El FMI no es el problema; el problema es Bolivia


Una lectura desde la teoría de la máquina económica heterogénea

 



Cada vez que Bolivia enfrenta una crisis económica reaparece el mismo debate. Unos sostienen que un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional constituye una pérdida de soberanía; otros lo presentan como la única salida posible. Ambas posiciones parten de una misma premisa equivocada: consideran que el FMI es el centro del problema.  No lo es.

La verdadera pregunta no debería ser si Bolivia debe o no acudir al Fondo Monetario Internacional. La pregunta decisiva es otra: ¿por qué Bolivia llega periódicamente a necesitar al FMI?

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Desde la década de 1950, el país ha firmado más de una docena de acuerdos con ese organismo bajo distintas modalidades. Han pasado gobiernos nacionalistas, militares, democráticos, liberales, populistas y socialistas. Han cambiado las constituciones, los discursos, los partidos y los modelos económicos. Sin embargo, una constante permanece: cuando la economía entra en una crisis profunda, Bolivia vuelve a recurrir al mismo prestamista internacional.

Este hecho histórico obliga a modificar el enfoque del debate.

La explicación convencional sostiene que el país llega al FMI porque acumula déficit fiscal, pierde reservas internacionales, aumenta su endeudamiento y deja de acceder al financiamiento externo. Todo ello es correcto, pero insuficiente. Esas variables describen los efectos visibles de la crisis, no las razones por las cuales la crisis reaparece una y otra vez.

La primera causa se encuentra en la persistencia de un Estado fallido. Desde la fundación de la República, Bolivia no ha logrado construir instituciones capaces de garantizar continuidad en las políticas públicas, disciplina fiscal, seguridad jurídica y reglas estables para la inversión. Cada gobierno pretende refundar el país; las instituciones, entretanto, permanecen débiles.

La segunda causa reside en la heterogeneidad estructural de la economía boliviana. Nuestro país no está organizado por una sola lógica económica. Conviven una economía capitalista basada en la competencia, una economía estatal estructurada alrededor de la redistribución política y una economía de rivalidad que responde a formas históricas propias de organización social. Estas racionalidades no se integran armónicamente; interactúan mediante fricciones permanentes que reducen la productividad, dificultan la coordinación económica y limitan la capacidad de generar crecimiento sostenido.

La tercera causa corresponde a la reiteración de gobiernos populistas de distribución discrecional. Durante los períodos de bonanza, el excedente extraordinario no se transforma en capacidad productiva permanente. Se privilegia la expansión del gasto corriente, el subsidio político y la distribución de rentas. Cuando desaparecen los ingresos excepcionales, reaparecen el déficit fiscal, la escasez de divisas y el endeudamiento.

La cuarta causa consiste en la ausencia de un modelo económico construido desde la estructura real de Bolivia. Durante décadas se han importado teorías y programas elaborados para otras sociedades, sin comprender el funcionamiento específico de la máquina económica boliviana. Las políticas económicas han tratado los síntomas inmediatos, pero rara vez han intervenido sobre las estructuras que los producen.

Ésta es, precisamente, la limitación del debate nacional. Se discute el déficit, el tipo de cambio o la inflación, pero no la arquitectura institucional y económica que reproduce periódicamente esos mismos desequilibrios.

Desde esta perspectiva, el Fondo Monetario Internacional adquiere un significado completamente distinto.

El FMI no constituye la causa de la crisis boliviana; constituye el síntoma de un problema mucho más profundo. Su presencia recurrente revela el fracaso acumulado de un Estado incapaz de construir una economía estable y autosostenida. Cuando un país recurre durante más de siete décadas, una y otra vez, al mismo prestamista internacional para resolver crisis similares, el verdadero problema ya no reside en el organismo financiero. Reside en la estructura política, institucional y económica que reproduce cíclicamente los mismos desequilibrios. El FMI cambia de programas; Bolivia repite la misma crisis.

Éste es el verdadero desplazamiento conceptual que necesita el debate económico. El Fondo no debe ser analizado como el origen de las dificultades nacionales, sino como un indicador histórico de que la máquina económica boliviana ha vuelto a entrar en una fase de desequilibrio. Así como un médico no confunde el termómetro con la enfermedad, tampoco un análisis serio debería confundir al organismo financiero con las causas estructurales de la crisis.

Por ello, la discusión no debería reducirse a decidir si conviene o no firmar un acuerdo con el FMI. Esa decisión pertenece al terreno de la coyuntura. La cuestión estratégica consiste en construir un Estado funcional, comprender la heterogeneidad estructural de la economía boliviana y diseñar un modelo de desarrollo coherente con esa realidad. Mientras ello no ocurra, Bolivia seguirá cambiando gobiernos, discursos y programas económicos, pero continuará regresando, periódicamente, al mismo punto de partida.

La historia demuestra que los países no superan sus crisis porque rechazan o aceptan al FMI. Las superan cuando corrigen las estructuras que hacen necesario recurrir a él. El día en que Bolivia deje de necesitar periódicamente al Fondo Monetario Internacional no será porque haya vencido al FMI, sino porque habrá logrado vencer sus propias debilidades estructurales. Voir moins