Me duele el alma. Estoy rota, quebrada, dolida. Me duele mucho todo lo que está pasando en Bolivia. La celebración del Día de la Madre, este 27 de mayo, no será igual. Las familias paceñas están en terapia intensiva, porque no tienen acceso a lo más elemental para vivir comida y si la tienen es a precio de oro, impagable.
Situación similar viven los conductores varados en las carreteras. Son como cinco mil, sin nada para comer y beber
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Las empresas productivas también están en terapia intensiva, igualmente los enfermos que precisan de oxígeno y que no llega a los hospitales.
Otros son los refugios de los animalitos que han recibido perdigonazos, corte de alas, y otras barbaridades a manos de desalmados, que tampoco tienen nada para comer.
Un gran sector de Bolivia arruinado por un grupo que dice que nos representa, y que lucha por nuestros intereses, pero no lo hace.
Este grupo está compuesto por varios subgrupos. Unos son los procesadores de “harina blanca”, que sale de las hojas de coca, plantadas en el Chapare, y manejan corporaciones oscuras. Saben que la “harina” se cotiza muy bien en mercados internacionales, por lo que no quieren que nadie les arruine el negocio haciendo interdicciones, o metiéndose en sus negocios ilícitos.
Están también, según los rumores, los que, siguiendo la línea de sus colegas chapareños, han decidido plantar a la psicotrópica MaryJane desde Machamarkita hasta Siglo XX. Ellos, con las ganancias obtenidas por la cosecha de sus plantaciones, son, entre otros, los que financian los bloqueos, y las dinamitas, para poner en jaque a La Paz.
Se unen al grupo de “agricultores”, los mineros auríferos.
Estos grupos vienen saturados de una doctrina totalmente capitalista. Dependen del circuito del narcotráfico, o del oro que sale de ríos paceños.
Su capitalismo extractivista es intenso y la ilegalidad es uno de sus tantos nombres.
Su padre es un narco pederasta que ha fomentado el “vivir bien”, a costa de fracturar a los débiles lazos que unen a la sociedad boliviana. Acostumbró a miles a vivir del vicio, o colgados de la burocracia estatal.
Ahora más que nunca, queremos que él y sus secuaces, vivan tras las rejas por los próximos 30 años. Ese sería un estupendo regalo por el Día de la Madre.
Mientras tanto honremos a las madres que hacen lo imposible por dar una vida digna a sus hijos.
Y quizá, cuando esta crisis pase y el país termine de sacudirse el polvo, las madres bolivianas vuelvan a hacer el milagro doméstico que ningún ministro entiende: estirar la comida, curar el miedo, coser la esperanza y seguir adelante aunque el Estado llegue tarde, roto o directamente no llegue.
Tal vez entonces descubramos que Bolivia no fue sostenida por los caudillos de la dinamita ni por los mercaderes de la “harina” y el oro sucio, sino por esas mujeres anónimas que, mientras los poderosos incendian la casa común, todavía encuentran fuerzas para servir un plato caliente diciendo “ya va a pasar hijito”, así como sosteniendo lo que ellos destruyen.
Cuidado con ellas: las madres cansadas suelen ser el principio del fin de muchos imperios de barro.
Monica Briançon Messinger
La autora es periodista
