Para cualquier importador, industrial o ciudadano boliviano de a pie, intentar conseguir dólares o realizar una transferencia al exterior entre 2024 y 2025 se convirtió en una auténtica odisea. La sequía de divisas paralizó cadenas de suministro y asfixió a sectores enteros de la economía nacional. Sin embargo, al revisar los Estados Financieros de la banca múltiple en este mismo periodo, surge una paradoja que roza lo incomprensible para el ciudadano común: en medio de la peor crisis cambiaria de las últimas décadas, el sistema financiero reportó utilidades netas extraordinarias.
¿Cómo es posible que la banca gane tanto dinero cuando la economía productiva se estanca? La respuesta no radica en un aumento de los préstamos para la producción, sino en una magistral y fría adaptación contable. Frente a la escasez, la intermediación cambiaria dejó de ser un servicio más para convertirse en el negocio más lucrativo del país.
Para entender este fenómeno, debemos diseccionar la estrategia de las entidades financieras, que consistió en una impecable jugada de dos frentes: uno ofensivo y otro defensivo.
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La jugada ofensiva: las comisiones
Ante la falta de liquidez en dólares por parte del Banco Central, los bancos comerciales se convirtieron en los grandes administradores de la escasez de divisas. Trasladaron el costo y el riesgo de la crisis directamente a sus clientes. Las comisiones por transferencias al exterior y giros, que históricamente representaban un porcentaje marginal, se dispararon a niveles exorbitantes. Mientras los Ingresos Financieros, derivados de la cartera de créditos, crecieron en un 18% situándose en 23,2 mil millones de bolivianos en la gestión 2025. La cuenta de Otros Ingresos Operativos registro un crecimiento de 140% respecto a la gestión pasada, pasando de 13,7 mil millones, que ya era un monto alto en comparación a los datos históricos, a 32,8 mil millones de bolivianos. En la práctica, el sistema financiero logró proteger e inflar sus utilidades cobrando un cuantioso «peaje» a los exportadores e importadores desesperados por mover su dinero.
La jugada defensiva: el refugio de la posición larga
Pero la verdadera obra maestra de ingeniería financiera ocurrió en las sombras de sus pasivos. Mientras el país entero mendigaba divisas, la banca redujo drásticamente su propia exposición al riesgo externo. Los datos oficiales sobre el Saldo Adeudado Total de la Deuda Externa Privada son irrefutables: la deuda externa del sector financiero se desplomó de 108,8 millones de dólares en el último trimestre de 2023 a apenas 51,7 millones para fines de 2025.
Es decir, en plena crisis, los bancos cortaron su propio endeudamiento externo a la mitad. Aceleraron el pago de sus obligaciones en dólares y acumularon activos en moneda extranjera, migrando hacia una «posición larga» (mayores activos que pasivos en divisas) para blindar sus patrimonios institucionales. Jugaron al póker financiero con las cartas marcadas por la escasez y, desde una perspectiva estrictamente corporativa, ganaron la partida.
El costo en la economía real
Si bien es innegable que las entidades bancarias actuaron con una racionalidad económica impecable para sobrevivir y proteger a sus accionistas del riesgo sistémico, la victoria es amarga para el país. Esas comisiones astronómicas que engrosaron las utilidades bancarias funcionaron como un doloroso impuesto privado sobre el sector productivo. El importador que pagó un sobreprecio del 20% o 30% por transferir dólares no absorbió la pérdida; la trasladó directamente al precio del producto final. En consecuencia, la rentabilidad extraordinaria de la banca la terminó pagando el ciudadano en los mercados, alimentando la inflación que hoy erosiona los bolsillos de las familias bolivianas.
Celebrar la aparente solidez de los balances bancarios en 2026 es, en el mejor de los casos, una ilusión óptica. Un sistema financiero verdaderamente sano es aquel que genera riqueza financiando proyectos, apalancando a la industria y facilitando el consumo. Cuando la banca gana más dinero penalizando el movimiento del dinero que otorgando créditos productivos, no estamos ante un éxito empresarial, sino ante el síntoma ineludible de una economía profundamente enferma.
