La Bolivia del caos


La muerte de Anna Enns en medio de los bloqueos no puede pasar desapercibida. Una mujer con carácter de turista, perdió la vida porque no logró recibir atención médica a tiempo debido a las carreteras cerradas. Detrás del debate político, de las consignas y de las disputas de poder, hay una realidad dolorosa: la crisis ya cobró una vida.

A esto se suman las denuncias sobre supuestos pagos a marchistas y bloqueadores para mantener las movilizaciones. Si esto llega a comprobarse, el problema deja de ser únicamente social o político. Estaríamos hablando de grupos movilizados bajo incentivos económicos en medio de un país cada vez más tensionado y dividido. Un déjà vu infernal.

En este escenario, el gobierno de Rodrigo Paz Pereira luce perdido. A seis meses de asumir el poder, la sensación es que el Ejecutivo corre detrás de los conflictos en lugar de anticiparse a ellos. Las declaraciones contradictorias del ministro Mauricio Zamora —primero llamando al diálogo y horas después endureciendo el discurso— muestran a un gobierno sin una línea clara frente a la crisis. No es el único, el vocero también cometió esta falacia a horas de su posesión.



Es como si dieran un paso firme, pero retrocedieran después dos. De esta forma la presión social resulta que obligó al Ejecutivo a recular en decisiones importantes, como la abrogación del Decreto Supremo 5503 y ahora de la Ley 1720. Entonces, cada marcha, cada bloqueo y cada tensión terminan debilitando aún más la imagen de autoridad del gobierno.

Cuando un gobierno pierde coherencia, pierde autoridad. Y cuando pierde autoridad en medio de un conflicto social, el vacío rápidamente es ocupado por los sectores más radicales. Recurrir a estados de excepción tampoco son una solución, más si hay niveles de descontrol.

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Los datos acompañan esa percepción: solo en el primer trimestre del año se registraron 175 conflictos sociales. Detrás de esos números hay malestar acumulado, demandas no atendidas y una ciudadanía cansada de respuestas lentas e improvisadas.

Paz enfrenta además el desgaste de las expectativas que ayudó a construir durante la campaña electoral. Muchos sectores populares que respaldaron al binomio Paz-Lara sienten hoy que el gobierno gobierna para otros actores y no para quienes le dieron legitimidad en las urnas. Esa percepción de abandono o incluso de “traición” está alimentando la radicalización de las protestas.

Bolivia siempre tuvo en los bloqueos una forma extrema de presión política. Pero cuando las protestas paralizan al país durante días, afectan hospitales, frenan la economía y terminan con personas fallecidas, el conflicto deja heridas mucho más profundas.

Algo rescato de ministro del pasado, uno de ellos hace 25 años tenía el valor de ingresar al medio de una asamblea de las federaciones del trópico, si a esa donde hoy nadie quiere entrar. La lección que veo, y se perdió en los últimos 5 años, es que a veces toca remangarse el pantalón y dialogar con los sectores, los pueblos. Es un riesgo, sí, pero si hay un norte tal vez vale la pena considerar esto. Lo escribí antes, evitar el Gobernar sin rumbo.

Hoy el país vive una mezcla peligrosa de incertidumbre, enojo y desconfianza. Y la gran duda es si el gobierno todavía está a tiempo de recuperar el control político antes de que la crisis siga escalando.

Y allí aparece la pregunta más inquietante: ¿tiene hoy el gobierno la capacidad política para evitar una escalada mayor?

Lic. Miroslava Fernandez Guevara

Periodista y politóloga