Por: Roger Mario Castellon Saucedo
Para entender la causa de los mayores problemas de Bolivia, primero debemos entender qué es, en esencia, un sistema. En términos científicos, un sistema es un conjunto de elementos interconectados donde el fallo de una pieza compromete al todo. En la anatomía, el sistema circulatorio no sirve de nada si el corazón no bombea o si las arterias están obstruidas; en la vida diaria, por más que le pongas gasolina premium a un vehículo, si el sistema de transmisión está roto, el auto no se moverá. Un sistema determina el resultado final por encima de las buenas intenciones de quien lo opera. El problema de Bolivia es que nuestro “sistema operativo” estatal está programado para el error, el control y el saqueo. No importa qué tan “bueno” sea el piloto; si el sistema está diseñado para estrellarse, nos estrellaremos todos.
La política boliviana vive atrapada en el mito del “salvador”. Creemos que, si cambiamos un rostro por otro, la realidad cambiará por arte de magia. Pero la historia nos ha dado una bofetada: cambiar de conductor en un auto que no le funciona el motor no nos llevará a ningún lado. Si mantenemos las mismas leyes oscuras, los mismos jueces serviles y la misma burocracia que vive de tu esfuerzo, el resultado será el mismo: más pobreza y más corrupción. Como decía Friedrich Hayek: “La libertad no se pierde de golpe, sino mediante leyes que, poco a poco, otorgan al Estado el control sobre la vida del individuo”. Cambiar el sistema en Bolivia significa devolverle el poder al ciudadano, queremos un país donde se respeten los pilares de la libertad. Pero para que esto funcione, la cirugía debe ser precisa y en orden: primero la reforma jurídica y después la reforma económica. ¿Por qué este orden? Porque sin reglas claras no hay confianza, y sin confianza no hay inversión. Necesitamos una reforma total del sistema judicial para que la propiedad privada y los contratos sean sagrados. La economía solo florece donde la ley protege al individuo frente al Estado, y no al revés. Una vez que establezcamos seguridad jurídica real eliminando ese libreto ideológico que hoy nos asfixia, la economía se abrirá paso por sí sola, permitiendo que el talento boliviano genere riqueza sin pedir permiso al político de turno.
Es hora de dejar de llamar a la corrupción “un error de gestión”. En el sistema socialista estatista boliviano, la corrupción es la esencia del Estado. Las leyes fueron escritas con atajos, ambigüedades y lagunas jurídicas con un direccionamiento ideológico claro: que el poder no tenga límites. Este sistema con “trampa legal” permite que el despilfarro sea la norma y que la lucha contra la corrupción sea un simple show mediático. Mientras el Estado tenga la facultad de intervenir en cada rincón de nuestras vidas, la corrupción será el único lubricante que lo haga girar. Es un modelo empobrecedor que se alimenta de los más indefensos para sostener a una élite política. Como bien advertía Frédéric Bastiat: “Cuando el saqueo se convierte en un medio de vida para un grupo de hombres en una sociedad, con el tiempo crean para sí mismos un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica”. Bolivia ha llegado a ese punto. Más allá de defender un “Estado de derecho” que hoy es una ficción, debemos generar una transformación profunda desde la norma. Hay que incinerar el librero ideológico y redactar leyes que limiten al poder y protejan al ciudadano. No necesitamos solo mejores políticos, necesitamos un sistema que impida que incluso el peor de los políticos pueda robarnos la libertad. La realidad solo cambiará cuando nos atrevamos a tocar la raíz: el sistema.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
