Fernando Untoja
Hay momentos en los que una sociedad deja de preguntarse quién tiene razón y comienza a formular preguntas más dolorosas: ¿qué nos ocurrió? ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Quién nos engañó?
Después de semanas de bloqueos, enfrentamientos, discursos y sufrimiento cotidiano, Bolivia parece ingresar en una etapa distinta. Ya no predominan la euforia ni la indignación. Tampoco la esperanza de una victoria definitiva. Lo que aparece lentamente es el cansancio. Un cansancio que se parece a la resignación.
Quizás por eso las reflexiones de Zygmunt Bauman resultan útiles para comprender este momento. En las sociedades líquidas, los «héroes» duran poco, las lealtades son frágiles y las narrativas se disuelven con rapidez. Lo que ayer parecía una verdad absoluta, mañana puede convertirse en una duda incómoda.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Al comienzo hubo consignas, relatos épicos y promesas de transformación. Se habló de resistencia, de justicia y de victorias inevitables. Muchos creyeron que estaban participando en un acontecimiento decisivo. Sin embargo, el paso de los días fue desgastando las palabras.
La conspiración comenzó a diluirse. Los libretos cuidadosamente construidos fueron perdiendo fuerza. Las narrativas que parecían capaces de explicarlo todo empezaron a chocar contra la realidad de los mercados vacíos, los camiones detenidos, las pérdidas económicas y el agotamiento de la gente común. La movilización continúa. Los bloqueos persisten en algunos lugares. Las marchas todavía avanzan. Pero algo parece haber comenzado a cambiar dentro de ellas. La marcha no ha terminado. Pero la épica comienza a retirarse.
Poco a poco, algunos grupos abandonan la movilización. Otros permanecen. Sin embargo, ya no se percibe la misma convicción de los primeros días. Como ocurre en las sociedades líquidas, el entusiasmo se erosiona mucho antes que la organización. Entonces aparecen escenas silenciosas. Consignas que ya no se repiten con la misma fuerza. Discursos que ya no provocan el mismo entusiasmo. Miradas que comienzan a expresar más dudas que certezas.
Poco a poco, las palabras de combate parecen ser guardadas en las mochilas o debajo de los ponchos rojos. Como si las consignas estuvieran preparándose para regresar antes que los propios marchistas. Las mujeres tampoco se quedan atrás. Muchas continúan movilizadas, pero también ellas cargan el peso de los días transcurridos. Entre mantas, bolsas y provisiones, parece viajar algo más difícil de nombrar: la incertidumbre.
Porque también existe el cansancio de las promesas. La fatiga de esperar resultados que no llegan. La sensación de que los sacrificios realizados no encuentran todavía una respuesta clara.
Mientras tanto, el comerciante cuenta pérdidas. El camionero calcula los días inmovilizados. El pequeño productor observa mercancías dañadas. El trabajador comprueba una vez más que los precios han subido. Y entonces surge una pregunta que atraviesa a toda la sociedad. ¿Quién reparará estos daños? ¿Quién responderá por los contratos incumplidos, por las pérdidas acumuladas y por los días de trabajo destruidos? ¿Quién compensará a quienes no participaron en el conflicto, pero terminaron pagando sus costos? Y junto a esas preguntas surge otra, más profunda.
¿Quién responderá por la confianza perdida? Porque si los bloqueadores comienzan a ser percibidos por muchos como una carga para el mundo del trabajo, tampoco el Estado emerge fortalecido. Durante semanas ha observado el deterioro económico con una paciencia que algunos consideran prudencia y otra impotencia. Los unos parecen alejarse de la sociedad; el otro parece incapaz de reconciliarse plenamente con ella.
Por eso resulta difícil encontrar vencedores. Lo que se observa es una lenta evaporación de legitimidades. Los «héroes» se diluyen. Las consignas envejecen. Las narrativas se desgastan.
Y la sociedad queda sola frente a sus pérdidas. Todavía no es el regreso.
Pero ya aparecen los signos del regreso. No porque la movilización haya concluido, sino porque las certezas comienzan a abandonarla.
La tristeza no proviene de una derrota. Proviene del desencanto.
De la sospecha de que algo se ha roto en el camino. De la incómoda sensación de que las promesas y la realidad han comenzado a separarse.
Y mientras la épica se retira lentamente de las carreteras y se acomoda, silenciosa, entre mochilas, mantas y ponchos, una pregunta permanece suspendida sobre todos: ¿Quién nos engañó? Porque en la sociedad líquida ya no se pregunta quién ganó el conflicto, sino quién pagará la factura.
