La inquietante advertencia de Nietzsche sobre ChatGPT,Claude,GROK y la inteligencia artificial


 

Ronald Palacios Castrillo, M.D.,PhD.



mo la ciencia, de Copérnico a ChatGPT, ha convencido progresivamente a la humanidad de que no es especial.

 

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En la actualidad se ha oído hablar ampliamente de ChatGPT. Friedrich Nietzsche, por supuesto, falleció mucho antes de que la inteligencia artificial alcanzara su desarrollo actual. No obstante, Nietzsche dedicó extensas reflexiones a la ciencia y especuló acerca de su dirección futura; lo que reviste mayor importancia es que formuló una advertencia dirigida a los científicos, la cual ha adquirido una urgencia renovada con el advenimiento de la IA.

Antes de abordar la advertencia nietzscheana a los científicos, resulta indispensable proceder a un examen detenido de nuestra propia psicología.

El ideal ascético

El ideal ascético constituye uno de los conceptos centrales de la filosofía de Nietzsche y, paradójicamente, uno de los menos explorados en profundidad. Toda la tercera y última parte de la Genealogía de la moral se consagra a su análisis. En términos generales, el ideal ascético designa aquella orientación que promueve un movimiento de alejamiento del mundo, una negación de lo material y, según Nietzsche, una negación de la vida misma.

La tesis fundamental de la Genealogía de la moral sostiene que este ideal ascético representa el núcleo esencial, la idea fundacional y la motivación primordial de una amplia diversidad de empresas humanas. Nietzsche identifica la presencia del ideal ascético en todos los dominios de la cultura: el arte, la filosofía, la religión e incluso la ciencia.

El ejemplo de la religión resulta el más inmediato. En el cristianismo, numerosas prácticas valoradas se centran en la vida espiritual, lo cual implica una oposición sistemática a la existencia material. Para Nietzsche, sin embargo, el término «espiritual» no constituye sino un eufemismo de aquello que niega la vida.

Considérese, a modo de ilustración, la figura del monje cristiano, arquetipo de la existencia cristiana ejemplar. Sus tres actividades principales son el ayuno, la castidad y la oración. El ayuno implica la privación de alimento; la castidad, la abstención del ejercicio sexual; la oración, el desentendimiento radical respecto del mundo. Los monjes viven, además, en condiciones de relativa pobreza y renuncian a la persecución de riquezas o posesiones materiales. Este modo de existencia, en el que todo cuanto recuerda la realidad corpórea y material que habitamos es desterrado o severamente restringido, constituye la consecuencia directa de la adhesión al ideal ascético.

El argumento de Nietzsche en la Genealogía de la moral afirma que este instinto por lo inmaterial —el ideal ascético— resulta de un proceso psicológico al que la humanidad se ha sometido a sí misma. No deriva de una búsqueda honesta y lúcida de Dios, de la religión o de lo espiritual, sino de una condición psicológica, humana y material. La vida religiosa de los monjes y la alta estima que socialmente se le otorga representan únicamente una de las expresiones de dicho ideal. Este encuentra también expresión en otros ámbitos culturales, singularmente en el arte. De manera particularmente notoria, Nietzsche criticó las óperas tardías de Richard Wagner por promover la negación de la vida, dirigiendo su objeción principal contra Parsifal. La última obra de Wagner es descrita por Nietzsche en los siguientes términos:

«Es una mala obra. La predicación de la castidad sigue siendo un incitamiento contra la naturaleza. Desprecio a cualquiera que no considere Parsifal como un ultraje a la moralidad».

Nietzsche localizó el mismo ideal en el ámbito de la filosofía. Baste remitirse a Schopenhauer y a su explícita defensa de la vida ascética y santa:

«Para aquellos en quienes la voluntad se ha vuelto y negado a sí misma, este nuestro mundo, tan real con todos sus soles y vías lácteas, no es nada»

La tesis capital de Nietzsche en la Genealogía de la moral sostiene que esta tendencia nihilista —esta negación del mundo y de la vida— encuentra expresión en todos los dominios de la modernidad. No se circunscribe a la filosofía, al arte o a la religión: está igualmente presente en la ciencia.

Victorias científicas

Toda la ciencia contemporánea se propone disuadir al ser humano de su opinión actual sobre sí mismo, como si dicha opinión no fuera más que una extraña pieza de presunción.

Regresemos brevemente a la cuestión de ChatGPT. Si Nietzsche viviera en la actualidad, ¿qué juicio formularía respecto de este último desarrollo en los modelos de lenguaje y la inteligencia artificial? La respuesta no resulta difícil de conjeturar. Aunque se trata de una tecnología enteramente nueva, su desarrollo se inscribe en un patrón que Nietzsche ya había identificado desde los orígenes de la ciencia moderna hasta su propia época.

Para comprender cómo ChatGPT se inserta en este patrón, comencemos por el principio. La trayectoria de la ciencia —o de las «victorias científicas», según la expresión empleada por Nietzsche— parece orientarse hacia el progresivo desplazamiento de la humanidad respecto del centro del universo.

