Fernando Untoja Ch.
“Un Estado que necesita cambiar constantemente el nombre de una parte de su pueblo no está reconociendo identidades; está administrando el poder. El cambio de las palabras no es la superación del colonialismo: es, muchas veces, su forma más duradera.”
No venimos a discutir una efeméride. Venimos a denunciar una mentira de doscientos años. La historia política de Bolivia no es la historia de una emancipación. Es la historia de una sucesión de bautizos oficiales.
Desde 1825 el Estado no dejó de cambiarles el nombre a los pueblos aymara y quechua. Nunca dejó de nombrarlos. Nunca dejó de clasificarlos. Nunca dejó de administrarlos mediante categorías fabricadas por el poder.
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Primero fue el “indio”. Después el “campesino”. Hoy el “indígena originario campesino”.
Tres nombres. Un mismo Estado. Un mismo mecanismo de dominación política. No cambiaron los pueblos. Cambió el vocabulario del poder.
El llamado “Día del Indio”, creado junto con la Reforma Agraria de 1953, no fue un acto de liberación. Fue el símbolo con el que el Estado conservó la vieja categoría colonial mientras proclamaba el nacimiento de un nuevo país.
La Reforma Agraria repartió tierras. El “Día del Indio” repartió consuelo simbólico. La Reforma Agraria cambió el estatuto económico del antiguo pongo. El “Día del Indio” conservó intacto el estatuto simbólico del “indio” como categoría creada por el poder. Mientras decía liberar al “indio”, el Estado seguía necesitándolo como categoría política.
No era un homenaje. Era un bautismo oficial.
En 2009 el bautismo volvió a repetirse. Desapareció el “indio”. Apareció “lo indígena”. Se proclamó el Estado Plurinacional. Pero no desapareció el mecanismo. Desapareció una palabra. Nació otra. El colonialismo cambió de idioma. El Estado aprendió a llamarlo inclusión.
No existen pueblos llamados “indígena originario campesino”. Existen aymara. Existen quechua. Existen guaraní. Existen decenas de pueblos con nombres, historias e instituciones propias. Lo otro es una categoría política producida por el Estado. El problema nunca fueron los aymara y quechua.
El problema fue un Estado que jamás aprendió a relacionarse con ellos sin rebautizarlos. Mientras el Estado seguía inventando nombres, los aymara y quechua respondieron con hechos. Abrieron mercados. Poblaron el oriente.
Transformaron Santa Cruz. Produjeron riqueza. Construyeron país. La sociedad avanzó. El Estado siguió produciendo discursos. Hoy la palabra “indígena” cumple la misma función simbólica que cumplió el “Día del Indio” en 1953. Ayer el “indio” era el enemigo del progreso. Hoy “lo indígena” es presentado como fundamento de legitimidad política.
Ayer el prejuicio era negativo. Hoy pretende ser positivo. Pero el mecanismo sigue siendo el mismo. El poder continúa administrando identidades. El Estado continúa bautizando pueblos que nunca le pidieron un nombre. Nos negamos a seguir hablando el lenguaje del Estado fallido.
Nos negamos a aceptar las categorías con las que el poder ha organizado dos siglos de exclusión. Luchamos contra el Estado que los convirtió sucesivamente en “indios”, “campesinos” e “indígenas”.
No queremos un nuevo bautismo. No queremos nuevas etiquetas. No queremos un Estado que cambie palabras para conservar las mismas relaciones de poder. Queremos el fin de la política de los bautismos oficiales.
Queremos el fin del Estado que necesita inventar nombres para gobernar.
El día en que Bolivia deje de clasificar a sus pueblos mediante categorías heredadas del colonialismo, habrá terminado el “Día del Indio”, habrá terminado el mito de “lo indígena” y habrá comenzado, por fin, la República de ciudadanos.
