En política los líderes rara vez abandonan el poder. Quizás cambien de función, o muchas veces pretendan jubilarse, pero continúan orbitando alrededor de los centros de decisión económica y política, como figuras influyentes. Puede que un expresidente ya no gobierne, pero claramente influye. Sostiene su capital político sobre un prestigio acumulado en el ejercicio de la autoridad, convertido en capital privado.
Fuente: Ideas Textuales
Es así como el escándalo que hoy envuelve a José Luis Rodríguez Zapatero no debe entenderse únicamente como un episodio judicial. Lo verdaderamente importante es el modelo de ejercicio del poder que se esconde tras de esta historia. Un modelo donde la política deja de ser una actividad orientada al bien común para transformarse en una red de administración de influencias, contactos y privilegios. Revela al estadista transformado en operador. Lo que fue ideología se convierte en gestión pragmática del poder.
Durante años se Zapatero fue considerado como una figura distinta dentro de la política española. Su imagen pública estaba construida sobre la moderación, el diálogo. Representaba, para buena parte de Europa, la posibilidad de una izquierda amable, racional, civilizada. En contraste con los populismos agresivos o los liderazgos autoritarios, encarnaba la política de la conciliación.
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Precisamente por eso el impacto de la revelación de las investigaciones judiciales que lo comprometen. Porque el problema no es solamente que un juez investigue pagos, sociedades o presuntas comisiones vinculadas al rescate de Plus Ultra y a negocios relacionados con Venezuela. La cuestión es que el caso revela el modo en que el consumismo lo absorbe todo, incluso a aquellas figuras que alguna vez se presentaron como moralmente superiores.
Herbert Marcuse sostenía que las sociedades industriales avanzadas poseían una extraordinaria capacidad para neutralizar la crítica. El sistema no destruye necesariamente a sus opositores, más bien los incorpora. Los vuelve funcionales, integrándolos dentro de la maquinaria económica y simbólica del poder. El punto más inquietante de esta historia es la transformación gradual de un expresidente progresista en una pieza más de una estructura internacional de intereses económicos y geopolíticos.
Porque detrás de esta historia se esconde un complejo entramado que incluye a Venezuela, su petróleo, empresas rescatadas, relaciones diplomáticas informales y redes empresariales transnacionales. Un universo en el cuán los límites entre política y negocios se vuelven cada vez más difusas. Una difuminación que no es accidental pues constituye uno de los rasgos centrales del capitalismo contemporáneo. En las democracias liberales modernas, el poder ya no opera únicamente mediante la coerción directa. Funciona también a través de la seducción, del prestigio y de la administración de oportunidades. Y la figura del expresidente se convierte en particularmente valiosa, pues posee legitimidad histórica, acceso a gobiernos, contactos internacionales y capacidad de mediación. Es una mercancía política de alcances insospechados.
Se trata de un fenómeno que forma parte de una mutación más amplia de las democracias occidentales. Antiguos presidentes, primeros ministros y altos funcionarios terminan integrados en corporaciones, consultoras, fondos de inversión o estructuras diplomáticas paralelas. La política deja de ser una esfera autónoma para convertirse en extensión de los intereses económicos globales.
Marcuse advertía que el capitalismo avanzado era capaz de producir una sociedad unidimensional, donde incluso las ideas de oposición terminaban absorbidas por la lógica dominante. Algo parecido parece haber ocurrido con gran parte de la izquierda europea contemporánea. Aquellos movimientos que alguna vez denunciaron la concentración del poder económico terminaron conviviendo cómodamente con las estructuras financieras y corporativas que antes criticaban.
El caso Zapatero simboliza precisamente esa contradicción. El problema aquí no es tanto si se logra probar o no la existencia de delitos. Incluso si muchas de las acusaciones terminaran debilitándose judicialmente, la imagen ya ha quedado instalada culturalmente. La de un expresidente convertido en intermediario dentro de un circuito internacional de intereses políticos y económicos. Lo que, evidentemente, produce como mínimo desencanto.
Las democracias necesitan creer que se sostienen sobre un relato moral. Necesitan imaginar que existen límites éticos, que sus figuras públicas son capaces de actuar más allá del interés personal inmediato. Cuando esas figuras caen bajo sospecha, lo que se erosiona no es solamente esa reputación individual, sino la confianza colectiva en la legitimidad del sistema.
El ciudadano contemporáneo vive entonces atrapado entre dos sensaciones contradictorias. Por un lado, necesita creer en la política para sostener la cohesión social. Por otro, observa permanentemente cómo las élites parecen desplazarse entre negocios, privilegios y redes de influencia. Una contradicción que genera cinismo, apatía y desconfianza institucional. Un cinismo que es extraordinariamente funcional al sistema. Una ciudadanía que ya no cree en nada difícilmente construye proyectos colectivos transformadores. El desencanto produce individuos aislados, consumidores políticos antes que ciudadanos activos. Las sociedades modernas no necesitan reprimir constantemente, muchas veces basta con administrar la frustración para convertirla en resignación.
Las ambiciones del expresidente son, en el fondo, las ambiciones de una época. Una época donde el poder ya no busca únicamente gobernar sociedades, sino también capitalizar prestigios, administrar influencias y transformar incluso la autoridad moral en un activo económico. La verdadera crisis contemporánea de las democracias occidentales no radica en la existencia de corrupción aislada, sino en la normalización cultural de un sistema donde el poder nunca se abandona realmente.
Por Mauricio Jaime Goio.
Fuente: Ideas Textuales
