Perdiendo la paciencia


 

 



Ya estuvo. Hasta acá llega el beneficio de la duda. Se acabó la paciencia y no queda más que alzar la voz y decir las cosas como son, aunque uno quisiera, de corazón, que fueran distintas.

El país no va a ningún lado porque el gobierno no va a ningún lado. La improvisación y la debilidad política de la candidatura Paz-Lara, que todos quisimos ignorar con la esperanza de que de alguna manera encontrarían la fórmula, se han instalado en todo resquicio sin pudor alguno. El gobierno no tiene rumbo, no tiene norte y las hilachas son cada vez más evidentes.

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Y no es que uno estaba esperando que después de veinte años de oscurantismo el gobierno de Rodrigo Paz nos convirtiera en seis meses en Suiza, Paraguay o incluso en nosotros mismos antes de Evo. No, la perdida de la paciencia no tiene que ver con haber estado esperando una bonanza o indicadores macroeconómicos decorosos en corto tiempo. Sabíamos que la cosa iba a ser dura y estábamos dispuestos a darle al nuevo presidente y su equipo todo el aguante que necesitase. Pero esa paciencia y ese aguante se ganan día a día mostrando valentía y dando las señales de que se avanza (aunque fuera de a poco) en la dirección correcta. Pues nada de eso. Han sido seis meses de tumbos, medidas parche, retrocesos ante la COB, dimisiones, renuncias, escándalos de corrupción y gastadera como si aquí no estuviera pasando nada. No son el MAS, claro, y los modales son mucho mejores (exceptuando los del vice, por supuesto), pero en términos de política pública y rumbo macroeconómico no hay diferencias substanciales.

Y ¿cuál es ese norte que reclamamos? Tiene dos componentes: el primero es la estabilidad macroeconómica y el segundo es la liberalización de los mercados para la creación de riqueza.

En términos de estabilidad macroeconómica el único logro hasta ahora fue la eliminación del subsidio a los combustibles, que fue lo que le permitió al gobierno pasar de un déficit fiscal del 12% en 2025 a proyectar uno de 9% para este año. Esto implica una reducción de una cuarta parte del déficit fiscal, que sí, es una buena noticia, pero que es completamente insuficiente. La brecha fiscal sigue siendo altísima. ¡Un déficit fiscal del 9% es mayor al déficit promedio de los últimos doce años!

Pero lo peor de todo es que el esfuerzo por reducir el déficit en tres puntos lo hizo el ciudadano, no el gobierno. La mochila de la eliminación del subsidio o el gasolinazo la cargan los ciudadanos, no los políticos. Hasta el día de hoy el gobierno no ha eliminado una sola empresa pública, ni una sola, sabiendo perfectamente que todas son ineficientes y la gran mayoría deficitarias. Tampoco se ha hecho un esfuerzo en reducir la burocracia estatal. Todos los ministerios del MAS siguen vivitos y coleando (dos de ellos pasaron a ser viceministerios, pero no desaparecieron) y el gobierno cloaca sigue, en esencia, intacto.

Si el gobierno no hace el esfuerzo por reducir el déficit fiscal de forma significativa (habría que proponerse un déficit de 4% el primer año para después eliminarlo completamente el segundo), entonces tendrá que seguir prestándose del Banco Central y este tendrá que seguir emitiendo y creando inflación. Sin cerrar el déficit fiscal con una política de shock no hay posibilidades de estabilidad macroeconómica. Pero, claro, este gobierno es el summum del gradualismo.

Tan gradualista es que ahora nos dice que necesitan 90 días, tres meses, para obtener reportes de qué hacer con las empresas púbicas. ¿En serio necesitan tres meses para saber que Quipus no sirve para nada y debe cerrarse? ¿O Cartonbol o Papelbol o la planta de San Buenaventura? Esto ya es una falta de respeto. De acuerdo con reportes, ya terminados, de Populi, las empresas públicas produjeron solo el 2023 pérdidas globales de alrededor de $1.700 millones, ¡que es muy parecido a lo que se comía el subsidio a los combustibles cada año!

Las reservas internacionales languidecen, no hay anuncio claro de cuál será el régimen cambiario, los puestos interinos siguen siendo la norma y la gastadera continúa. Para muestra un botón: el presupuesto del 2026 será de Bs 390.000 millones, lo cual representa un 80% del PIB. Sí, ¡un 80% del PIB! Como ven, aquí no ha cambiado nada, el gobierno sigue siendo tan elefantiásico como lo fue durante el gobierno del MAS. Así que, nada, de estabilidad macroeconómica, nada.

Y ¿qué hay de la liberalización de los mercados? Pues más de lo mismo. La mayor muestra es YPFB y el escándalo de la gasolina. El gobierno lleva ya tres presidentes de YPFB y dos ministros de hidrocarburos y nadie le pone el cascabel al gato. Y no se lo pondrán. Los problemas con la gasolina “desestabilizada” (en inventarse eufemismos sí que son buenos) y las colas seguirán mientras el gobierno insista en que un monopolio estatal se ocupe exclusivamente de la importación y comercialización de los combustibles. YPFB es la empresa más corrupta, clientelar e ineficiente que tenemos y eso no lo resolverán jugando al carrusel de presidentes. La carta de renuncia de Cronenbold lo dejó muy claro. El gobierno tiene que eliminar YPFB y abrir completamente la importación de combustibles a los privados al precio que determine el mercado. Punto. Pero, claro, no tienen las mínimas intenciones de hacerlo. La paciencia, entonces, se acaba porque los ciudadanos no aguantamos más ser rehenes de una empresa corrupta y de un gobierno cobarde que no la elimina.

Siguen los cupos a las exportaciones, los controles de precios, los subsidios, y aunque hay tímidos avances en eliminar impuestos no tienen planeado recortarlos de manera significativa porque simplemente no pueden. Si siguen gastando a manos llenas como indica el presupuesto 2026, necesitarán seguir metiéndole mano al bolsillo del ciudadano (a los pocos que aún siguen operando en el sector formal).

Así que aquí estamos, de frente a un horizonte que no pinta nada bien. Ya con muy poca paciencia, pero aún con esperanza. Lo último que queremos es que el MAS se rearticule al ver la inoperancia de una apuesta política alternativa y por eso seguimos rezando para que a Rodrigo le vaya bien. No tengan duda, queremos que este gobierno dé en el clavo, pero, con este rumbo, la misión parece cada vez más imposible.

El gobierno necesita llamar a Tuto, a Samuel y a los líderes sectoriales claves (dejando afuera a la COB, por supuesto) para reunirse a puertas cerradas y sin cámaras, y generar una alianza nacional que le permita llevar a cabo las reformas profundas que necesitamos. Esa mesa debería generar acuerdos sobre la eliminación de empresas públicas (incluyendo YPFB), la reducción de la burocracia y los pasos necesarios para reformar la Constitución. Con esa espalda política debería después constituir una comisión de altísimo nivel (que incluya incluso expresidentes) para ir a Washington DC y producir un acuerdo de rescate con el FMI por unos $3.000 millones. Ese colchón le permitiría apuntalar las reservas internacionales y devolver los dólares que se le deben al sistema financiero. Esto haría que las reformas profundas sean posibles y llevaderas. No hay otro camino. ¿Lo harán?

Antonio Saravia es PhD en economía