La noticia llegó desde arriba —literalmente—: la NASA completó con éxito la misión Artemis II y volvió a llevar humanos a rodear la Luna, después de más de medio siglo.
Yo nací en 1965. Mi infancia estuvo “contaminada”, en el mejor sentido, por la carrera espacial y por la épica de Apolo 11. Los niños de esa época crecimos mirando el cielo con fascinación, convencidos de que la ciencia no se discutía: se aprendía.
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Hoy, en cambio, hasta lo evidente parece negociable. La evidencia, en estos casos, no refuta. Incomoda. Ciencia, tecnología, décadas de acumulación de conocimiento, ensayo y error, cálculo y corrección. Todo eso que uno supone debería generar asombro.
Pero no. En paralelo —porque hoy todo ocurre en paralelo— apareció en redes un personaje local, de esos que combinan convicción inquebrantable con evidencia inexistente, explicando que la Tierra es plana, que la NASA miente y que lo de la Luna es un montaje de Hollywood.
No es nuevo. Tampoco es aislado. Pero sigue fascinando. Lo curioso no es que alguien lo diga, sino que alguien lo crea.
Hace no tanto, negar que la Tierra es redonda habría sido una excentricidad. Hoy es comunidad: foros, videos, influencers, certezas. Porque si algo tienen los negacionistas es eso: certezas a prueba de realidad.
Y ahí empieza lo interesante. Porque el problema no es astronómico; es humano.
El negacionismo no nace de la falta de información, sino de algo más incómodo: identidad, desconfianza y necesidad de pertenecer. Aceptar que uno está equivocado no es solo corregir un dato, es desmontar una versión de uno mismo. Y eso duele. Es más fácil defender una teoría absurda que admitir que uno “compró humo”.
También pesa la desconfianza. Cuando todo está bajo sospecha —gobiernos, medios, expertos— cualquier relato alternativo gana terreno. Aunque diga que Australia no existe.
El negacionismo ofrece algo seductor: una narrativa clara en un mundo confuso. Ordena, simplifica, señala culpables. Y te hace parte de una minoría “despierta” que ve lo que los demás —pobres ovejas— no pueden ver.
Pero no todos llegan ahí por ignorancia. Hay emociones que pesan más que los datos: miedo, inseguridad y necesidad de tener razón. Y hay atajos mentales: dificultad para convivir con la duda, rechazo a la complejidad, apego a lo que uno ya cree.
A eso se suma el refugio del grupo: el nosotros contra ellos. En ese clima, pensar distinto deja de ser un aporte y pasa a parecer una traición. Entonces ocurre lo previsible: no importa la evidencia, importa el bando. No es falta de información; es un pequeño fracaso de la inteligencia.
Porque, convengamos, creer que la Tierra es redonda exige confiar en siglos de conocimiento acumulado. Es un acto de humildad. Creer que es plana es más simple: basta con “dudar” y un par de videos.
En tiempos donde la opinión pesa tanto como el conocimiento, la duda mal administrada se vuelve virtud. Y terminamos discutiendo lo indiscutible, como si la realidad fuera una encuesta.
El problema no es que existan estas teorías, sino el ecosistema que las amplifica. Las redes no premian la verdad, premian el engagement. Y pocas cosas generan más interacción que una idea absurda defendida con pasión.
No buscamos la verdad. Buscamos que nos den la razón.
La misión Artemis II rodeó la Luna. Con humanos y tecnología que roza la ciencia ficción. Y, sin embargo, una parte de nosotros sigue mirando el cielo con sospecha… no por falta de evidencia, sino por exceso de certezas propias.
Tal vez el verdadero problema no sea que haya gente que crea que la Tierra es plana, sino que cada vez nos cuesta más aceptar que la realidad no necesita nuestra aprobación.
Alfonso Cortez
Comunicador Social
