La energía es el motor de la economía; por ello, es fundamental analizar el impacto de los bloqueos de caminos, que se registran en Bolivia, en la generación, transporte y consumo de recursos energéticos.
Una primera observación es que existen sectores «impermeables» a las interrupciones viales. En general, todo lo que opera mediante redes (ductos o cables) funciona con normalidad. Así, la producción de gas y petróleo, junto con su transporte por gasoductos u oleoductos, no se ve afectada directamente por los cortes, siempre que no existan sabotajes o fallas técnicas que requieran atención inmediata en puntos críticos inaccesibles.
Consecuentemente, la producción y exportación de gas a Brasil —una de las principales fuentes de divisas del Estado— se mantiene operativa. Del mismo modo, el suministro de gas natural a domicilios, estaciones de servicio (GNV), comercios e industrias continúa. No obstante, en el sector industrial surge una paradoja: aunque cuentan con energía, no pueden evacuar sus productos finales ni recibir insumos o materia prima debido a la inhabilitación de rutas. Un ejemplo claro es la industria láctea, que dispone de energía para procesar, pero carece de la materia prima porque los bloqueos impiden el acopio desde las zonas productoras.
En el ámbito de los hidrocarburos, el suministro más vulnerable es el diésel, cuya logística depende exclusivamente del transporte por cisternas. Le sigue la gasolina, que, aunque se produce en refinerías nacionales, solo alcanza a cubrir el 50% de su demanda mediante ductos, obligando a usar carreteras para el resto. Esto explica la escasez crónica de diésel y la parcial de gasolina. Una situación similar ocurre con el GLP (gas en garrafa) y el GNL, cuya distribución hacia ciudades intermedias y zonas aisladas se interrumpe totalmente.
Por otro lado, la cadena eléctrica —desde la generación (térmica, hídrica, solar, eólica, biomasa) hasta el consumo final por cable— permanece intacta. De hecho, un efecto colateral interesante, exacerbado por la crisis de abastecimiento de combustibles, ha sido el aumento en las ventas de vehículos eléctricos en las zonas más afectadas. Estos coches no solo permiten evitar las largas filas en los surtidores, sino que ofrecen un ahorro operativo considerable. La barrera actual sigue siendo el costo inicial de adquisición y la ausencia de políticas públicas que incentiven el cambio de la matriz automotriz, especialmente considerando que las reservas de gas natural están en franco declive.
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Para concluir, se observan dos efectos paradójicos de esta crisis:
- El ahorro de divisas: La caída en el consumo de gasolina y diésel durante los conflictos representa un alivio marginal para YPFB, que palidece frente a la contracción económica general y la caída en la recaudación tributaria.
- La degradación del combustible: El riesgo de oxidación de la gasolina en las cisternas varadas bajo el sol durante semanas es alarmante y genera la paradoja de protestar contra la gasolina en mal estado mientras se contribuye, por negligencia, a deteriorar la calidad del carburante.
El conflicto actual nos deja lecciones claras: es urgente impulsar la electromovilidad con planes de incentivos (incluyendo el reciclaje de vehículos a combustión) y ampliar la infraestructura de transporte de combustibles mediante ductos, reduciendo nuestra dependencia de la inestable logística vial.
Francesco Zaratti
Físico y analista en temas de energías
