Arguedas y Rodó: el patólogo y el pedagogo


Emilio Martínez Cardona

El intercambio epistolar entre los ensayistas Alcides Arguedas y José Enrique Rodó es uno de los más relevantes en la historia cultural de América Latina, representando el diálogo entre dos formas distintas de interpretar la realidad continental, que aún hoy resuenan en los problemas actuales.



A diferencia del caso de Ramiro de Maeztu, autor español que escribió la Carta-Prólogo para las dos primeras ediciones de “Pueblo enfermo” (1909 y 1910), el contacto con Rodó fue inicialmente privado. Después de la publicación de la primera edición, Arguedas envió su obra a varios de los intelectuales más destacados de la época en busca de su opinión. Rodó, ya reconocido como el “maestro de las juventudes” gracias a su obra “Ariel”, le respondió con una carta confidencial de 1909.

Arguedas valoró tanto las palabras del ensayista uruguayo que, décadas después, sumido en el pesimismo tras la Guerra del Chaco, rescató fragmentos de esa carta y los incluyó en la “Advertencia” o Prólogo de la tercera edición (1937) de “Pueblo enfermo”, procurando contrastar su enfoque con el de Rodó. No hay registros de encuentros en persona entre ellos; su vínculo fue principalmente por correspondencia, mediado por el respeto intelectual y el intercambio de libros desde centros culturales europeos y rioplatenses.

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El núcleo del comentario de Rodó sobre “Pueblo enfermo” radica en una famosa reformulación conceptual. Rodó elogia la valentía analítica de Arguedas, pero le discute amablemente su diagnóstico clínico. En su carta, Rodó le escribe: “Los males que usted señala con tan valiente sinceridad y tan firme razonamiento no son exclusivos de Bolivia; en su mayor parte, y en más o menos grado, son males hispanoamericanos: debemos considerarlos como transitorios y luchar contra ellos con esperanza y fe en el futuro. Usted titula su libro ‘Pueblo enfermo’. Yo lo titularía ‘Pueblo niño’. Es un concepto más amplio y justo quizás…”.

Rodó quita a Bolivia el estigma de ser una excepción trágica, argumentando que los vicios coloniales, el caudillismo y la falta de cultura institucional son fallas de toda América Latina. Mientras Arguedas emplea la medicina social y asume que el cuerpo colectivo sufre de una enfermedad o degeneración, Rodó prefiere una metáfora de evolución o desarrollo. Un “pueblo niño” no está lisiado orgánicamente; sólo está en una fase temprana de formación, en la que necesita educación y tiempo para madurar.

A pesar de sus diferencias de tono, ambos compartían preocupaciones: cuestionaban a las élites de sus respectivos países y lamentaban la falta de ideales elevados en política, así como la ignorancia de las masas populares. Tanto Arguedas como Rodó se veían a sí mismos como guías morales y referentes críticos de sus naciones. Creían firmemente que el diagnóstico de la sociedad debía surgir de las mentes ilustradas.

Arguedas no era ajeno al llamado a la excelencia espiritual, al “arielismo” de Rodó, aunque sus conclusiones diferían. Mientras Arguedas utilizaba el bisturí del patólogo, diseccionando lo que consideraba un organismo social dañado por factores étnicos y geográficos, Rodó actuaba como el pedagogo de la educación humanista y estética para América Latina, convencido de que la “enfermedad” era sólo una crisis de crecimiento.