Cada cuatro años, el planeta fútbol se transforma en mundial. Un deporte que en las ligas locales suele dividir, se convierte en el escenario de una tranquila fiesta global. Basta con tomar atención cuando enfocan al público durante las transmisiones o estar atentos a las publicaciones de las redes sociales. Mucha familia, niños con el rostro pintado, parejas de ancianos vestidos con los colores de su selección, grupos de amigos con expresión de relajo. Todos posando para las cámaras como si estuvieran de vacaciones. Y, en cierto modo, lo están.

El Mundial es un torneo deportivo donde el resultado parece, por momentos, ser un asunto secundario. La gente sonríe, canta, se toma selfies y disfruta del simple hecho de estar allí. Incluso cuando su selección pierde, muchos aficionados continúan celebrando. La derrota duele, pero rara vez destruye la experiencia. Una atmósfera que contrasta con la de los campeonatos locales, donde el estadio se convierte en un territorio dividido, en trincheras en la cual la tensión se respira antes, durante y después del partido. En algunos países, la rivalidad entre clubes ha llegado a ser tan intensa que requiere grandes operativos de seguridad y separaciones físicas entre hinchadas. El Mundial pareciera suspender las hostilidades.

Las sociedades necesitan crear momentos excepcionales, espacios de suspensión de la vida cotidiana donde las reglas habituales se relajan y las personas pueden experimentar otro tipo de convivencia. Las fiestas religiosas, como peregrinaciones y carnavales, cumplen esa función. Durante unos días, la comunidad abandonaba sus tensiones diarias y se entrega a la celebración. El Mundial es, probablemente, el gran carnaval del siglo XXI. Así, durante un mes, millones de personas dejan atrás sus rutinas y emprenden una especie de peregrinación. Gente común y corriente que ahorran durante años para asistir o se endeudan para terminar pagando hasta el próximo mundial.



Por eso abundan las imágenes, que constituyen un certificado de asistencia. Cada una está gritando “yo estuve aquí. Fui parte de esto”. El aficionado no está documentando únicamente un partido de fútbol, está conservando el recuerdo de una experiencia.

El fútbol de clubes, en cambio, se construye sobre otro tipo de vínculos. Allí las rivalidades son permanentes. Los equipos representan barrios, regiones, historias familiares y, en algunos casos, diferencias de clase o identidades políticas. El rival no aparece una vez cada cuatro años, está presente todos los fines de semana. Las derrotas se acumulan en la memoria y los agravios se transmiten de generación en generación. El hincha local defiende un territorio simbólico. El aficionado mundialista, en cambio, participa de una fiesta.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

La paradoja es que el Mundial, siendo una cita que pareciera exaltar el nacionalismo, genera una inesperada fraternidad internacional. Hinchadas de equipos rivales pueden llegar a compartir el espacio durante el encuentro y abrazarse para tomarse una fotografía. La competición existe, pero no anula el sentimiento de estar participando de algo mayor. Quizás exista el acuerdo tácito de que todos están tomando parte de un acontecimiento extraordinario y efímero.

En la memoria de los mundiales no quedan solamente los goles o los palmares. Permanecen también en las imágenes de las calles llenas de camisetas de todos los colores en las canciones improvisadas en distintos idiomas en los abrazos entre personas que probablemente nunca volverán a encontrarse. El Mundial produce una comunidad transitoria. En una época marcada por la polarización, resulta llamativo que un torneo de fútbol sea capaz de reunir a personas tan distintas que se concentren exclusivamente en el espectáculo al que están asistiendo. Es así como durante unas semanas una multitud disímil descubra que es posible competir sin odiarse y defender una identidad sin negar la del otro.

Quizás la verdadera magia del Mundial no está en la cancha, en el resultado deportivo. Sino en recordarnos que los seres humanos necesitan la fiesta, el encuentro, la celebración compartida. Por eso las tribunas mundialistas están llenas de sonrisas. Porque, en el fondo, quienes asisten a un Mundial comprenden algo que el fútbol de todos los días suele hacernos olvidar, que antes de ser hinchas de una camiseta pertenecemos a una misma y antigua tribu humana.

Por Mauricio Jaime Goio.