Otra vez en el Azteca


​Producto del exilio nos tocó vivir en México, desde 1974 hasta inicios de 1987, veníamos procedentes del Chile allendista, ahí llegué luego de casi un año en prisión en Bolivia.

Toda la vida he sido hincha del fútbol, soy del Tigre, en las buenas y en las malas, aunque debo admitir que con mi equipo más son las malas que las buenas, pues perdemos con mucha frecuencia. Pero, aunque perdamos, no decae nuestra moral y siempre sabemos que la vida da revanchas, es que el fútbol y cualquier deporte enseñan a ganar y perder.



Los stronguistas gozamos el doble, mucho más que otros, cuando ganamos, pues nos cuesta un riñón hacerlo. No importa que nuestros goles sean de rodillazo, de suerte o de carambola, pero que sean goles. Dejamos el jogo bonito para los brasileros, pero no para los dirigidos por Ancelotti, que siendo europeo no entendió que el fútbol para los brasileros es diversión, al estilo Ronaldinho, alegría y no esquemas fríos y sin alma, y por no saberlo así les fue en este mundial.

En Chile he gozado muchos juegos del Colo Colo, en la ahora Libertadores de América, con grandes partidos del Pato Cazelly, ese que nunca le dio la mano a Pinochet. En ese Santiago, un amigo me colocó, en el comedor del departamento donde vivía, una antena de varios metros para que oyera radios bolivianas; no para saber cuándo caía Banzer, sino para oír los partidos de mi Tigre.

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​Llegué exiliado a México un 20 de noviembre de 1973, día de la Revolución Mexicana. Trabajé poco tiempo en la UNAM, pero como no éramos chilenos, el gobierno mexicano nos dijo que debíamos dejar el país, así lo hicimos con mi esposa Martha y mi hijita Gabriela.

Fuimos a parar a Toronto, en Canadá, ahí estuvimos unos nueve meses. Trabajamos de todo. Yo lavaba platos en un hotel, Martha tendía camas en otro. Aprendimos que cuando se tienen manos a los hijos nunca les faltará nada. No pude ver en la tele el Mundial del 74 porque solo pasaban hockey sobre patines. En ese entonces los canadienses sabían poco de fútbol, tanto es así que los domingos, con un grupo de exiliados chilenos del edificio donde vivíamos, íbamos a una cancha de fútbol y desafiábamos a los canadienses. Apostábamos una cantidad de dólares y como eran unos troncos siempre les ganábamos.

Con el dinero conseguido con el sudor de nuestros pies comprábamos carne y hacíamos una parrillada para los exiliados chilenos del edificio. Hoy ni locos les apostaríamos a los canadienses que han mejorado mucho. Quizás tendríamos que apostarles al cacho.

​Retornamos a México. Volví a enseñar en la UNAM, por eso me volví hincha de los Pumas. Tiempos gloriosos de ese equipo entrenado por Bora Milutinovic, con una delantera de lujo con Tuca Ferreti, Muñante, Cabinho y Hugo Sánchez. Este, en un partido, le hizo dos goles de chilena a La Volpe y le quitó lo presuntuoso a ese arquero argentino, que en esa época todavía cargaba la soberbia futbolera de algunos gauchos.

“Gracias” al terrorismo de Pablo Escobar no se hizo el Mundial de 1986 en Colombia y el terrible terremoto de 1985, en el Distrito Federal, puso en duda la sede mexicana, pero, gracias a Dios se realizó el Mundial en México. En 1985, antes del terremoto, algunos familiares de Bolivia me encargaron que les comprara abonos. Así lo hice, pero post temblor les dio miedo venir a México.

En ese Mundial asistimos a 13 partidos jugados en el DF. Lo hice con mi esposa Martha, mis hijos Gabriela y Ricardo, acompañados de algunos amigos. Unas veces en el estadio de CU y las más de ellas en el Azteca, incluidas inauguración y clausura.

