Hace unas semanas vi a un adolescente caminando por un centro comercial mientras transmitía en vivo para sus seguidores. No hablaba con nadie que estuviera físicamente a su lado. Conversaba con una pantalla. Comentaba qué iba a almorzar, qué zapatos pensaba comprarse, qué música sonaba en el local y hasta la discusión que acababa de tener con su corteja. Cientos de desconocidos asistían, en tiempo real, a una intimidad que antes habría quedado reservada para un amigo o, con suerte, para el diario personal.
No me escandalizó el muchacho. Me intrigó otra cosa: en ningún momento pareció sentir vergüenza.
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Y entonces me pregunté si no estaremos asistiendo, sin demasiada conciencia, a la desaparición de una de las emociones más antiguas de la vida en sociedad.
La vergüenza tiene mala prensa. Solemos confundirla con la timidez, la inseguridad o el complejo de inferioridad. Pero son cosas distintas. La vergüenza cumplió durante siglos una función civilizatoria: avisarnos de cuándo habíamos cruzado una línea. Era un pequeño semáforo moral. Nos hacía bajar la voz, pedir disculpas, reconocer un error o evitar un ridículo innecesario. No era una cárcel; era un sistema de alarma.
Los antropólogos distinguen incluso entre las “culturas de la culpa” y las “culturas de la vergüenza”. En las primeras, el comportamiento está regulado por la conciencia individual; en las segundas, por la mirada de los demás. Ninguna es perfecta, pero ambas entendían algo elemental: vivir en comunidad exige ciertos frenos. El problema es que hoy pareciera que estamos perdiendo los dos al mismo tiempo.
Las redes sociales aceleraron ese proceso. La exhibición dejó de ser una excepción. Se volvió una aspiración. Antes había cosas que uno prefería ocultar. Hoy muchas se monetizan. Hay parejas que transmiten sus peleas, familias que convierten el duelo en contenido, personas que lloran frente a una cámara mientras esperan que aparezcan corazones en la pantalla. La intimidad ya no se protege: se administra como estrategia de audiencia.
Lo curioso es que cuanto más extrema resulta la exposición, mayor suele ser la recompensa. El algoritmo no distingue entre el talento y el bochorno. Premia la atención. Y pocas cosas generan más atención que alguien dispuesto a perder la vergüenza en público.
Lo paradójico es que la vergüenza no desapareció. Solo cambió de domicilio. Ya casi nadie siente vergüenza de exhibir su intimidad, pero millones la sienten por quedarse fuera de una tendencia, por no acumular seguidores o por publicar algo que pase inadvertido. La emoción sigue ahí; simplemente cambió de objeto.
La política, por supuesto, tampoco escapó a esa lógica. Hasta hace poco, descubrir una mentira importante podía poner fin a una carrera. Hoy basta con negar la evidencia, culpar a un adversario, publicar un video ingenioso y esperar al siguiente escándalo. La indignación dura menos que una historia de Instagram. La vergüenza perdió capacidad de castigo.
Quizás por eso abundan personajes que dicen cualquier cosa con una seguridad admirable. No porque tengan razón, sino porque ya no conocen el rubor. El sonrojo parece una especie en peligro de extinción.
El filósofo alemán Max Scheler afirmaba que la vergüenza protege el núcleo más íntimo de la persona. No es solo un límite; es un resguardo de la dignidad. Cuando desaparece, no ganamos libertad. A veces simplemente perdemos el pudor de convertirnos en espectáculo.
No propongo volver a una sociedad reprimida, donde todo escandalizaba y cualquier diferencia se castigaba. Bastante daño hizo esa moral de cortinas cerradas. Pero tampoco parece una conquista vivir en una época en la que nada incomoda, nada sonroja y todo puede exhibirse con tal de conseguir un puñado de reproducciones.
Una sociedad no empieza a deteriorarse cuando deja de distinguir entre el bien y el mal. Empieza antes. El día en que deja de ponerse colorada.
Alfonso Cortez
Desde mi barbecho
