Harvard solo dijo lo esperado


En diciembre de 2024, Marcelo Claure anunció que contrataría un “think tank” de clase mundial –terminó siendo el Growth Lab (GL) de Harvard Kennedy School–, para identificar las bases de una propuesta de políticas económicas que apoyaran, al gobierno que fuera electo en 2025, a superar la crisis heredada de los “20 años de descontrol”. Un par de días después, en una nota de opinión (Sugerencias a Marcelo), sugerí que el señor Claure especificara que los equilibrios macroeconómicos expresados en indicadores como déficit o inflación, no fueran los objetivos centrales de la propuesta que resultara del análisis contratado.

Las razones para esta sugerencia eran dos. Primero, con muy pocas excepciones, los think tank en Estados Unidos están alineados al pensamiento económico ortodoxo que tiene como su diagnóstico base “déficit obliga a emisión que causa inflación” y, como recomendación de políticas, austeridad de gasto, equilibrio fiscal, y autonomía del Banco Central; y, segundo, porque ese diagnóstico no era aplicable en Bolivia dado que la pobreza y la marginalidad se originan en la precariedad y la bajísima productividad del empleo por la persistencia del extractivismo rentista, gracias a la institucionalidad enraizada que lo sostiene.



Hoy, finalmente conocemos la propuesta y las recomendaciones del GL que está sintetizada en siete documentos que, en total, suman unas 320 páginas. Los tres primeros constituyen el diagnóstico de partida: Principales Hallazgos y Prioridades de Reforma; La Gestación de la Crisis Macroeconómica; y Logros Macroeconómicos Iniciales y Desafíos Pendientes. Los cuatro restantes abordan temas sectoriales: Energía; Minería y Litio; Agricultura; y Turismo.

He leído con algún detalle los tres primeros, y “en diagonal” los cuatro sectoriales. Claramente, los siete textos mantienen el enfoque centrado en la estabilidad macroeconómica, pero pecaría de extrema superficialidad si pretendiera juzgar a detalle, en esta nota, todo el trabajo que el GL ha realizado. Sin embargo, una simple estadística desnuda la orientación y la perspectiva general de la propuesta respecto a lo que consideramos la mayor prioridad de la gente en Bolivia: la generación de valor con creación sostenida de empleo productivo, dignamente remunerado.

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En las 130 páginas de los tres primeros textos que incluyen el diagnóstico y los desafíos pendientes, se usa la palabra “déficit” 132 veces, 104 veces “inflación”, y 123 veces “financiamiento”; pero solo 2 (¡dos!) veces “empleo” y además solo como un concepto genérico. En las propuestas sectoriales, nunca se menciona “empleo” como meta: 7 veces como un dato estadístico en Minería y Litio; en Turismo 20 veces como dato estadístico en Tablas, y otras 7 como uno de los aportes al desarrollo local. No hay mención alguna a “empleo” en los sectoriales de Energía y de Agricultura.

La única conclusión posible, es que la creación de empleo digno y productivo no está entre lo que el GL considera prioritario para un crecimiento sostenido ni, menos, como la condición necesaria para el desarrollo inclusivo que requiere la sostenibilidad social del proceso a mediano y largo plazo. Es evidente que don Marcelo Claure no siguió la sugerencia (lo más probable es que nunca se enteró de ella), pero Harvard no dijo nada fuera del recetario económico ortodoxo: más allá de algunos datos actualizados en temas sectoriales, el equilibrio fiscal y la estabilidad macro es la misma receta básica conocida, con los mismos –socialmente malos, resultados que ahora se conocen.

Los problemas que afectan a la sociedad boliviana no son los desequilibrios macro, sino la extrema precariedad del empleo y de los ingresos laborales que impiden desarrollar la demanda agregada que justifique las inversiones que, a su vez, generen ofertas con valor agregado y otorguen a los hogares la capacidad de consumo necesaria a través de la remuneración al trabajo.

El desafío está en generar valor agregado siguiendo una ruta crítica que, con los menores costos y en los menores plazos, elimine los múltiples obstáculos existentes, en todos los niveles, a la creación de oportunidades de empleo productivo en un contexto de competitividad institucional y de alta productividad empresarial. La economía ortodoxa promueve el cuentapropismo como expresión de emprendedurismo, proceso que está sustituyendo empleos formales con productividades laborales del orden de $us 40.000 anuales, por cuentapropistas e “informales” con productividad por debajo de $4.000, afectando drásticamente los ingresos de los hogares, sus capacidades de consumo, y la demanda agregada necesaria para sostener el crecimiento.

La propuesta a desarrollar, y que Harvard nunca ofrecería, debería partir por definir, como las metas estratégicas, a la generación de valor agregado a través de la creación de empleo digno, productivo y sostenible para todos los que se incorporen a la fuerza laboral. Después de todo, crear anualmente 120.000 empleos para todos los jóvenes que se incorporan a la fuerza laboral con la productividad laboral media de América Latina añadirían más de 4.000 millones de dólares a la economía lo que, en las condiciones actuales, implicaría un crecimiento del orden del 10% anual. Por el contrario, fijar la meta de 3% al déficit y de 2% a la inflación, como se ha insistido, solo ha logrado retroceder en el crecimiento y en la equidad.

En pocas palabras, el recetario ortodoxo con metas de déficit e inflación, no garantiza ni crecimiento ni equidad, en tanto que las acciones objetivas que resulten en creación real de empleo productivo, impulsarán el crecimiento y la inclusión: en esas condiciones, los valores que tengan el déficit, el tipo de cambio, la inflación o las tasas de interés, serán los correctos. Nunca al revés.

 

 

Enrique Velazco Reckling, Ph.D., es investigador en desarrollo productivo