Antes del advenimiento de la ciencia moderna, el ser humano mantenía una opinión sumamente elevada de sí mismo: ocupaba literalmente el centro del universo; el sol, los planetas y las estrellas giraban a su alrededor; había sido creado a imagen de Dios y se hallaba elevado por encima del resto de los animales, participando de una chispa divina. Esa autoimagen estaba a punto de experimentar una transformación radical.

Copérnico demostró que la humanidad no habita el centro del universo: la Tierra no es más que uno entre los numerosos planetas que orbitan alrededor del sol. Posteriormente, al trascender los límites de nuestro sistema solar, se descubrió que habitamos una galaxia denominada Vía Láctea, la cual contiene miles de millones de soles y un número indeterminado de planetas análogos a la Tierra.

Aún más significativo resultó el descubrimiento de que nuestra Vía Láctea no posee unicidad alguna. El universo se halla poblado de otras galaxias semejantes, cada una de ellas integrada por planetas, soles y lunas. La humanidad pasó así de ocupar el centro del universo y de todo cuanto existe a constituir una ínfima mota de polvo en un vasto océano cósmico.

¿En qué radicaría, entonces, nuestra pretendida singularidad? Al menos, cabría suponer, seguimos siendo criaturas únicas, creadas a imagen divina… Salvo que tampoco lo somos. Darwin estableció que no somos más que animales: compartimos un ancestro común con todos los organismos vivos del planeta. En esta cosmovisión, los seres humanos carecen de cualquier estatuto ontológico privilegiado; son simplemente animales, acaso dotados de una inteligencia superior, pero desprovistos de singularidad biológica esencial.

Incluso nuestra inteligencia ha sido objeto de una progresiva desvalorización por parte de la ciencia. Resulta que no somos las criaturas objetivas, calculadoras y racionales que creemos ser. Fuerzas subterráneas y oscuras guían nuestras acciones y emociones; en los procesos de toma de decisiones, los sesgos y las falacias cognitivas resultan frecuentemente más determinantes que la razón misma. No comprendemos adecuadamente la probabilidad, racionalizamos a posteriori y experimentamos disonancia cognitiva. Todos estos constituyen descubrimientos científicos —victorias científicas, incluso—. Pero, como señala Nietzsche, ¿victorias sobre qué?

Nihilismo en la ciencia

Se ha aludido ya al nihilismo inherente a la ciencia: el ideal ascético, los votos de pobreza y de celibato en la religión, el Parsifal de Wagner y su incitación a la castidad, la renuncia a la voluntad en Schopenhauer y en la filosofía. Todas estas manifestaciones apuntan en una misma dirección: el alejamiento del mundo material y, con ello, el alejamiento del ser humano. La privación del cuerpo mediante el ayuno, la renuncia a los placeres de la riqueza y del sexo, la postración en oración o meditación, el desentendimiento radical respecto del cuerpo material… Alejarse del mundo material implica necesariamente alejarse del cuerpo material. En el cristianismo solo permanece el alma.

Pero ¿qué acontece cuando no se profesa creencia alguna en el alma? ¿Qué queda entonces? Nada. Por esta razón, el ideal ascético llevado hasta sus últimas consecuencias desemboca en el nihilismo. De hecho, ambos términos resultan prácticamente sinónimos: el idealismo ascético es nihilismo. Esta es la razón por la que Nietzsche afirma que el cristianismo constituye una religión nihilista, por extraño que ello pueda parecer a primera vista. ¿Cómo podría considerarse nihilista una religión que versa sobre Dios, el alma, el cielo y la práctica del bien hacia los demás? Precisamente a través del ideal ascético. Y lo más grave es que, aunque Dios haya muerto, el ideal ascético permanece muy vivo: ha encontrado refugio en la ciencia.

La tendencia nihilista del ser humano ha hallado una nueva vía de expresión: ha migrado de la religión a la ciencia. La muerte de Dios no significó la extinción del ideal ascético, sino únicamente que este se tornó más insidioso y menos explícito. La ciencia moderna, adviértase bien, constituye a menudo el mejor aliado del ideal ascético, precisamente porque es el aliado más inconsciente, más automático, más secreto y más subterráneo que existe. No ha habido ni un solo instante de victoria de la ciencia sobre el ideal ascético; por el contrario, este se ha visto fortalecido: se ha vuelto más elusivo, más abstracto, más insidioso. La corriente nihilista se oculta ahora bajo abstracciones y razonamientos lógicos. El ideal ascético adopta la forma de fórmulas y ecuaciones, cubriéndose con la máscara de la objetividad.

En la misa católica, antes de la comunión, los fieles repiten una frase del Evangelio según san Mateo que comienza de la siguiente manera:

«Señor, no soy digno de que Tú entres bajo mi techo; no soy digno.»

