Lo que 200 años de economía nos enseñan


 

 

Hoy, 19 de junio, una de las instituciones más antiguas de la República cumple 200 años.



Dos siglos después de su creación, uno podría pensar que la historia de esta institución es la historia de presupuestos, leyes, decretos y balances contables. Pero no lo es.

La historia económica de Bolivia puede resumirse en una pregunta mucho más simple: ¿Qué hicimos cuando tuvimos recursos?

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Porque si algo se repite una y otra vez a lo largo de estos 200 años es el ciclo de la abundancia seguido por la escasez.

Ocurrió con la plata, el estaño, los hidrocarburos, y volvió a ocurrir durante las últimas dos décadas.

Cada generación creyó que el auge que estaba viviendo duraría para siempre. Cada generación descubrió después que no era así.

La historia del Ministerio de Hacienda, primero, y del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas, después, es también la historia de cómo Bolivia intentó administrar esos ciclos.

Desde los primeros presupuestos de la República, elaborados cuando el país apenas estaba naciendo, hasta los modernos sistemas de administración financiera que hoy sostienen el funcionamiento del Estado, la preocupación ha sido esencialmente la misma: cómo transformar ingresos temporales en prosperidad permanente.

La respuesta, lamentablemente, no siempre fue la correcta.

Doscientos años de historia nos dejan, al menos, tres grandes aprendizajes.

El primero es que ningún recurso natural reemplaza a las instituciones.

Durante gran parte de nuestra historia, la economía boliviana estuvo organizada alrededor de la explotación de recursos naturales. La riqueza de la plata sostuvo una época. El estaño impulsó otra. Los hidrocarburos marcaron el ciclo más reciente.

Cada uno de esos momentos permitió avances importantes para el país. Pero también dejó una lección que reaparece una y otra vez: los recursos pueden generar ingresos, pero no sustituyen la necesidad de construir instituciones sólidas, reglas estables y capacidades productivas duraderas.

El segundo aprendizaje es que la estabilidad económica no es una variable técnica; es una conquista social.

Las generaciones que vivieron la inflación descontrolada de los años ochenta aprendieron una lección que sigue vigente hasta hoy: cuando la estabilidad desaparece, quienes más sufren no son los grandes actores económicos, sino las familias trabajadoras, los pequeños productores y quienes dependen de ingresos fijos para sostener sus hogares.

La estabilidad no es un fin en sí mismo. Es la condición que permite que las personas puedan planificar, invertir, trabajar y construir un proyecto de vida.

Y el tercer aprendizaje es quizá el más importante: el desarrollo no se decreta, se produce.

Ningún país ha logrado desarrollarse únicamente distribuyendo riqueza. Todos los países que lograron transformar sus economías primero aprendieron a generarla.

Sería injusto negar que durante el ciclo de altos precios de las materias primas millones de bolivianos mejoraron sus condiciones de vida. La pobreza disminuyó, la inversión pública alcanzó niveles históricamente elevados y amplios sectores de la población accedieron a oportunidades que antes parecían inalcanzables.

Pero también sería irresponsable ignorar que los ingresos extraordinarios más importantes de nuestra historia republicana no fueron suficientes para resolver los problemas estructurales de la economía.

La dependencia de los hidrocarburos continuó creciendo. La diversificación productiva avanzó menos de lo esperado. La informalidad siguió siendo el rasgo dominante del mercado laboral. El déficit fiscal se volvió permanente. Las reservas internacionales comenzaron a disminuir. Y la inversión privada perdió dinamismo en un contexto de creciente incertidumbre.

Cuando terminó el auge, las debilidades quedaron expuestas.

La historia económica de Bolivia demuestra que la abundancia puede generar bienestar temporal, pero solamente la productividad genera desarrollo sostenible.

Por eso, la discusión económica de los próximos años no puede concentrarse únicamente en qué recurso explotaremos mañana.

Debe concentrarse en cómo construiremos una economía capaz de generar riqueza de manera permanente.

Porque los desafíos del siglo XXI son distintos a los que enfrentaron quienes nos precedieron. La riqueza ya no depende únicamente de lo que extraemos del suelo, sino de lo que somos capaces de producir, innovar y conectar con el mundo.

La Nueva Economía Boliviana que estamos construyendo parte de una premisa simple: el futuro no puede edificarse sobre la nostalgia de un auge que terminó. Debe construirse sobre las capacidades que seremos capaces de desarrollar como país.

Por eso hemos definido cinco pilares fundamentales para esta nueva etapa.

La estabilidad, porque ningún proceso de desarrollo puede sostenerse sobre la incertidumbre permanente.

La producción, porque Bolivia necesita volver a producir más de lo que consume, exportar más de lo que importa y generar valor agregado desde cada región del país.

La inversión, pública donde sea necesaria y privada donde sea posible, siempre orientada a crear empleo, productividad y crecimiento sostenible.

La innovación, porque los países que lideran el crecimiento económico no son necesariamente los que poseen más recursos, sino los que transforman mejor el conocimiento en oportunidades, productividad y bienestar.

Y la confianza, porque ninguna economía crece de manera sostenible si las familias no confían en el futuro, si los emprendedores no confían en las reglas de juego o si quienes producen sienten que están solos frente a los desafíos.

Cuando uno recorre estos 200 años de historia encuentra guerras, crisis, hiperinflación, periodos de prosperidad y momentos extraordinarios de transformación.

Pero también encuentra una constante.

Bolivia siempre encontró la forma de volver a ponerse de pie.

Por eso, al celebrar los 200 años del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas, no estamos mirando únicamente hacia atrás.

Estamos mirando hacia adelante.

La historia nos enseña que los países no fracasan por falta de recursos. Fracasan cuando confunden los ciclos de bonanza con estrategias de desarrollo. Fracasan cuando creen que la riqueza está garantizada. Fracasan cuando dejan de invertir en instituciones, en producción y en las capacidades de su gente.

Bolivia ya recorrió ese camino demasiadas veces.

Por eso, la reconstrucción económica impulsada por el presidente Rodrigo Paz no consiste en volver al punto donde estábamos antes de la crisis. No se trata de reconstruir el pasado. Se trata de construir algo mejor.

Se trata de dejar atrás una economía excesivamente dependiente de unos pocos sectores y avanzar hacia una economía más diversificada, más productiva y más integrada al mundo.

Se trata de recuperar la estabilidad sin renunciar a la protección de los más vulnerables.

Se trata de transformar al Estado en un aliado de quienes producen, emprenden, innovan y generan empleo.

Se trata de crear las condiciones para que el talento de los bolivianos encuentre oportunidades dentro del país y no tenga que buscarlas fuera de nuestras fronteras.

La Nueva Economía Boliviana no puede sostenerse únicamente sobre los recursos que heredamos. Debe sostenerse sobre el conocimiento que generamos, la productividad que construimos y la confianza que recuperamos.

Los primeros 200 años de nuestra historia económica estuvieron marcados por la administración de la riqueza que nos dio la naturaleza.

Los próximos 200 deberán estar marcados por la riqueza que seamos capaces de crear.

Porque después de dos siglos, la pregunta ya no es cómo administrar mejor nuestros recursos.

La pregunta es cómo construir una economía capaz de generar oportunidades para todos los bolivianos, en cada región, en cada comunidad y en cada familia.

Esa es la tarea de nuestra generación, esa es la reconstrucción económica que hemos comenzado, porque después de 200 años administrando la riqueza del pasado, ha llegado el momento de construir la riqueza del futuro.

 

 

Por: José Gabriel Espinoza Yáñez – Ministro de Economía y Finanzas Públicas