Toda sociedad puede tolerar durante algún tiempo la pobreza, la incertidumbre económica o incluso la confrontación política. Lo que ninguna nación puede soportar indefinidamente es la pérdida progresiva de su capacidad para proteger la vida de sus ciudadanos. Cuando las personas dejan de sentirse seguras en sus hogares, en las calles o en las carreteras, no estamos únicamente frente a una crisis de seguridad: estamos frente a una crisis de civilización.
La teoría clásica del contrato social, desarrollada por pensadores como Hobbes y Locke, sostiene que los ciudadanos renuncian a una parte de su libertad para que el Estado garantice aquello que individualmente no pueden asegurar: la protección de la vida, la integridad física y el ejercicio de sus derechos. Esa es la razón fundamental por la cual existe el Estado.
Sin embargo, la realidad boliviana parece recorrer el camino inverso.
Los feminicidios, infanticidios, la violencia intrafamiliar, la delincuencia creciente, las elevadas cifras de muertes por accidentes de tránsito y producto del crimen organizado no constituyen hechos aislados ni simples estadísticas. Son síntomas visibles de un deterioro mucho más profundo: el debilitamiento de las instituciones, la pérdida del respeto por la ley y la erosión progresiva de los valores que sostienen la convivencia.
Paradójicamente, Bolivia posee una abundante producción legislativa. Cada nuevo problema suele recibir como respuesta una nueva ley, una reforma normativa o el incremento de sanciones. Pero la experiencia demuestra que una ley, por sí sola, no cambia la realidad. Las normas únicamente adquieren sentido cuando existen instituciones capaces de hacerlas cumplir con independencia, profesionalismo y firmeza.
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Cuando fiscales investigan deficientemente, jueces actúan con demora o presiones, policías carecen de recursos suficientes y las víctimas enfrentan interminables obstáculos para obtener justicia, la consecuencia inevitable es la impunidad. Y la impunidad transmite el mensaje más peligroso que puede recibir una sociedad: que violar la ley tiene pocas consecuencias.
Pero reducir esta crisis exclusivamente a un problema judicial sería un error. Ningún sistema de justicia, por eficiente que sea, podrá reemplazar el papel de la familia, la escuela y la comunidad en la formación de ciudadanos responsables.
La violencia comienza mucho antes de llegar a un tribunal. Empieza cuando se normaliza el irrespeto, cuando desaparecen los límites, cuando se relativiza el valor de la vida y cuando la corrupción deja de provocar indignación para convertirse en una práctica aceptada. Allí comienza la verdadera decadencia de una sociedad.
Por ello, Bolivia necesita una estrategia nacional que vaya mucho más allá de la promulgación de nuevas leyes. Es indispensable fortalecer la independencia del sistema judicial, profesionalizar a la Policía y al Ministerio Público, modernizar los mecanismos de investigación criminal y garantizar sanciones rápidas y efectivas. Pero, al mismo tiempo, resulta imprescindible recuperar la educación en valores, fortalecer a las familias, promover la cultura de la legalidad desde la escuela y desarrollar políticas permanentes de prevención.
La seguridad no se construye únicamente con más cárceles; se construye formando mejores ciudadanos.
La verdadera reconstrucción nacional exige comprender que el problema no es únicamente institucional, sino también moral y cultural. Ningún país puede aspirar al desarrollo mientras la vida humana pierda valor y el cumplimiento de la ley dependa de la suerte, de las influencias o de la capacidad económica de las personas.
Bolivia necesita iniciar una profunda reconstrucción ética de sus instituciones y de su conciencia colectiva. Porque cuando un Estado protege eficazmente la vida, fortalece la justicia y recupera la confianza de sus ciudadanos, no solo combate el delito: recupera la esencia misma del contrato social que justifica su existencia.
La grandeza de una nación no se mide por la cantidad de leyes que aprueba, sino por la capacidad real de proteger la vida, garantizar la justicia y formar ciudadanos que comprendan que la libertad solo puede sostenerse sobre el fundamento irrenunciable de la responsabilidad y el respeto a la dignidad humana.
Fernando Crespo Lijerón
