve difusa en contextos donde el miedo condiciona las decisiones.
¿Cómo cambio tu vida?
Responde resignada: “Completamente, a veces me siento olvidada, recibo pocas visitas, pero los entiendo”.
La única presencia constante fue su abuela, recuerda con amargura.
“Era la única que me visitaba todas las semanas, todos los jueves y domingos… traía mi comida favorita, me hace mucha falta”. Un tiempo todo empeoró pues mi mami -abuelita- falleció.”
La muerte de su abuela en 2021 marcó un quiebre profundo.
“Cuando murió… fue lo peor. No pude ir a su entierro”. “Lo último que recuerdo es que me decía que me quería… ella es la única que no me juzgó”.
Tras su pérdida, Malú cayó en una depresión tuvieron que medicarla.
Dentro de la cárcel, las condenas no terminan en los años establecidos por un juez. Se extienden en forma de abandono, estigma y olvido.
Malú sin dramatismo dice: “La familia te abandona, da vergüenza, me siento sola” pasa con un sorbo del jugo sus lágrimas que se detienen en su garganta.
En Miraflores, la vida se organiza en rutinas establecidas. Malú trabaja en lavandería por turnos, compartiendo espacio con otras internas que, con el tiempo, se convierten en una especie de familia sustituta.
“En esta pequeña ciudad hice amigas y compañeras de vida”, cuenta y se motiva.
Pero su mayor acto de resistencia ha sido estudiar.
El año pasado terminó una carrera universitaria. No pudo asistir a su graduación: un familiar recibió el título por ella y se lo llevó al centro.
“Esa satisfacción quería darles a mis papás” dice mientras no puede ocultar una sonrisa.
Hoy cursa una segunda carrera. Asiste a clases virtuales todos los días. Sin embargo, el acceso a la educación no es sencillo.
¿Te estas preparando profesionalmente que harás cuando salgas?
“Saldré a los 45 años, trabajaré con más fuerza, ejerceré una de mis dos profesiones”, afirma, con una convicción que contrasta con su historia.
Pero en la cárcel también hay amor.
Incluso en ese contexto, Malú ha intentado rehacer su vida emocional.
“Me enamoré, pero es difícil tener una relación aquí”.
El arrepentimiento es una constante en su relato.
“Perdí gran parte de mi vida aquí”, dice, sin rodeos.
Sin embargo, su discurso no se queda en la autocompasión. Hay una aceptación dolorosa, pero también una mirada hacia adelante.
Malú evita hablar del hombre que cambió su vida. No porque lo haya olvidado, sino porque ha decidido no definir su presente desde ese pasado.
“Una sale solo por su propia voluntad”, reflexiona a tiempo de cuestionar el sistema.
Afirma también que “la ley 1433 nos perjudica”
Ley 1443 (Protección a Víctimas): Promulgada en julio de 2022, establece mecanismos estrictos para proteger a víctimas de feminicidio, infanticidio y violación de infantes, niñas, niños o adolescentes, modificando el Código Penal. Prohíbe beneficios penitenciarios (como detención domiciliaria) para estos delitos y endurece las penas contra operadores de justicia prevaricadores (hasta 20 años de prisión).

Es por eso que las privadas de libertad piden que cada caso sea investigado y juzgado acorde al grado de participación; se considere a quienes intentan reivindicarse.
Malú es una mujer alegre, juguetona, de charla amena y muy positiva aún conserva la ternura, su historia nos hace mirar la cárcel con otros ojos. No para justificar delitos, sino para comprender los contextos en los que muchas mujeres delinquen y las múltiples violencias que atraviesan.
Su vida está marcada por contradicciones: culpa y dignidad, pérdida y esperanza, castigo, pero sobre todo, reconstrucción.
La última pregunta la detiene un par de minutos y antes de responder se seca las lágrimas:
¿Crees que mereces la libertad?
“Si, porque ya pasó el tiempo donde me arrepentí por lo que sucedió. Pedirles que me den una segunda oportunidad porque todos la merecemos, el volver a continuar con la vida. Disculpen”. Esta respuesta fue escrita en un trozo de papel.
Mientras se alista para levantarse de la silla para ir a recoger la ropa que lavó, resume su forma de resistir:
“Bien… siempre trato de salir adelante”. Se va.
Las malas decisiones y el arrepentimiento. La historia de Techi en la cárcel de Miraflores.
El sonido de los crochet chocando contra la lana rompe el silencio del patio del centro de reclusión femenina de Miraflores. Es Techi de 48 años, privada de libertad. Ella teje con precisión y paciencia, como si en cada puntada intentara recomponer los años, esta es su historia.
Es madre de tres hijos de 25, 23 y 10 años. Es reincidente, cuatro veces cruzó las puertas de la cárcel de mujeres de Miraflores, sentenciada por la Ley 1008. Su caso no es solo la de un delito, sino la de decisiones tempranas, sobrevivencia, errores y hoy por hoy, un profundo arrepentimiento.
“Empecé joven, muy joven” dice sin perder el ritmo en sus manos.
Tenía apenas 17 años cuando entró al mundo del narcotráfico. Fue su propia hermana quien le enseñó el negocio. Sacaba droga desde la cárcel de San Pedro, camuflada en barquillos de helado, en pequeñas cantidades. Con el tiempo, lo que comenzó en gramos llegó a convertirse en medio kilo oculto en bolsas, lo hizo motivada por la necesidad de sustentar su hogar.
La primera vez que cayó presa fue en 2004. Luego vinieron el 2009, 2014 y finalmente el 2022. Más de 20 años de su vida han transcurrido dentro de estas paredes.
Techi habla con firmeza, incluso bromea. Es una mujer de carácter fuerte de esas que parecen resistirlo todo. Dentro del penal es delegada, una figura de respeto entre las internas. Pero esa fortaleza se desmorona cuando habla de sus hijos. Ahí su voz se quiebra.
Su segundo hijo también está privado de libertad, en Qalahuma. Según cuenta, fue víctima de una trampa tendida por una vendedora que también transportaba sustancias ilícitas. Ambos esperan recuperar su libertad este fin de año.
En la cárcel, Techi encontró una forma de redimirse. Aprendió a tejer lo que empezó como una forma de pasar el tiempo, hoy es su esperanza.
“Quiero trabajar en esto, vivir de esto”, afirma, levantando una chambrita terminada con orgullo.
Dentro de estos muros, Techi ha construido vínculos. Tiene amigas, compañeras de infortunio y de condena. Pero su deseo no está aquí.
“Ya no quiero volver, extraño a mi familia”, le gana la emoción.
Quiere regresar a casa. Quiere recuperar el tiempo perdido, ver crecer a sus hijos sin sentir vergüenza de sus errores que los admitió y los pagó.
“Cuando salga empezaré de cero, ya aprendí de mis errores y definitivamente ya cambié, no quiero volver aquí, deseo estar con mi familia siempre”. Guarda las lanas en una bolsa y se retira.
Detrás de cada sentencia hay una vida compleja, en muchos casos malas decisiones, pero también un arrepentimiento genuino y el deseo profundo de reconstruirse.
2 de 75 historias distintas, pero atravesadas por una misma realidad: mujeres que reconocen sus errores, que viven con el arrepentimiento, y que, pese al abandono de algunos de sus familiares, siguen buscando una segunda oportunidad.