El anuncio de las “10 leyes fundamentales” marca aspectos positivos desde el punto de vista político, económico, institucional y comunicacional. Más allá del contenido específico de cada norma, el Gobierno tiene la oportunidad de instalar una nueva etapa de gestión basada en reformas estructurales y debate nacional. En otras palabras, el Gobierno vuelve a marcar agenda política.
Durante meses, gran parte del debate nacional estuvo dominado por conflictos, crisis, escándalos e interpelaciones. Con el anuncio de las 10 leyes, el Ejecutivo deja de actuar únicamente a la defensiva y vuelve a colocarse en el centro de la discusión nacional.
El anuncio de las leyes también diluye la percepción de improvisación y obliga a la oposición, a empresarios y a sectores sociales a posicionarse sobre propuestas concretas. Pero también deja en evidencia una realidad que, incluso dentro del oficialismo, muchos ya reconocen: durante sus primeros seis meses de gestión, una de las mayores fallas del Gobierno fue la comunicación.
Desde el inicio no existió un sistema comunicacional claro; se tenía —o se tiene— a un presidente sobreexpuesto, ante la ausencia de una estrategia comunicacional. Hasta hace un par de semanas, la comunicación gubernamental fue desordenada, improvisada, extemporánea, reactiva y, muchas veces, contradictoria.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Mientras el país enfrentaba conflictos económicos, tensión política y desgaste institucional, el Gobierno respondía tarde, sin una narrativa unificada y con vocerías dispersas que parecían competir entre sí, en lugar de transmitir conducción. Basta ver lo sucedido con el caso del avión que se accidentó y que llevaba dinero: todos corrieron a dar declaraciones y ninguna coincidía; incluso hubo una desafortunada declaración del ministro de Defensa sobre temas de emisión de moneda.
Durante meses, la sensación pública fue que el Gobierno hablaba mucho… pero comunicaba poco.
Cada ministerio emite mensajes aislados. Las conferencias parecen defensas burocráticas. Las crisis explotaban durante horas antes de que existiera una respuesta oficial. Y, en muchos casos, la población se enteraba primero por redes sociales, analistas o medios opositores, antes que por el propio Estado.
El problema no es solamente técnico: es político, pues un gobierno que no comunica ordenadamente transmite debilidad, descoordinación, falta de liderazgo e inseguridad institucional. Eso terminó erosionando la percepción pública incluso en temas donde el Gobierno tenía argumentos sólidos.
Sin embargo, en las últimas semanas comenzó a percibirse un cambio importante. Desde la designación de José Luis Gálvez como nuevo vocero gubernamental, empezó a aparecer una comunicación mucho más seria, estructurada y profesional.
Por primera vez en meses, se observó presencia constante en medios, mensajes más claros, capacidad de respuesta rápida, manejo político del discurso y una vocería con tono institucional.
El contraste es tan evidente que muchos analistas, periodistas y parlamentarios comenzamos a notar algo incómodo para la anterior estructura comunicacional: Gálvez, en un solo día, tuvo más presencia mediática y política que las dos anteriores voceras durante seis meses completos de gobierno.
Eso no significa únicamente que el nuevo vocero tenga mejores condiciones comunicacionales; también demuestra que antes no existía una estrategia real de comunicación gubernamental.
Hoy el Gobierno parece haber entendido algo fundamental: la comunicación no es un complemento de la gestión, sino parte central del ejercicio del poder. Y quien no entienda esto no es de este planeta o, por lo menos, no es de este país; pues, en Bolivia, la comunicación forma parte de la columna vertebral de la estabilidad social.
Sin embargo, también resulta evidente que José Luis Gálvez aparece demasiado solo. En el encuentro de Cochabamba se vio a un vocero intentando ordenar el mensaje gubernamental, pero sin una estructura profesional sólida que lo respalde.
No se observa todavía un equipo que lo acompañe para poder consolidar un sistema moderno de prensa, con una narrativa nacional coordinada y una estrategia territorial diferenciada.
Hoy todo parece descansar excesivamente en la figura individual del vocero, pero ningún sistema de comunicación estatal puede sostenerse únicamente sobre una persona. Porque comunicar no es solamente salir en televisión o pedir que todos los ministros hagan un TikTok.
Comunicar es construir percepción pública, legitimidad y conducción política.
Las “10 leyes fundamentales” podrían convertirse en la oportunidad perfecta para iniciar esa transformación.
