Este estado costero en el norte del país y vecino a Caracas es el más afectado por los sismos. Entre llantos, los residentes buscan a familiares en medio de los escombros y piden ayuda
Fuente: Infobae
Por Bárbara Agelvis Maza
“No te vayas, no me dejes”, ruega Amir, un joven de 16 años que tiene un edificio entero sobre su cuerpo tras los terremotos de 7,5 y 7,2 en Venezuela.
Lleva más de doce horas atrapado entre los restos del complejo Luisa Cáceres de Arismendi de Playa Grande, en la localidad de Catia La Mar, en el estado costero de La Guaira, pero su cara y parte de su torso logran verse entre los escombros.
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Ese estado costero en el norte del país y vecino a Caracas es el más afectado por los terremotos, según ha dicho la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, quien lo declaró “zona de desastre natural por la cantidad de edificios que colapsaron”.
Hasta donde está Amir la ayuda aún no llega y la resistencia del joven es cada vez menor.
“Yo creo que quedo inválido. Cada vez (el edificio) se pone más pesado”, asegura a EFE este adolescente, estudiante de secundaria y de música.
Estaba con su papá al momento en que comenzó el temblor y de él no sabe nada.
Playa Grande y buena parte de La Guaira está casi sin cuerpos de rescate. Son escasos los bomberos y los residentes aseguran, en el amanecer de este jueves, que nadie ha llegado a ayudarlos.
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Entre llantos, los residentes buscan a familiares en medio de los escombros.
Es un equipo esencialmente humano que, afirma, aún no ha recibido apoyo de rescatistas y menos de maquinarias que remuevan escombros.


“Ayuda” o “auxilio” es el grito que se escucha desde los restos de edificios derrumbados o parcialmente sostenidos sobre unas débiles columnas.
Son torres con una privilegiada vista al Mar Caribe que hoy viven una tragedia.
Y entre el sonido de las alarmas de los carros que se entremezcla con los pájaros del amanecer, alguien grita “¡ayuda!”.
Un vecino pregunta: “¿Dónde estás? ¿Cómo te llamas?”.
La persona responde: “Piso 1”. Lleva casi 12 horas ahí desde que ocurrieron los dos terremotos del miércoles.
“Ayúdenme, por favor”, vuelve a gritar. A su lado está el cadáver de una mujer.
Otro grupo busca a alguien llamado Jesús, pero 200 metros atrás tratan de hallar a una niña de 11 años en un conjunto de viviendas bautizado Hugo Chávez en honor al presidente fallecido en 2013.
La mamá de la pequeña llora desesperada mientras le indica a las personas que intentan sacarla dónde podría estar Dana.
En un país que no estaba preparado para vivir un sismo de tal magnitud, entre funcionarios de seguridad y civiles intentan encontrar la mejor forma de remover escombros mediante una ingeniera improvisada.
El desespero es tal que en otro edificio un grupo de familiares de una mujer llamada Eva, entre llantos, se dice dispuesto a mover los escombros.
“Eva, Eva, Eva”, gritan con insistencia mientras se abrazan para darse fuerzas.
Ya entrada la mañana, algunos helicópteros se ven en el cielo de una región conocida hasta 2019 como Vargas y donde miles de personas murieron en 1999 en medio de inundaciones y aludes que aún dejan huella.
EFE
