Tres analistas destacaron la renovación de liderazgos regionales tras las eleeciones subnacionales.

El binomio a la Gobernación de Santa Cruz, Juan Pablo Velasco y Paola Aguirre. (Foto: Lilibeth Coimbra)
Fuente: La Razón
El mapa político boliviano ingresó en una etapa de transformación marcada por la caída de las hegemonías partidarias y la emergencia de un escenario fragmentado, en el que ninguna fuerza logra imponerse con claridad ni a nivel nacional ni en las regiones.
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Las elecciones subnacionales del 22 de marzo y el balotaje del 19 de abril en cinco departamentos no solo reconfiguraron el poder territorial, sino que evidenciaron un cambio más profundo en la estructura del sistema político, donde la dispersión, la competencia múltiple y la ausencia de proyectos nacionales consolidados se convierten en rasgos dominantes.
En entrevista con La Razón, el analista Carlos Saavedra afirmó el país atraviesa un momento de quiebre histórico. “Hay que entender que estamos en un momento de derrumbe de la hegemonía. Se derrumbó una hegemonía que marcó el escenario político desde el 2005 hasta el pasado año, el 2025”, sostuvo.
Hegemonía
Así, describió el fin de un ciclo político de casi dos décadas. Este proceso, lejos de dar paso a un nuevo orden estable, abrió un periodo de transición caracterizado por lo que define como “política líquida”, donde el concepto de desorden se impone como eje articulador del escenario actual.
En esa línea, la fragmentación no se traduce en un sistema multipartidario clásico, sino en algo más difuso. “Hemos vuelto a un mapa de múltiple expresión política, no diría multipartidario porque si hay algo que existe ahora es ausencia de partidos”, apuntó Saavedra.
Esta ausencia, según su lectura, explica la dificultad tanto del oficialismo como de las distintas oposiciones para consolidar proyectos políticos de alcance nacional, lo que a su vez fortalece dinámicas locales y regionales.
Política
Esa mirada encuentra coincidencias en el análisis de Susana Bejarano, quien señala que la fragmentación actual refleja el agotamiento de las estructuras tradicionales. “La fragmentación refleja el fin de hegemonías claras y la ausencia de bloques sólidos. Ninguna fuerza logra imponerse del todo”, dijo a La Razón.
En ese contexto, ni el oficialismo ni la oposición —ni siquiera los bloques ideológicos tradicionales de izquierda y derecha— lograron articular una mayoría estable, lo que deriva en un sistema más atomizado y competitivo.
El debilitamiento de las fuerzas nacionales se expresa con particular fuerza en las regiones y territorios. Para el analista político Reymi Ferreira, las elecciones subnacionales no necesariamente reflejan el estado del poder central, pero sí evidencian la inexistencia de un predominio político como en el pasado. “Lo que sí demuestran las elecciones departamentales y municipales es la ausencia de un predominio político”, explicó.
Candidatos
Así, el también exministro de Defensa recordó que incluso en momentos de alta concentración de poder nacional, las regiones han tenido comportamientos diferenciados.
En este nuevo escenario, la regionalización del voto se consolida como una tendencia central. Ferreira sostiene que las preferencias electorales en los niveles subnacionales responden más a liderazgos individuales que a programas partidarios, lo que fortalece a agrupaciones ciudadanas y plataformas locales en desmedro de los partidos tradicionales.
Esta lógica coincide con la observación de Bejarano, quien advierte que, aunque emergen nuevos liderazgos, muchos de ellos están aún vinculados o “tutelados” por figuras políticas con trayectoria, lo que configura una transición incompleta.
Poder
Saavedra, por su parte, enfatiza que estas elecciones evidencian un recambio generacional significativo, aunque no total. Menciona la aparición de nuevos actores políticos en distintos departamentos, junto a figuras consolidadas que mantienen su influencia. Por ejemplo, nombró a Juan Pablo Velasco, gobernador electo en Santa Cruz; Leonardo Loza, en Cochabamba y Édgar Choque, en Oruro. Pero también resaltó la elección de las dos mujeres que fueron elegidas como gobernadoras: Gabriela de Paiva, en Pando, y María René Soruco, en Tarija.
Esta coexistencia de liderazgos emergentes y tradicionales, dijo el analista, configura un escenario híbrido, donde la renovación convive con la continuidad.
Sin embargo, más allá de los nombres propios, el rasgo dominante es la dispersión del poder. La ausencia de una fuerza hegemónica obliga a replantear las formas de gobernabilidad.
Distribución de fuerzas
En esa misma línea, Ferreira consideró que la nueva correlación de fuerzas no necesariamente generará inestabilidad inmediata, pero sí exigirá mayores niveles de coordinación. La relación entre el nivel central y las gobernaciones se vuelve clave en un contexto de crisis económica, donde los recursos son limitados y las demandas regionales se intensifican. La posibilidad de avanzar en un pacto fiscal o en esquemas como el denominado 50-50 aparece como uno de los ejes de negociación.
Bejarano, sin embargo, introdujo un matiz crítico y advirtió que estas alianzas pueden ser frágiles. La falta de estructuras partidarias sólidas y de mecanismos formales de articulación política podría derivar en acuerdos coyunturales, sujetos a tensiones permanentes. “La construcción de alianzas podría resultar inestable sin cumplimiento pronto del envío de recursos”, señaló.
Balotajes
Otro elemento clave del nuevo escenario es la creciente relevancia de los balotajes, que reflejan tanto la fragmentación del voto como la búsqueda de legitimidad. Saavedra consideró que la segunda vuelta fortalece la legitimidad de las autoridades electas en un contexto de dispersión, mientras que Bejarano cuestiona su eficacia a largo plazo, al señalar que las alianzas que se construyen en ese proceso suelen ser temporales y poco estructuradas.
Este cambio implica una transición hacia formas de representación “más flexibles”, menos ideologizadas y más pragmáticas, donde las demandas inmediatas y las agendas locales adquieren mayor peso. En este marco, los liderazgos territoriales no solo administran sus regiones, sino que también pueden proyectarse como actores de alcance nacional, configurando nuevas formas de competencia política.
En ese sentido, las gobernaciones y alcaldías se convierten en plataformas de proyección política. Ferreira recuerda que el propio presidente Rodrigo Paz emergió de un liderazgo local, y no descartó que figuras regionales actuales puedan seguir un camino similar. Esta posibilidad refuerza la idea de un sistema político en reconfiguración, donde el poder se construye “desde abajo hacia arriba”.
Análisis
En conjunto, los tres analistas coincidieron en que Bolivia atraviesa un momento de transición marcado por la fragmentación, la emergencia de nuevos liderazgos y la redefinición de las reglas del juego político. La caída de la hegemonía no fue reemplazada por un nuevo orden, sino por un escenario abierto, dinámico y, en muchos sentidos, incierto.
Este nuevo equilibrio, descrito por Saavedra como “multicolor”, plantea desafíos importantes para la gobernabilidad, pero también abre oportunidades para la construcción de acuerdos más amplios y representativos. En un contexto donde ningún actor tiene el control absoluto, la política se redefine como un espacio de negociación permanente, en el que la capacidad de articular consensos será determinante para la estabilidad y el futuro del país.
En este contexto, el desafío no pasa únicamente por administrar la fragmentación. Pasa por dotarla de sentido político en un escenario donde las certezas han quedado atrás. La ausencia de hegemonías obliga a repensar las formas de representación. Pero también a construir mecanismos de articulación más sólidos que eviten que la dispersión derive en parálisis.
Fuente: La Razón