El Día del Libro parece a simple vista una convención cultural más, una de tantas efemérides que ordenan el calendario de conmemoraciones universales. Pero, es en verdad, o debería serlo, un ritual que celebra una de las invenciones más decisivas de la civilización. El diccionario nos dice que celebrar es “ensalzar públicamente a un ser sagrado o un hecho solemne, religioso o profano, dedicando uno o más días a su recuerdo”. No es simplemente un día más o el empecinamiento de un organismo internacional por llevarnos a su vereda cultural. El libro es un fenómeno profundamente universal que ha marcado nuestro desarrollo como especie.

La elección del día no es casual. El 23 de abril de 1616 se asocia la muerte de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. Coincidencia más simbólica que exacta, marcada por calendarios distintos y por el modo en que la cultura fija fechas para recordarse a sí misma. Tres nombres que, puestos uno al lado del otro, marcan una serie de tensiones culturales dicotómicas. España-Inglaterra, Europa-América, tradición clásica-mestizaje. La UNESCO fijo esta fecha para reforzar la idea de que la literatura, por extensión el libro, es un territorio común donde culturas distintas pueden dialogar, enfrentarse y entenderse.



La verdadera importancia de este día radica en lo que el libro representa como artefacto cultural. Antes de él, la humanidad ya escribía por medio de tablillas, papiros y pergaminos. Sin embargo, el libro no solo registra información, sino que ordena un recorrido. Permite volver atrás, subrayar, comparar, discutir; hace posible la continuidad de un argumento, el desarrollo de una trama, la conclusión de una idea.

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