Esto constituye precisamente la manifestación del ideal ascético en acto: el ideal ascético es aquello mediante lo cual el ser humano se menosprecia y se declara indigno. En la ciencia moderna no existe una frase o un libro sagrado equivalente; sin embargo, está la imagen obtenida por el telescopio Webb , que supuestamente nos recuerda que somos insignificantes motas de polvo en el gran océano cósmico. Nuestro lugar en el universo no reviste singularidad alguna: somos solo una mota de polvo. Nuestro linaje no es especial: solo un conjunto de animales. Nuestra mente tampoco lo es: solo un conjunto de sesgos y racionalizaciones.

El lenguaje, la inteligencia artificial y otra pérdida de singularidad

¿Reviste nuestro lenguaje algún carácter de singularidad? Cuando se publique el presente artículo, resultará aún prematuro determinar con exactitud la dirección que adoptará la inteligencia artificial y los efectos que producirá sobre nosotros. No obstante, la aparición de los grandes modelos de lenguaje como ChatGPT,Claude, Grok, ya permite vislumbrar la orientación probable del desarrollo futuro. Progresivamente, resultará cada vez más difícil distinguir un texto redactado por un ser humano de otro generado por inteligencia artificial.

Por el momento, la literatura parece mantenerse a resguardo. Los grandes modelos de lenguaje son, por su propia naturaleza, incapaces de verdadera innovación, que constituye la marca distintiva de la creación artística genuina. ChatGPT,Claude, GROK, solo puede imitar; no puede crear. Podría, sin duda, elaborar un párrafo al estilo de Dostoievski, pero fue entrenado con textos de Dostoievski: no puede generar genio artístico ex nihilo, como sí son capaces de hacerlo los seres humanos. No obstante, es capaz de realizar un trabajo suficientemente satisfactorio para la inmensa mayoría de los textos que los seres humanos necesitan y utilizan, y este es el aspecto que reviste mayor interés.

Puede solicitarse a ChatGPT o las otras plataformas, la redacción de un mensaje de cumpleaños conmovedor dirigido a la madre de uno; el modelo lo elaborará de manera aceptable. Es posible que la destinataria ni siquiera advierta que el mensaje no fue escrito por su hijo. Sin embargo, tendemos a experimentar la sensación de que se pierde algo esencial: el elemento humano. La pregunta que surge es si seguiremos experimentando dicha sensación dentro de diez, veinte o cien años. ¿Acaso importa realmente si los correos electrónicos provenientes del superior jerárquico o de los colegas han sido redactados por personas o generados por inteligencia artificial?

El punto fundamental radica en que incluso nuestro lenguaje ha dejado de parecernos dotado de singularidad. Aquello que considerábamos una característica exclusivamente humana —la capacidad de comunicar ideas complejas mediante el lenguaje— ha dejado de serlo en la misma medida. Si un modelo de lenguaje adecuadamente entrenado puede replicarlo hasta el punto de volverlo prácticamente indistinguible, la inteligencia artificial —o, más precisamente, los grandes modelos de lenguaje como ChatGPT,Claude, GROK— parece haber sustraído otra dimensión de la humanidad.

En palabras de Nietzsche, ha continuado el patrón de la ciencia que “Se propone disuadir al hombre de su opinión actual sobre sí mismo, como si dicha opinión no fuera más que una extraña manifestación de presunción”.

La ciencia toma algo que considerábamos valioso y singular —nuestro lugar en el universo, nuestra creación a imagen de Dios, el poder de nuestra razón, la complejidad de nuestro lenguaje— y afirma: en realidad, no reviste singularidad alguna. Ustedes no son especiales.

La contramovida de Nietzsche: la revaluación y el eterno retorno

Se trata del ideal ascético; se trata de un nihilismo bajo una nueva forma sofisticada. Difícilmente cabe imaginar que el futuro de la inteligencia artificial siga una dirección distinta de la consistente en disuadir al ser humano de su opinión actual sobre sí mismo. De hecho, ¿conservamos aún esa elevada opinión de nosotros mismos que Nietzsche atribuye a la humanidad, o ya nos la hemos quitado nosotros mismos?

El proyecto filosófico de Nietzsche consistió en devolver a la humanidad al centro del universo —no en sentido físico, lo cual resulta imposible después de Copérnico y del telescopio Webb—, sino en sentido filosófico. Si el ser humano no puede ser importante desde el punto de vista físico, biológico, cognitivo o lingüístico, al menos puede serlo desde el punto de vista filosófico. Nietzsche afirma que la humanidad es especial, después de todo. Cada vida humana es especial.

Frente al avance incesante de este nihilismo, Nietzsche restituye a la humanidad el control de su propio destino y propone un modo de existencia que renuncia a menospreciarse a sí misma y a su propio valor. La prueba definitiva de esta actitud es el eterno retorno: ¿vive uno su vida de tal manera que pueda decirse con entera honestidad: «Quiero volver a vivir esta misma vida, exactamente tal como es y será, una y otra vez, por toda la eternidad»?

En cierto sentido, se trata de la pregunta más anticientífica que quepa formular; pero tal vez sea también la pregunta más importante y la única que verdaderamente importa, si es que nada más importa.