Bolivia y la infraestructura del bloqueo


 

Cada vez que Bolivia enfrenta bloqueos, el debate se concentra en las demandas, los actores involucrados y las pérdidas económicas inmediatas. Sin embargo, existe una pregunta más profunda que rara vez forma parte de la discusión pública:



¿Por qué bloquear en Bolivia resulta tan efectivo?

La respuesta no se encuentra únicamente en la cultura política del país. También se encuentra en la forma en que se ha construido —o dejado de construir— su territorio.

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Durante décadas, el bloqueo se ha consolidado como uno de los mecanismos de presión más utilizados en la vida política nacional. Independientemente de la legitimidad de las demandas que lo motivan, existe una realidad difícil de ignorar: cuando una medida de presión impide el abastecimiento de alimentos, combustibles, medicamentos o restringe la movilidad de millones de personas, sus efectos trascienden a los actores del conflicto y alcanzan al conjunto de la sociedad.

Pero si los bloqueos forman parte de la realidad política boliviana, la pregunta verdaderamente relevante es otra:

¿Por qué tienen tanto poder?

La respuesta es que Bolivia posee una conectividad extraordinariamente vulnerable.

Resulta llamativo que aceptemos como normal algo que jamás sería admitido en cualquier sistema diseñado bajo principios básicos de resiliencia. Ningún hospital opera con una sola salida de emergencia. Ninguna infraestructura crítica depende de una única alternativa de funcionamiento. Sin embargo, gran parte de la actividad económica nacional continúa dependiendo de un número limitado de corredores estratégicos.

La Paz, Cochabamba y Santa Cruz concentran gran parte de la población, la producción, los servicios y el comercio nacional. Aun así, la conexión entre estos principales polos urbanos y económicos continúa dependiendo de una cantidad reducida de rutas críticas. Cuando una de ellas se interrumpe, las consecuencias se sienten rápidamente en todo el país.

El problema, por tanto, no es únicamente el bloqueo.

El problema es haber construido un sistema donde bloquear resulta extremadamente eficiente.

Desde la economía existe un concepto conocido como incentivo perverso: una estructura que genera recompensas desproporcionadas para determinadas acciones. Hoy, con relativamente pocos puntos de interrupción, es posible afectar el abastecimiento, el comercio, la movilidad y la actividad productiva de millones de personas. Eso significa que la infraestructura nacional multiplica involuntariamente el poder de interrupción.

En otras palabras, el territorio boliviano concentra demasiado poder en muy pocos puntos de conexión.

Y esa realidad debería preocupar mucho más que la coyuntura actual.

La fragilidad de la conectividad boliviana no solo se manifiesta durante las crisis. También condiciona silenciosamente las decisiones de inversión, encarece la logística, reduce la competitividad y limita la integración de los mercados internos. Los bloqueos simplemente hacen visible un problema que existe todos los días.

No es necesario compararse con las economías más desarrolladas del mundo para comprenderlo. Diversos países de la región con desafíos geográficos, económicos e históricos comparables han entendido que la competitividad depende tanto de producir como de conectar. La infraestructura moderna no se diseña únicamente para funcionar cuando todo marcha bien; se diseña para resistir interrupciones.

A eso se le llama resiliencia.

Los bloqueos no crean la fragilidad territorial boliviana. La revelan.

Actúan como una prueba de estrés que expone décadas de insuficiente inversión en conectividad, corredores alternativos, integración logística y planificación territorial de largo plazo. La discusión nacional suele centrarse en cómo evitar los bloqueos, pero desde una perspectiva territorial existe una pregunta más importante: ¿por qué seguimos construyendo un país donde bloquear resulta tan efectivo?

Una infraestructura resiliente no elimina los conflictos; limita sus consecuencias. Reduce la capacidad de daño de cualquier interrupción y protege a la sociedad de sus efectos más severos.

Por ello, la discusión nacional no debería limitarse a cómo evitar el próximo bloqueo.

La verdadera pregunta es cómo construir un país donde ningún conflicto tenga la capacidad de paralizar a millones de personas.

Porque los conflictos seguirán existiendo. Las protestas también.

Lo que no debería seguir existiendo es una infraestructura tan vulnerable que convierta cada interrupción en una crisis nacional.

Una Bolivia más conectada no eliminaría los conflictos. Ninguna sociedad democrática puede aspirar a eso. Pero sí impediría que cada conflicto tenga la capacidad de poner en jaque a millones de ciudadanos y a la economía de todo un país.

La verdadera discusión no es cuántos puntos de bloqueo existen hoy. La verdadera discusión es por qué seguimos construyendo un país donde tan pocos puntos pueden tener tanto poder.

 

 

 

Arq. Msc. Ximena Jordán Master Arquitecta urbanista