Mientras la agroindustria cuenta con cadenas organizadas, compradores establecidos y mercados definidos, los pequeños productores deben buscar compradores, negociar precios y enfrentar intermediarios que reducen sus márgenes de ganancia

Fuente: ANF
La agricultura familiar, campesina e indígena de Bolivia sostiene gran parte de la alimentación del país, pero lo hace bajo una paradoja económica: quienes producen los alimentos que llegan diariamente a las mesas bolivianas muchas veces no reciben un ingreso acorde al valor real de su trabajo. El agricultor familiar termina absorbiendo parte de los costos de producción y transfiriendo ese esfuerzo al consumidor mediante precios que no reflejan el verdadero valor de su actividad.
El diagnóstico corresponde a Mario Vargas, investigador del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca), quien explicó que este fenómeno representa una “subvención invisible” del productor hacia la sociedad. Según su análisis, el campesino no incorpora dentro de sus costos elementos fundamentales como la mano de obra familiar, el tiempo invertido en preparar la tierra, sembrar, cosechar y seleccionar los productos.
“Muchas veces el productor considera que ese trabajo es parte de la vida cotidiana y no lo incorpora como un costo económico”, explicó Vargas a ANF. Esta práctica provoca que los alimentos lleguen al mercado con precios inferiores a su valor real de producción, dejando al agricultor en una situación de subsistencia.
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Un ejemplo citado por el investigador del Cipca es el caso de la papa. Un productor puede vender una arroba alrededor de 45 bolivianos, pero si se contabilizara correctamente el valor de la mano de obra y todos los recursos utilizados, el costo real podría ser hasta el doble. La diferencia representa, según Vargas, una transferencia de valor desde el campo hacia el consumidor urbano.
Esta situación está reflejada también en el libro “Ingresos Familiares Anuales de Campesinos e Indígenas Rurales en Bolivia”, revisado para esta nota, que señala que la agricultura familiar es responsable de aproximadamente el 61% de los alimentos consumidos en el país, entre ellos hortalizas, tubérculos y leche. Sin embargo, pese a su importancia estratégica, el ingreso familiar anual neto promedio del sector alcanza los 32.858 bolivianos, con un ingreso per cápita que mantiene a gran parte de los productores en condiciones de vulnerabilidad económica.

Agricultura familiar vs agroindustria
Vargas sostuvo que esta realidad responde a una diferencia profunda entre la racionalidad económica de la agroindustria y la agricultura familiar. Mientras el modelo agroindustrial, como el de la soya, funciona bajo una lógica de escala, grandes extensiones de tierra y producción orientada a la exportación, la agricultura familiar opera bajo un sistema diversificado que aprovecha mejor pequeñas superficies.
Según el investigador del Cipca, un productor de soya puede generar importantes ingresos económicos, pero necesita grandes extensiones de tierra y recibe ingresos principalmente en periodos determinados de cosecha. En cambio, un agricultor diversificado puede producir cacao, café, frutas, tubérculos y otros alimentos en superficies mucho menores, generando ingresos de manera más frecuente durante el año.
Sin embargo, esta eficiencia productiva no se traduce necesariamente en mejores condiciones económicas. Una de las principales dificultades es la comercialización. Mientras la agroindustria cuenta con cadenas organizadas, compradores establecidos y mercados definidos, los pequeños productores deben buscar compradores, negociar precios y enfrentar intermediarios que reducen sus márgenes de ganancia.
“El sistema está diseñado para que la soya tenga un mercado asegurado, mientras que el productor de alimentos básicos tiene que resolver por sí mismo cómo vender”, señaló Vargas, quien cuestionó que las políticas públicas hayan priorizado sectores orientados a la generación de divisas, dejando en segundo plano productos de consumo cotidiano.
El libro de Cipca advierte además que la agricultura familiar enfrenta problemas estructurales como la fragmentación de tierras, la falta de acceso a crédito, la limitada asistencia técnica y la presión del cambio climático. Sequías, heladas e inundaciones han alterado los ciclos productivos y aumentado la incertidumbre para miles de familias rurales.
A esto se suma el envejecimiento de la población campesina y la migración hacia las ciudades. Vargas señaló que Bolivia pasó de tener una población mayoritariamente rural a una realidad donde cerca del 75% de los habitantes vive en áreas urbanas, reduciendo la disponibilidad de mano de obra en el campo.
El especialista también cuestionó la falta de una política científica y tecnológica sostenida para la pequeña agricultura. Desde el cierre del Instituto Boliviano de Tecnología Agropecuaria (IBTA) en los años 90, consideró que no se ha desarrollado una estrategia estatal suficiente para generar tecnologías adaptadas a la diversidad productiva del país.

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