En el estadio de CU Argentina ganó a Corea en un día en que se cayó el cielo en una tormenta de grandes dimensiones. En el Azteca pudimos ver el gol de media chilena del mexicano Negrete, celebrado a gritos por los mexicanos acompañados por la barra de la chiquitibum a la bim bum bam.

Desde entonces los mexicanos tienen la maldición de no pasar del quinto partido, como les sucedió también en este Mundial.Pero lo grandioso del 86 es que vimos el gol con la mano de Dios de Maradona y, más grande aún, el gol del siglo del mismo jugador, que desde el medio del campo les quebró la cintura a más de cinco ingleses. Mi memoria nunca olvidará que vio ese prodigio de gol.

En los mundiales siempre le voy a la Argentina, así como mi hijo Ricardo. En la final los gauchos iban ganando 2 a 0 a los alemanes. Por ese score muchos mexicanos aplaudían a la Argentina, pero cuando vino el descuento alemán, muchos mexicanos batieron palmas en favor de los alemanes.

Con el 2 a 2 todo el estadio gritaba «Deutschland Deutschland». Es que en México los gauchos no son muy apreciados. Pero con el 3 a 2, la Copa Mundial se quedó en la Argentina, con Maradona como su estandarte.

​Con todos esos recuerdos y emociones en la cabeza, 40 años después volví al Azteca. Lo hice otra vez con mi hija Gabriela y ahora con mi yerno inglés David y mis nietos ingleses Luciana y Sebastián. Fuimos a ver México Vs. Inglaterra.

En el 86, los mexicanos apalearon a los Hooligans antes de entrar al Azteca, la policía cubrió a los agresores para que “ablanden” a su gusto a los ingleses que entraron ensangrentados al estadio. Con ese temor fuimos al estadio. Mi hija con camiseta mexicana y los ingleses con la polera blanca de su país. Daba miedo ir al estadio, pero lo hicimos.

En previsión, para la salida, mis nietos llevaban bajo la camiseta inglesa la de México. En el trayecto todo era fiesta. Los mexicanos tenían un equipo que ganó cuatro partidos sin que les hagan gol, con el antecedente de un gran partido con Ecuador, al cual lo borraron de la cancha.

Y como siempre, las falsedades de Televisa que los apuntaba como candidatos a ser campeones del mundo.

El estadio era una fiesta completa, imponente, miles de miles de mexicanos cantaban las canciones del Tri, de Maná, de Juan Gabriel, de los Ángeles Azules y hasta las de los Beatles. Fueron como cuatro horas de concierto previo al partido.

A mi pobre yerno le gritaban pinche Harry Potter, chinga tu madre. No lo bajaban de «culeros y de putos» a los ingleses. En el estadio, los mexicanos beben litros de litros de cerveza, así que, al momento de los goles, entre borrachera y rabia, bañaron con cerveza a mis inglesitos. México repitió su maldición de no pasar del quinto partido, Inglaterra fue mejor equipo, más técnico, más solvente.

El DT Aguirre, en su desesperación sacó a Quiñones y creyó que había que tirar centros y centros al área, sin darse cuenta de la estatura y de la solvencia inglesa por el aire. Yo tuve que morigerar la alegría y los gritos de gol de mis inglesitos para evitar que los “madreen”.

Unos buenos hinchas mexicanos les aconaron que para salir cubriendo con sus chamarras las camisetas inglesas, se pusieron la mexicana. Si la entrada al estadio fue fiesta, la salida fue velorio.

​Yo, mis hijos Gabriela, Ricardo y mi esposa Martha nunca olvidaremos el 86 en el Azteca. Ahora, mi yerno y mis nietos Luciana y Sebastián no olvidarán nunca el Azteca del 2026, con la alegría adicional que su país le ganó a un México que sabe convertir en fiesta grandiosa los mundiales de fútbol.

​Yo por mi parte, como Neruda, confieso que he vivido y agradezco a mis nietos ya mi yerno la invitación de llevarme al Azteca.

Carlos Toranzo es economista.