Durante muchos años, Santa Cruz se acostumbró a ser oposición. A desconfiar del poder siempre centralista, a pedir reformas, a pelear por producir y exportar, a exigir institucionalidad y, sobre todo, libertad. Pero algo cambió luego de la última elección nacional.
Todos… yo incluido, creímos que el gobierno de Rodrigo Paz representaba un giro. Un punto de inflexión. Al fin una oportunidad real para desmontar el modelo corrupto y estatista que destruyó la economía boliviana. Pero medio año después, la realidad es otra: no hubo reformas estructurales, no hubo apertura económica, ni tampoco señales claras de modernización del Estado o medidas profundas para recuperar la confianza y la inversión.
Pensándolo bien, quizás el problema no sea incapacidad o inacción. Quizás el problema sea que Rodrigo está gobernando para la gente que realmente lo puso ahí. Quizás lo gobierna el miedo a que esa misma gente le quite el poder que le dio. Porque, aunque haya tomado distancia de figuras como Lara y aunque en el discurso quiera mostrarse moderado o conciliador, el fondo sigue siendo el mismo: un gobierno totalmente condicionado y cautivo de una base política formada en la cultura masista, estatista y clientelar. Una base que no cree en reformas de verdad porque vive del sistema corrupto y centralista que destruyó Bolivia.
Por eso cada vez que llega el momento de tomar decisiones importantes, el gobierno retrocede, se paraliza, cede y busca consensos que no llevan a ninguna parte. Promete mucho y ejecuta poco. Habla de cambio, pero administra una continuidad mediocre. Mientras tanto, la dirigencia cruceña, fascinada con una cercanía al poder a la que no estaba acostumbrada, cae dócilmente en la trampa perfecta.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Cada semana vemos a instituciones, empresarios y líderes cruceños viajando a La Paz. Los seducen recibiéndolos en autos con sirenas, caravanas, cócteles y reuniones protocolares. Les prometen destrabar exportaciones, liberar mercados, solucionar combustibles e incentivar la producción. Son hábiles: le dicen a cada sector exactamente lo que quiere escuchar. Se toman la foto, sonríen para la cámara, se dan la mano y se abrazan.
Pero discúlpenme, a estas alturas ya resulta patético ver cómo reuniones vacías y promesas recicladas terminan celebrándose como si fueran avances reales para el país. Cuando llega la hora de actuar, siempre aparecen las excusas y los pretextos, mientras que la responsabilidad y culpa termina siendo de otros.
Ni reformas. Ni seguridad jurídica. Ni liberalización económica. Ni reducción del gasto público. Ni señales claras hacia el sector privado. Absolutamente, nada más allá de discursos y promesas sobre el Estado tranca y la Patria. Y, aun así, muchos siguen actuando como si estuvieran frente a un gran aliado político.
Y claro que se entiende. Luego de más de dos décadas de masismo, nadie quiere volver al conflicto. Nadie quiere quedar fuera de la mesa. Todos quieren sentirse cerca del poder. Todos elegimos tener fe, confiar y apoyar. Pero creo, muy a mi pesar, que muchos cruceños hemos pasado de ser opositores a ser ilusos. Ilusos por creer que un gobierno que no nació de nuestras ideas y nuestro voto iba a gobernar a favor de nuestras demandas. Ilusos por confundir cercanía con influencia y cordialidad con voluntad política.
Pero lo más grave no es ser ilusos, es que ahora estamos pasando de ilusos a cómplices. Cómplices por guardar silencio ante la inacción. Cómplices por conformarnos con teatro político mientras Bolivia sigue hundida en estancamiento, déficit, escasez de dólares y burocracia. Cómplices por tener miedo de confrontar a un gobierno que juega a parecer vinculado al sector privado, pero que a la hora de decidir sigue atrapado en la lógica del viejo modelo.
La historia latinoamericana está llena de gobiernos tibios que terminaron fortaleciendo justamente aquello que decían combatir. Y hoy corremos el riesgo de repetir la misma historia que vivió Argentina con Macri: un gobierno recordado únicamente por las reformas que prometió y que nunca se animó a cumplir. Un gobierno cuya debilidad y ambigüedad terminaron rearticulando al kirchnerismo, y llevándolo nuevamente al poder.
A Santa Cruz y a la oposición les va a tocar volver a hacer lo que durante años los hizo relevantes: incomodar al poder, marcar límites, exigir reformas reales y decir públicamente lo que muchos hoy prefieren callar por conveniencia o por miedo a perder su “relación” con el gobierno. Ningún país cambia cuando quienes deberían fiscalizar terminan confundiendo cercanía con influencia y cuidando su silla en la mesa antes que sus principios.
Roberto Ortiz Ortiz
MBA con experiencia corporativa en banca corporativa y telecomunicaciones
