La importancia de la contingencia en el electorado líquido
por Ricardo V. Paz Ballivián
La política contemporánea ha dejado de ser un ejercicio de sedimentación ideológica para convertirse en un fenómeno de flujos inciertos. En este escenario, la vieja guardia de la sociología electoral, que confiaba en la solidez de las adscripciones partidarias y en la lealtad de clase o religión, se enfrenta hoy a un vacío de certezas. Nos encontramos ante lo que Zygmunt Bauman definió como la «modernidad líquida», una condición donde las estructuras sociales ya no mantienen su forma por mucho tiempo. Aplicado al campo democrático, esto nos sitúa frente a un electorado líquido. Ciudadanos que no poseen raíces ideológicas profundas ni pertenencias orgánicas a siglas partidarias, sino que se mueven por estímulos inmediatos, sensaciones y, fundamentalmente, por la contingencia.
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En este ecosistema de fragilidad, la mínima perturbación en la superficie del proceso electoral puede alterar el rumbo de una elección en cuestión de horas o días. La política ya no se decide únicamente en los grandes programas de gobierno o en las visiones de país a largo plazo, sino en la gestión del detalle, del error y del azar.
El respaldo académico a esta tesis es robusto. Investigadores como Manuel Castells han señalado que en la sociedad red, la política es fundamentalmente «política del escándalo» y «comunicación emocional». Cuando las identidades políticas tradicionales se desvanecen, el voto se despolitiza en el sentido clásico y se psicologiza. Los electores actúan como consumidores en un mercado de alta volatilidad, donde la reputación es el activo más valioso y, a la vez, el más precario. En este contexto, la contingencia, ese evento que ocurre por accidente pero que tiene efectos estructurales, adquiere una relevancia ontológica. Un «gafe», un desliz verbal o una actitud prepotente no son simplemente errores de forma, son señales que el electorado líquido interpreta como revelaciones de la verdadera esencia del candidato. Pierre Bourdieu hablaba del «habitus» como un sistema de disposiciones adquiridas, pero en la política líquida, el electorado juzga la «performance» instantánea. Un error en el momento equivocado puede activar un sesgo de confirmación negativo que destruye años de construcción de imagen en un solo ciclo de actualización de redes sociales.
Esta realidad la hemos comprobado con rigor casuístico en las elecciones subnacionales de Bolivia, donde dos casos emblemáticos ilustran cómo la victoria puede transformarse en una derrota catastrófica debido a factores contingentes que volcaron la intención de voto de manera dramática. El primer caso es el de la alcaldía de Tarija. Luciana Campero encarnaba la renovación y el cambio, proyectándose con una ventaja cómoda sobre el alcalde en funciones, Johnny Torres. Sin embargo, la estabilidad de su candidatura se vio dinamitada por un factor externo. La demanda de inhabilitación contra el candidato a la gobernación, Mario Cossío. A través de una operación de comunicación política extremadamente sofisticada y de alto costo, se desplegó una campaña de desinformación que vinculó directamente a Campero con dicha inhabilitación. En un electorado susceptible y altamente conectado, la narrativa de la «traición» o de la «vieja política» de zancadillas caló hondo. La caída de Campero no fue un proceso gradual de desgaste administrativo, sino un descenso en «tobogán» provocado por un solo hito contingente. La desinformación actuó como el catalizador que solidificó un rechazo instantáneo en un electorado que, minutos antes, le era favorable.
Un fenómeno similar, aunque de distinta naturaleza ética, ocurrió en Santa Cruz durante la segunda vuelta para la gobernación. Otto Ritter inició la contienda con una ventaja holgada sobre JP Velasco, cimentada en su trayectoria y perfil combativo. No obstante, la contingencia se manifestó en un set de televisión y en el entorno digital. Durante una entrevista, Ritter mostró una faceta de prepotencia y machismo al intentar arrinconar a una joven periodista y abogada. En la era de la «política de la identidad» y la sensibilidad social hacia el respeto de género, este incidente no pasó como una anécdota, sino que fue viralizado orgánicamente, generando una ola de indignación que JP Velasco supo capitalizar. Lejos de la autocrítica, Ritter profundizó su error con expresiones aún más hostiles hacia la candidata a la vice gobernación, Paola Aguirre. Estos detalles, actitudes y frases específicas, fueron el «diablo» que desmanteló su ventaja. La derrota de Ritter no fue ideológica ni programática, fue una derrota de carácter ante un electorado que castigó la anacronía de sus formas.
Como reflexión final, debemos entender que las elecciones modernas han dejado de ser batallas de infantería pesada para ser duelos de percepción en tiempo real. La contingencia y el azar han reclamado un asiento en la mesa principal de la estrategia electoral.
La susceptibilidad del público a las nuevas tecnologías y a la viralidad inmediata significa que el control del mensaje es una ilusión persistente. El electorado líquido es un juez severo y veloz que no otorga segundas oportunidades a quienes olvidan que, en un mundo hiperconectado, un segundo de soberbia o una noticia falsa bien dirigida pueden ser más poderosos que un millón de vallas publicitarias.
La política hoy se juega en el filo de la navaja, donde la victoria reside en la capacidad de navegar la incertidumbre y la derrota acecha en el detalle más pequeño.
