En una entrevista publicada en el diario español El País, el historiador estadounidense Graham Burnett afirma que «los bares en España funcionan como un santuario contra las redes sociales.» Una frase que refleja una de las grandes preocupaciones de este primer cuarto del siglo XXI. Porque pareciera que, contra lo que se pueda creer, los grandes conflictos del futuro no serán por los recursos naturales, sino por cautivar nuestra atención.

Las empresas que manejan las grandes plataformas digitales descubrieron que la atención humana es el recurso más valioso del planeta. Si antes las empresas competían por vender productos, ahora compiten por capturar segundos de nuestra atención. Burnett utiliza la metáfora del fracking para describir este fenómeno. Así como el fracking perfora la tierra para extraer petróleo, las plataformas perforan nuestra vida mental para extraer tiempo, emociones, hábitos y preferencias que luego transforman en ganancias. Sin darnos cuenta no estamos enfrentando a un cambio cultural de enormes proporciones.

Desde siempre todas las sociedades desarrollaron mecanismos para preservar aquello que consideraban indispensable para su supervivencia. Así fue como se construyeron templos, plazas y mercados, lugares donde la comunidad se reunía para reconocerse, recordar quién era. No solo servían para comerciar o celebrar ceremonias religiosas, sino para fortalecer los vínculos sociales y transmitir las tradiciones de una generación a otra.



Hoy los espacios públicos cumplen la función de proteger nuestra capacidad de estar presentes. Un café de barrio, una sobremesa familiar, una conversación sin teléfonos sobre la mesa o una tarde observando un partido de fútbol sostienen algo que ninguna inteligencia artificial puede lograr: atención compartida.

Vivimos en una civilización que ha convertido la interrupción permanente en un modelo de negocios. Cada notificación, cada video breve, cada scroll están cuidadosamente diseñados para impedir que permanezcamos demasiado tiempo concentrados en una sola cosa. El éxito de las plataformas depende precisamente de que nunca terminemos de mirar.

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Tenemos acceso inmediato a millones de contenidos, pero cada vez resulta más difícil leer un libro durante una hora, sostener una conversación larga o simplemente permanecer en silencio. Así como nunca habíamos tenido tanta información disponible, nunca ha sido tan difícil concentrarse.

Las antiguas sociedades organizaban la vida alrededor de rituales que daban estabilidad al tiempo. Había momentos para trabajar, para descansar, para recordar a los muertos, para celebrar las cosechas y para escuchar a los mayores. En nuestra cultura todo ocurre al mismo tiempo. Así el trabajo invade el descanso, las noticias irrumpen durante todo el día y las redes sociales acompañan incluso los momentos de intimidad. Hay una transformación profunda de la manera en que nos relacionamos con los demás.

En buena parte del universo circundante del mar Mediterráneo, el café, la plaza y el restaurante siguen siendo instituciones culturales. Espacios donde todavía es posible conversar durante horas sin que nadie pregunte cuánto tiempo lleva ocupada la mesa. Algo parecido ocurre en muchas comunidades, en las que las reuniones familiares, las ferias populares, las fiestas patronales o la simple costumbre de sentarse en la puerta de casa al caer la tarde representan formas de convivencia que sobreviven desde mucho antes de la llegada de internet. Son prácticas culturales que mantienen viva una presencia física que es insustituible.

La inteligencia artificial podrá escribir poemas, resumir libros o responder preguntas complejas, pero difícilmente podrá reproducir la experiencia compartida de una conversación espontánea. No se trata de demonizar la tecnología, pues resulta indudable que las herramientas digitales han ampliado enormemente nuestras posibilidades de aprender, crear y comunicarnos. El problema surge cuando esas herramientas dejan de estar a nuestro servicio para convertirnos a nosotros en productos a comercializar. La discusión ya no gira únicamente alrededor de la privacidad, sino sobre nuestra capacidad para decidir voluntariamente dónde ponemos la atención.

Las civilizaciones no desaparecen solamente por guerras o catástrofes naturales. También pueden erosionarse cuando pierden los rituales que sostienen su vida colectiva. Por eso la observación de Burnett merece ser tomada en serio. Los últimos refugios de la atención no son necesariamente monasterios ni bibliotecas silenciosas. También pueden ser un café, una mesa familiar un domingo al mediodía, un partido de fútbol entre amigos o una plaza donde todavía se conversa sin mirar la pantalla.

Pues, convengámoslo, al final, toda cultura se define por aquello que decide proteger. Y quizá la tarea más urgente de nuestro tiempo sea precisamente defender esos espacios donde todavía es posible mirar a otro ser humano sin que un algoritmo reclame nuestra atención.

Por Mauricio Jaime Goio.