En el Paraíso de Satán y Evo


Álvaro Riveros Tejada

 



Como si nada hubiese sacudido las bases: económica, política y  social de nuestra patria, los cincuenta días de un bloqueo criminal, protagonizado por algunos dirigentes de la Central Obrera Boliviana (COB); la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) y la Federación de Cocaleros del Chapare, oficiando de “Hada Madrina” de este perverso asedio. Hoy alzan su voz de protesta contra las medidas que les han sido impuestas por la justicia.

A lo largo de esos cincuenta días del brutal sitio, los llamados “pachamamistas”, enarbolando la “Wiphala”, como pendón  de guerra, revelaron palmariamente que en los veinte años que detentaron el poder del Estado Plurinacional y Multiétnico, al margen de timar, saquear y despilfarrar nuestros recursos, sólo se dedicaron a reformular el poder, borrando símbolos previos, catalogados como neoliberales o coloniales, tales como el uso de la corbata e imponer la obligación de utilizar el apelativo de “hermano” para refundar la identidad estatal.

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La demagogia racial manipuló el término “hermano” para dividir en lugar de unir. El poder inventó una fraternidad selectiva basada en el origen étnico. Quien disiente pierde su condición de “hermano” y es transformado en el enemigo dinástico a excluir. La raza se vuelve el arma de Caín, disfrazada de justicia social.

Al imponer esa fraternidad obligatoria, la demagogia política masista transformó  un lazo sagrado en un instrumento de control, ocultando la exclusión real, bajo un falso manto de igualdad. Es ahí, cuando el mito bíblico de Caín reaparece y cuando el lenguaje sagrado es hábilmente usado, para purgar la disidencia.

Es entonces, cuando ese mito bíblico de Caín y Abel, que late en el corazón de cada discordia familiar, no es solo un relato antiguo; es el arquetipo de la herida fraterna. Allí nacen la sombra de la envidia, el peso del favor selectivo y ese silencio condensado que precede a la ruptura definitiva entre hermanos.

A la luz de lo expuesto, es fácil colegir cuánto la sociedad boliviana ha cambiado después de las dos décadas de gobierno del movimiento al socialismo sofisticado del Siglo XXI, que ni su creador alemán, Heinz Drietich creyó en él y menos cuando los foristas de São Paulo se negaron a cancelar sus derechos de autor. Por supuesto, Carlos Marrx lo habría negado más de tres veces, delegando quizás, la autoría de su doctrina a los nunca olvidados “Hermanos Marx”.

En lo que a los bolivianos compete, esa irrepetible experiencia pasada nos debe llevar a  reconstruir lo aviesamente reformado, como: nuestra amada República de Bolivia; nuestros venerados símbolos patrios; una institucionalidad civilizada y enmarcada en una Constitución Política del Estado, como la que nos legaron los padres de la Patria. Suficiente premonición patriótica, para no recaer en el Paraíso de Satán y Evo.