Con el mundial de fútbol se ha reactivado la discusión acerca de quién es el mejor futbolista de todos los tiempos. La respuesta parece sencilla, a la luz de la pasión de la competencia, pero se complica cuando se intenta abordar desde la razón. Las comparaciones son tan odiosas como las pasiones irreconciliables. Pelé, Maradona, Messi, Cristiano Ronaldo, Di Stéfano, Cruyff, Puskás. Cada nombre abre una puerta distinta hacia la memoria, personal y colectiva. Cada uno representa algo más que fútbol. Representa una época, una forma de entender el mundo y una determinada idea de grandeza.
Es una discusión que esconde una paradoja, pues mientras más se intenta demostrar quién es el mejor, más evidente resulta que una respuesta unánime es imposible. A diferencia de disciplinas individuales como el tenis o el atletismo, donde el enfrentamiento es entre individuos o los cronómetros permiten establecer comparaciones relativamente objetivas, el fútbol es un deporte colectivo. Es así como un delantero depende de los pases que recibe o un arquero dependerá de la solidez de su defensa o un mediocampista necesitará compañeros capaces de interpretar sus movimientos. Cada posición exige habilidades distintas.
¿Cómo comparar a Lev Yashin, considerado por muchos el mejor arquero de la historia, con Pelé? ¿Cómo medir la influencia de Franz Beckenbauer frente a la de Lionel Messi? ¿Qué parámetros permiten establecer una equivalencia entre un organizador de juego, un goleador o un defensa? La dificultad aumenta porque el fútbol suele privilegiar aquello que define el juego, el gol. Los estadios estallan por los goles, son alimento de los resúmenes televisivos y los niños imitan las celebraciones de sus héroes. Por eso los mayores ídolos suelen ser delanteros o mediocampistas ofensivos. La memoria colectiva recuerda al autor del gol decisivo mucho más que al defensor que evitó la derrota.
Pero el fútbol no son simplemente cifras. Existe una dimensión emocional que escapa a cualquier planilla de datos. Así como algunos jugadores modifican el ánimo de un equipo apenas ingresan al campo otros llegan a convertirse en símbolos capaces de movilizar a una nación entera. Su influencia trasciende la cancha.
El argentino Diego Armando Maradona es quizás el mejor ejemplo. A pesar de que sus estadísticas son extraordinarias, no son capaces de explicar completamente su lugar en la historia. Lo que convirtió a Maradona en un fenómeno cultural fue su capacidad para encarnar un relato colectivo. Representó la rebeldía, el desafío a los poderosos, la reivindicación de los marginados. Cuando marcó el célebre gol conocido como la “Mano de Dios” frente a Inglaterra en 1986, el episodio fue interpretado por millones de argentinos como algo más que un gesto en una cancha de fútbol. Se transformó en un acto cargado de simbolismo histórico pocos años después de la Guerra de las Malvinas.
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Lionel Andrés Messi, en cambio, representa otro tipo de liderazgo. No es el héroe rebelde sino el profesional disciplinado. El niño tímido que emigró para perseguir un sueño. El talento silencioso que respondió a las críticas con perseverancia. Su historia conecta con una época diferente, marcada por la globalización, la profesionalización extrema y la construcción de figuras públicas mucho más controladas.
Ambos son extraordinarios. Ambos lideraron a la selección argentina hacia sus momentos más luminosos. Pero lo hicieron de maneras radicalmente distintas.
La comparación entre ellos revela un nivel distinto del análisis, el contexto histórico. Pelé jugó con balones más pesados y en canchas muchas veces deficientes. Maradona enfrentó defensas que gozaban de una permisividad arbitral hoy impensable. Messi desarrolló su carrera en una era de sofisticación táctica y preparación física sin precedentes. Cristiano Ronaldo se benefició de avances en nutrición y entrenamiento que habrían parecido ciencia ficción para los futbolistas de mediados del siglo XX. Cada época construye sus propias condiciones.
Por eso resulta imposible saber si Pelé habría brillado de igual manera en la actualidad o si Messi habría soportado las violentas marcas de los años setenta. Tampoco sabemos cómo habría evolucionado Maradona bajo el escrutinio permanente de las redes sociales. Cada uno fue hijo de su tiempo.
El debate continuará hasta el fin de los tiempos, porque en realidad no busca una respuesta objetiva. Lo que persigue es algo más profundo. Está en busca de héroes. A lo largo de la historia todas las culturas han construido relatos sobre figuras excepcionales. Así como los antiguos griegos tuvieron a Aquiles y a Ulises, la Edad Media a sus caballeros legendarios, las sociedades contemporáneas tienen a sus deportistas.
Los grandes futbolistas cumplen una función simbólica de encarnar valores, aspiraciones y sueños colectivos. Son personajes sobre los cuales una comunidad proyecta sus deseos y frustraciones. Por eso cada generación tiende a considerar que el mejor jugador es aquel que marcó su propia experiencia emocional. Por lo que no es raro que mientras el abuelo recuerde a Pelé, el padre evoque a Maradona y el hijo esté a pie firme con Messi. Y probablemente los jóvenes de las próximas décadas hablen de Mbappé, Lamine Yamal o de alguna estrella que todavía desconocemos. Lo que cambia no es solamente el jugador, es la sociedad que lo observa.
El fútbol es espectáculo, no ciencia. Su grandeza reside en todo aquello que no puede medirse. En la emoción del gol, en la magia de una jugada irrepetible, en la capacidad de unir a millones de personas alrededor de una pasión. No pretendamos que el mejor de todos los tiempos sea una categoría objetiva. Es un mito. Los mitos no buscan encontrar una verdad definitiva, sino dar sentido a nuestras emociones.
Puskas, Di Stéfano, Pelé, Maradona, Messi, Cristiano Ronaldo y tantos otros forman parte de una misma constelación, capítulos distintos de una historia que nunca se termina de escribir.
Por Mauricio Jaime Goio.

