Por lo que se ha visto hasta ahora, el Presidente Rodrigo prefiere invocar por el diálogo, insiste en la reflexión providencial, demuestra tolerancia infinita; en otras palabras, le gusta gobernar la ilegalidad, la violencia, el caos total.
El nuevo gobierno de Bolivia, no ha tenido tiempo para disipar la desconfianza ciudadana hacia las instituciones, y contener el debilitamiento del tejido social; no ha sido capaz de garantizar seguridad y justicia.
Por eso, continúa la vehemencia delincuencial: feminicidios, asaltos, asesinatos, agresiones sexuales; el narcotráfico.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Como dice Tolstoi: “Los seres humanos son como ríos; el agua es la misma en todos ellos, pero cada río es estrecho en algunos lugares (…), allá está en calma, o es claro, o frío, o turbio.” (Resurrección,1899).
Así pues, hay cierta clase de personas —estrechas y turbulentas— cuyos impulsos violentos no nacen de una molestia simple, son expresión de su anarquía por cualquier forma de autoridad, el afán de poder totalitario, desprecio a determinados estratos sociales, su egolatría extrema; son el abismo de la disconformidad existencial. Por tal razón, no es suficiente el enfoque político para interpretar el contenido de su historia agitada, hace falta el análisis psicosocial.
Lo que pasa es que el país, con el transcurrir de los años, avanza vertiginosamente hacia una descomposición social, aumenta la criminalidad y la justicia es corrupta.
Los intereses políticos y las ideologías globales, tienen un papel predominante en la subjetividad del pluralismo cultural que evoluciona al influjo de corrientes renovadoras “socioemocionales”; en especial con la nueva alfabetización digital de las redes sociales.
La declinación de valores, la debilidad institucional; un colapso de conducta humana inclinada al delito por razones diferentes: búsqueda de verdades nuevas que justifiquen su perversidad, necesidad de pertenencia a la identidad de su origen social, recompensa en dinero (sicariato, corrupción…), conquista del poder autoritario, reivindicación laboral y, en ocasiones, simplemente, la manifestación de complejos personales.
Lo preocupante es que estos colectivos aleccionan a quienes manifestaran su conducta venidera, por lo que ven, escuchan, y aprenden ahora. Los jóvenes de hoy que lanzan dinamita, queman llantas, incendian vehículos, usan armas… son la expresión de esa lección aprendida en el pasado, se han vuelto incapaces para conectarse con el sufrimiento ajeno que causan.
En ese sentido, pero desde otra perspectiva, es imprescindible avizorar el futuro del país y su expresión de conducta estructural colectiva; tanto en los estratos sociales expuestos a las maniobras de liderazgos vengativos que deforman la realidad, utilizan el deseo de visibilidad de sectores vulnerables, se valen de esa rebeldía innata. Como también, el accionar de aquellos otros liderazgos, fanáticos defensores del liberalismo discriminador. El presente conflictivo fue construido ayer: una ruptura radical con el orden existente en ese entonces, quizá en el intento de encontrar con habilidades nuevas, algo distinto y profundo, pero fue un fracaso.
Mario Malpartida
Periodista
