Nuestro cruel muro de Berlín a la boliviana


El Muro de Berlín ya no existe. Durante más de tres décadas dividió la capital alemana, a las familias alemanas y a toda Europa tras erigirse como el símbolo de un mundo bipolar en el que dos potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, eran los dos polos de influencia. Era un capitalismo brutal, enfrentado a un comunismo salvaje. Su derrumbe fue bautizado por el analista Francis Fukuyama como el fin de la historia, al sostener que la democracia occidental y liberal habría triunfado por encima de una mirada secante y tirana del comunismo.

Su desmoronamiento se produjo la noche del 9 de noviembre de 1989, ante la mirada atónita de todo el mundo. Fue tan grande la felicidad y la bronca al mismo tiempo, que todos los alemanes secuestrados por la ideología comunista, se volcaron en masa a derruir a golpes, puñetes, patadas al concreto infame; con cinceles en mano, combos grandes, pequeños, incluso con otras piedras lograron perforar al muro de la inhumanidad, clavándole una estaca al criminal régimen de la época.



Del otro lado, amigos, familiares, vecinos se dieron a la faena de demoler esa pared de concreto y de perversidad que separó a miles de alemanes que, cual ratonera, secuestraron derechos humanos y libertades a manos de un polit buró mafioso y asesino, que aplastó las vidas de cientos de miles de alemanes.

Su caída posibilitó la reunificación entre alemanes y fue también un gigantesco empujón para la desaparición de la Unión Soviética y de la mentada Guerra Fría. A pesar de que las dos potencias técnicamente “estaban en paz”, el período se caracterizó por una agresiva y costosa carrera armamentista; sangrientas guerras subsidiarias libradas en América Latina, África y Asia y una desquiciada lucha por el dominio mundial entre el bloque capitalista norteamericano y el bloque comunista soviético.

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La lección histórica no fue aprendida. Hoy continúan aquellos intentos desquiciados de construir murallas que no necesariamente son de concreto, si no más bien son simbólicas y que responden a miradas raciales, regionales y culturales que, a la postre, terminan siendo mucho más crueles que el propio hormigón.

Esta incivilidad no es antojadiza. Se construyen barbacanas todo el tiempo cuyos cimientos se erigen bajo la intolerancia de “ellos o nosotros”. Son murallones identitarios, tribales y, en extremo, violentas. Trump y su persecución sañuda contra los inmigrantes; Chávez y luego Maduro aplastando a sus opositores al igual que un Ortega en Nicaragua que junto a su esposa (también presidenta adjunta) exilian y persiguen a todos quienes osan hablar en contra de ese matrimonio esperpéntico.

Ahora los muros se basan en áreas de influencia. Como siempre, es la geopolítica la que manda. Estados Unidos y su influencia en América Latina, Canadá y Groenlandia; Rusia en Ucrania y China en Taiwán. Son intereses económicos, tecnocráticos, corporativos. Las ideologías están guardadas en cajoneras muy complejas.

Latinoamérica también está mudando de piel. Con el triunfo en Chile del ultraconservador José Antonio Kast, fundador y líder del partido Republicano y defensor de la dictadura de Augusto Pinochet. Se suman un  exacerbado Javier Milei en Argentina, un Daniel Noboa en Ecuador y Nayib Bukele en El Salvador. Colombia se debate entre un ultraconservador y un alfil del desmesurado Petro. Perú también asistirá a una segunda vuelta bajo la misma soga tensada.

De 19 países latinoamericanos, actualmente, en nueve países hay gobiernos de “derecha” y en diez, de “izquierda”. Entre comillas por la falta de una nomenclatura más precisa que nos permita una taxonomía precisa de estos nuevos regímenes híbridos.

Bolivia forma parte de esta tendencia. A diferencia del Muro de Berlín, el país enfrenta una serie de murallas, barricadas y tapias vecinales azuzados por grupos minoritarios violentos que buscan sembrar trincheras descerrajadas, tensionar el poder y tener cautivos por la fuerza a regiones enteras, pulverizando todos los derechos humanos de los bolivianos y dinamitando cualquier posible escenario de concertación y diálogo.  Son extremistas como lo fueron en su momento quienes erigieron el Muro de Berlín.

Vivir es una negociación constante y la política es el arte de alcanzar acuerdos a sabiendas de que se arriesga imagen y capital político por la sospecha de verse “vulnerable”, pero es un camino que las autoridades de turno deben andar por la defensa acérrima de la democracia y por su deber de sacar a todo un país de las tinieblas de la tiranía de unos pocos. ¿Alguna vez derrumbaremos nuestros muros de Berlín, a la boliviana? O estamos frente a la capitulación de la democracia concertada.