Ocho meses después del inicio del gobierno del presidente Rodrigo Paz, una parte importante de la ciudadanía y diversos analistas coinciden en una percepción preocupante: todavía no se identifica con claridad cuál es el rumbo político, económico e institucional que orienta al país.
Gobernar no consiste únicamente en administrar las urgencias cotidianas. Gobernar significa conducir una nación hacia un horizonte compartido, generar confianza y ofrecer certidumbre. Cuando ese horizonte no es visible, la incertidumbre se convierte en el principal obstáculo para la inversión, la producción y la esperanza de la población.
Las movilizaciones y la crisis vividas entre mayo y junio dejaron una lección evidente: el desafío del Gobierno no es únicamente construir un nuevo discurso, sino reconstruir su representación política y restablecer la interlocución con los sectores sociales que se alejaron. Sin puentes de diálogo permanentes, cualquier avance económico será frágil.
Existe también un desafío de liderazgo. La ciudadanía necesita percibir una conducción firme, coherente y previsible. La comunicación gubernamental solo será efectiva cuando exprese una visión de país claramente definida. No basta con informar decisiones; es indispensable transmitir un propósito nacional que convoque y movilice.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Por ello, el Gobierno podría asumir una hoja de ruta basada en siete prioridades.
Primero, definir públicamente un Proyecto Nacional con objetivos medibles para los próximos cinco años.
Segundo, consolidar la estabilidad económica mediante disciplina fiscal, seguridad jurídica e incentivos a la inversión privada, nacional y extranjera.
Tercero, establecer un diálogo institucional permanente con empresarios, trabajadores, universidades, gobiernos subnacionales y organizaciones de la sociedad civil, no solo en momentos de conflicto.
Cuarto, impulsar una profunda reforma del Estado que reduzca la burocracia, simplifique trámites y combata frontalmente la corrupción.
Quinto, convertir la educación, la innovación y la formación técnica en la principal política de desarrollo del país.
Sexto, fortalecer la institucionalidad democrática, garantizando independencia de poderes, transparencia y respeto irrestricto al Estado de derecho.
Y séptimo, promover un gran Pacto Nacional por la Producción, el Empleo y la Unidad, que trascienda las diferencias políticas y comprometa a todos los sectores con un mismo objetivo: reconstruir Bolivia.
Hoy el país necesita mucho más que anuncios. Necesita liderazgo, prioridades y dirección. Necesita que el Gobierno inspire confianza con decisiones coherentes y sostenidas en el tiempo.
Todavía existe una oportunidad para corregir el rumbo. Los bolivianos no esperan un gobierno perfecto; esperan un gobierno que sepa hacia dónde conduce al país y tenga la capacidad de convocar a todos para recorrer ese camino.
La historia demuestra que las grandes transformaciones comienzan cuando un gobierno logra convertir una visión en un proyecto compartido por la sociedad. Ese es, probablemente, el mayor desafío del presidente Rodrigo Paz en esta etapa de su mandato. El tiempo para definir el rumbo no se ha agotado, pero la oportunidad no será indefinida.
Esta propuesta no pretende ser una verdad absoluta ni un programa acabado de gobierno. Es una contribución ciudadana nacida de la profunda preocupación por el presente y el futuro de Bolivia. En tiempos de incertidumbre, las naciones avanzan cuando quienes ejercen el poder saben escuchar, y cuando la sociedad asume también la responsabilidad de proponer. Ojalá estas reflexiones sean consideradas por el presidente Rodrigo Paz y su equipo como un aporte constructivo para fortalecer el rumbo del país. Bolivia necesita menos confrontación y más visión de futuro; menos improvisación y más liderazgo; menos intereses sectoriales y más compromiso con el bien común.
Fernando Crespo Lijerón
