Cuenta la leyenda – en la historia monárquica de España – que cuando Ramiro II de Aragón, apodado “El Monje”, asumió el liderazgo de la corona tras la muerte de su hermano Alfonso I – quien no tuvo descendencia -, pidió concejo a un abad de un convento en el que había vivido recluido muchos años, para saber qué decisión tomar con la nobleza de la época que lo veía como débil e incapaz de tomar las armas para proteger el reinado de posibles invasiones.
Una vez que el mensajero llegó al monasterio, el diligenciero fue llevado por su máxima autoridad a un campo de coles y con una hoz, el presbítero cortó las cabezas de un solo golpe a las hortalizas. No hubo nada más que decir. El mensajero retornó con el consejo y le contó al Rey lo que había visto.
De inmediato, Ramiro II convocó uno a uno a los nobles rebeldes a sus aposentos; y cuando ya hubo ejecutado la orden con la gran mayoría de los inconformes, el Rey invitó a los sobrantes nobles a una reunión bajo la campana de Huesca. Grande fue la sorpresa, pánico y asco de los nobles al ver por los suelos, un montón de cabezas decapitadas de aquellos que osaron contradecir al Rey. Todos agacharon cabezas y pidieron perdón a su majestad. Prometieron lealtad y así evitaron tamaño castigo.
Este episodio político fue inmortalizado por el pintor José Casado del Alisal en 1880 en una obra de un tamaño enorme por sus dimensiones: 4,74 metros de largo por 3,56 de alto. Imponente. Hoy se luce en el Salón de los Pasos perdidos del Palacio del Senado de España.
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Esta violencia política reflejada en una obra pictórica cobra fuerza en estos contextos tan volátiles y caóticos donde las sociedades buscan y demandan a sus gobernantes mano dura contra los “díscolos” para retomar el control de un país, bajo un anhelo de vivir tiempos de paz social, sin importar el coste que implique este reordenamiento.
Creemos que la violencia – más fuerte y descerrajada, por supuesto – es la solución a todos los problemas. En términos de ciencia política se llama totalitarismo. Un sistema que aplasta cualquier derecho humano con tal de prometer orden y que muchas de las veces están arropadas por un grupo de elite privilegiada que encuentra en esos gobiernos desaforados, una infinidad de beneficios económicos. Trump y sus tecnócratas altamente peligrosos. Bukele y sus cárceles corporativas; Netanyahu y sus brutales ataques en el oriente medio y otra recua de matones petisos que pasarán a la historia como lo que son: unos mafiosos y asesinos.
Para los historiadores el cuadro representa el triunfo del poder monárquico centralizado sobre la descentralización feudal, cuyo poder fáctico y económico, pone en riesgo la monarquía. Simboliza el hecho de que quien osa desafiar al Estado o al líder de turno, pagará con su cabeza su sedición.
La matanza de nobles de la leyenda de la Campana de Huesca frente a nuestra actual enrevesada política nacional es una parábola con inquietantes paralelismos, a pesar de haber ocurrido hace más de ocho siglos y en otro continente.
Tras 53 días de bloqueos radicalizados por un grupo cuasi delincuencial, la justicia ya inició investigaciones y procederá, como debería ser, con los juicios y, seguramente, con las condenas que, en derecho, deben ejecutarse a rajatabla. Firmeza en derecho y con derecho.
Los bolivianos – por lo menos aquellos que no compartimos prácticas inconstitucionales e ilegales azuzadas por violentos – estamos atentos a estas aprehensiones y enjuiciamientos, ya que deberían ser un antes y un después que permita erradicar de cuajo, la cultura de los bloqueos.
Los discursos de odio, de todos lados, sólo provocan que, de manera irracional, se promueva y defienda la posibilidad de que se aplique esos descabezamientos de todas las “coles podridas” de un solo golpe y se califique a quienes están en desacuerdo con esa medida extrema, como traidores o débiles.
Nadie, en su sano juicio, defiende a estos delincuentes que durante más de 20 años judicializaron la política y persiguieron a cristianos y a moros. Su debido proceso debe ser realizado con tal pulcritud que sea un hito histórico político, legal y social, para que nadie pueda observarlos o, peor aún, intente “torcerlos” para justificar nuevos bloqueos o una victimización inexistente.
La justicia tiene la posibilidad de saldar una deuda histórica frente a quienes hicieron del bloqueo una práctica inhumana e intentaron – todavía lo hacen – justificarla por todos los medios. No es la hoz la que debe primar, sino el pleno derecho. Debemos marcar un hito político en Bolivia. Llevarlos a la justicia y procesarlos. De lo contrario, estaremos en manos de esos seis fornidos bajo el poder del Rey que arrastraban a cada noble apresado y atolondrado a un lúgubre sótano, donde, sin tiempo a encomendarse, pasaban a mejor vida, al rodar su cabeza por los suelos. Es la justicia o la barbarie de la guadaña.
