Fernando Untoja
Bolivia ya no discute proyectos. Discute resentimientos. No habla: grita. No persuade: amenaza. No construye: bloquea.
Y mientras las carreteras se convierten en trincheras miserables, mientras comerciantes pierden lo que tardaron años en levantar, mientras familias enteras cuentan monedas para sobrevivir una semana más, aparece la maquinaria del discurso: la consigna repetida como plegaria mecánica, el enemigo inventado, el odio reciclado. Bolivia se ha convertido en un país donde el sufrimiento del otro ya no produce compasión, sino satisfacción política.
Lo verdaderamente trágico no es el bloqueo. Lo trágico es el alma que lo sostiene.
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Porque detrás de cada amenaza, detrás de cada maestro que enseña violencia mientras habla de valores, detrás de cada dirigente que promete “salvar Bolivia”, existe una enfermedad moral más profunda: la destrucción del vínculo humano. El boliviano ya no mira al otro como compatriota, sino como adversario étnico, regional, político o económico. Ya no existe la nación: existen tribus emocionales alimentadas durante décadas.
Durante veinte años se sembró una pedagogía del resentimiento.
Se enseñó que el éxito debía ser sospechoso.
Que el empresario era un enemigo.
Que el blanco debía pedir perdón por existir.
Que el camba desconfiara del colla.
Que el rico era culpable incluso antes de actuar.
Que disentir equivalía a traicionar.
Y el resultado está aquí: un país exhausto, fragmentado, psicológicamente roto.
Dostoievski habría reconocido inmediatamente esta tragedia. Él entendía que cuando el odio ocupa el lugar de Dios o de la moral, el hombre termina adorando su propia destrucción. Los personajes de Los Demonios no querían solamente poder: querían incendiar el mundo porque habían perdido toda capacidad de amar algo superior a sí mismos. Eso ocurre hoy en Bolivia. Muchos ya no luchan por un ideal; luchan para ver caer al otro. Aunque en la caída también se destruyan ellos.
Nietzsche, por otro lado, habría visto el triunfo del resentimiento convertido en moral pública. El resentido no crea: acusa. No produce: exige. No admira: sospecha. Necesita convertir su frustración en virtud y la destrucción ajena en justicia histórica. Entonces aparece la inversión total de valores: el que trabaja es culpable, el que fracasa tiene superioridad moral, el que bloquea se llama “luchador social”, y el que quiere orden es acusado de enemigo del pueblo. Bolivia vive esa inversión trágica.
Las carreteras cerradas son solamente el síntoma visible. La verdadera clausura está en el espíritu nacional.
¿Qué patria puede construirse cuando nadie confía en nadie?
¿Qué nación puede sobrevivir cuando cada sector vive de asfixiar al otro?
¿Qué futuro puede tener un país donde la política se alimenta de humillaciones históricas interminables?
Incluso las palabras han muerto. “Hermano” ya no significa fraternidad; significa obediencia emocional obligatoria. La solidaridad se volvió discurso. La unidad, propaganda. Y mientras las élites políticas hablan de pueblo, el verdadero pueblo —el comerciante, el transportista, el pequeño emprendedor, el joven sin empleo— se hunde lentamente en la desesperación cotidiana.
Bolivia parece un país atrapado entre dos banderas, dos memorias, dos relatos irreconciliables. Un Estado que existe jurídicamente, pero cuya alma colectiva se desintegra. Un país donde muchos ya no quieren convivir: apenas tolerarse hasta la próxima crisis.
Y el mundo observa. Los turistas llegan buscando montañas sagradas, culturas milenarias, la belleza brutal del altiplano. Pero encuentran un país crispado, carreteras tomadas, miedo, insultos, amenazas, rabia social convertida en espectáculo permanente. El extranjero se marcha confundido: ¿cómo un pueblo con tanta riqueza cultural puede irradiar tanta hostilidad interior?
La respuesta quizá sea insoportable: porque Bolivia todavía no ha decidido si quiere ser una nación o un campo de batalla moral.
Un Estado puede sobrevivir a la pobreza. Puede sobrevivir a la inflación. Puede sobrevivir incluso a gobiernos mediocres. Pero ninguna sociedad sobrevive indefinidamente cuando el odio se convierte en identidad nacional.
Y eso es lo verdaderamente aterrador: que tal vez muchos ya no quieran salvar Bolivia. Solo quieren derrotar al otro.
