Hablar sobre Inteligencia Artificial no es sólo discutir sobre vértigo tecnológico o la posibilidad de reemplazar labores humanas que hasta hace poco nos eran excluyentes. La esencia de la discusión radica en que lentamente está dando lugar a una nueva idea de ser humano. Por eso la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV, para advertir acerca del peligro que nos acecha. Un documento que sostiene la preocupación ética y espiritual frente a la revolución digital, dejando claro que la humanidad enfrenta una disyuntiva entre un ethos tecnológico o reconstruir una comunidad humana donde la dignidad siga ocupando el centro.

Herbert Marcuse (1898-1979), filósofo alemán de la Escuela de Frankfurt, advirtió en los años sesenta que las sociedades industriales avanzadas comenzaban a desarrollar una forma de dominación mucho más sofisticada. Ya no hacía falta el terror visible ni la represión brutal. Bastaba con la integración total del individuo dentro de un sistema de consumo, entretenimiento y racionalidad técnica. Entendiendo que la tecnología jamás es neutral, que lleva consigo una determinada visión del mundo, una estructura de poder, una forma de organizar la vida y también una manera de reducirla.

Una sociedad tecnológica que produce individuos incapaces de pensar fuera del sistema que los contiene. Confundiendo libertad con posibilidad de consumir, felicidad con acceso a mercancías e identidad con una integración eficiente al engranaje económico. Un control que, incluso, se expande hasta colonizar la intimidad de la conciencia.



Y es precisamente este uno de los puntales que sostiene la encíclica papal. Una crítica a cómo, hoy por hoy, los algoritmos organizan la información que vemos, seleccionan las noticias que consumimos, interpretan nuestras emociones, anticipan nuestros deseos y modelan silenciosamente nuestras conductas. Nunca antes el poder había logrado penetrar con tanta profundidad en la experiencia cotidiana sin necesidad de exhibirse como tal. Incluso la IA comienza a ocupar terrenos tradicionalmente reservados a la creatividad humana, como escribir poemas, producir imágenes, redactar ensayos, mantener conversaciones o realizar terapias sicológicas. La máquina compite con la imaginación.

León XIV insiste en que el ser humano no puede ser reducido a rendimiento, eficiencia o productividad. Una idea que constituye una crítica demoledora al espíritu que parece conducir los designios del siglo XXI. Porque gran parte del capitalismo contemporáneo funciona precisamente sobre la lógica de que el individuo vale en la medida en que produce, responde, optimiza y se adapta. Constituye la culminación de la racionalidad tecnológica.

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El problema ya no es únicamente económico. Es cultural. La técnica comienza a moldear la forma misma en que definimos la existencia. Todo debe ser rápido, útil, cuantificable y eficiente. La celeridad es la medida óptima, mientras la contemplación se define como improductiva, el silencio como incomodidad y el ocio termina absorbido por plataformas que transforman el descanso en consumo permanente.

La civilización tecnológica no necesita prohibir el pensamiento crítico, basta con saturarlo. En medio de esa sobreabundancia de información y estímulos, el individuo pierde la capacidad de detenerse a elaborar una visión propia del mundo. Vive reaccionando, desplazándose de estímulo en estímulo, saltando entre titulares, videos breves, notificaciones y contenidos diseñados para capturar atención. La hiperconectividad produce, paradójicamente, aislamiento.

El sistema industrial avanzado terminará fabricando sujetos incapaces de imaginar alternativas reales al orden existente. Todo parece conducir hacia la automatización, eficiencia, acumulación de datos y expansión algorítmica. Incluso las críticas al sistema terminan rápidamente absorbidas por él y convertidas en mercancía cultural. La rebeldía se vuelve estética, la protesta se transforma en contenido y la disidencia acaba monetizada.

La imagen bíblica de Babel utilizada por León XIV representa la tentación de una humanidad que busca unificarlo todo bajo un único lenguaje, una sola lógica. Es el sueño contemporáneo de la homogeneización global. El problema radica en que toda uniformidad absoluta termina destruyendo algo esencialmente humano, la diferencia. La verdadera libertad nace precisamente de la capacidad de negar el orden existente, de resistirse a la integración total, de preservar espacios interiores no colonizados por la lógica dominante. Por eso existe el arte, la filosofía y la imaginación, todos territorios de resistencia cultural.

La IA no constituye solamente una amenaza a empleos o profesiones. Pone en entredicho la experiencia humana de la incertidumbre, del error, de la fragilidad, de la búsqueda. Todo aquello que históricamente dio origen al arte, a la espiritualidad y al pensamiento. La gran paradoja contemporánea es que cuanto más inteligentes se vuelven las máquinas, más riesgo existe de que los seres humanos comiencen lentamente a pensar como máquinas. El peligro no radica en que la tecnología desarrolle conciencia, sino que la humanidad termine perdiendo la suya.

Por Mauricio Jaime Goio.