
En San Ignacio de Moxos, Beni, la memoria no se guarda en silencio. Cada año, personajes cubiertos de plumas, máscaras y trajes coloridos salen a las calles para representar una antigua historia en la que guerreros solares se enfrentan a los guardianes de los bosques y las aguas. La batalla, nacida del encuentro entre la tradición moxeña y el cristianismo, termina con una victoria que no destruye al vencido, sino que lo incorpora a una nueva fe.
Fuente: ABI
Ese es el escenario de la Ichapekene Piesta, una festividad que conserva en sus danzas, personajes y rituales parte de la memoria del pueblo moxeño. Y en ABI presentamos la singularidad de esta expresión cultural a partir de información oficial, como parte de la serie dedicada a los patrimonios de Bolivia por el aniversario patrio.
Los festejos comienzan en mayo con fuegos artificiales, cantos y alabanzas, y continúan en junio, julio y agosto con misas, velatorios, donaciones y banquetes, y las calles se convierten en el espacio donde aquella memoria oral cobra vida.
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Pero la historia que sostiene la celebración tiene el aire de aquellas grandes narraciones de La Odisea, donde viajes, enfrentamientos y personajes sobrenaturales se entrelazan en el camino hacia una victoria. En San Ignacio de Moxos, ese relato se remonta a la época de las misiones jesuíticas y a la llegada de San Ignacio de Loyola a la Amazonía boliviana.

La tradición moxeña reinterpretó la historia cristiana desde su propia cosmovisión y convirtió a los espíritus de la naturaleza en protagonistas de una narración que todavía se representa.
En el centro aparece la Bandera Santa, símbolo que, según la tradición, fue arrebatado por los Jichis, espíritus vinculados a los bosques y las aguas y considerados sus antiguos dueños. Para recuperarla, San Ignacio cuenta con doce guerreros solares, los chiripieruana, representados actualmente por Los Macheteros.
Con sus grandes tocados de plumas, estos personajes evocan la fuerza del sol y protagonizan el enfrentamiento contra los guardianes de la selva. A su alrededor aparecen animales y otras figuras que completan la visión de una Amazonía entendida como un espacio vivo, habitado por fuerzas, seres y espíritus.

Los abuelos de la fiesta
Entre las figuras más llamativas están Los Achus, considerados los “abuelos” de la celebración y espíritus protectores del bosque. Sus máscaras de madera, grandes narices, pelucas y trajes extravagantes los hacen inconfundibles y despiertan la admiración de quienes presencian el festejo.
En las calles juegan, hacen bromas y provocan al público, pero su presencia tiene un significado que va más allá de la picardía. Al final del enfrentamiento, los guardianes del bosque no son destruidos. La tradición cuenta que reciben la luz y la clarividencia, entendidas como el conocimiento de Dios, y se incorporan al nuevo orden cristiano.
Por eso, durante las noches de las jornadas centrales de la Ichapekene Piesta, el 30 y 31 de julio, Los Achus adquieren una apariencia aún más llamativa. Sus sombreros se encienden con estructuras cargadas de bengalas y petardos que hacen brotar destellos sobre sus cabezas. La luz representa la transformación de los antiguos guardianes y la posibilidad de vivir en armonía con la naturaleza.





Los Achus, macheteros y animales, como el tigre, son personajes que no faltan en la fiesta.
Una tradición que une dos mundos
La Ichapekene Piesta no es únicamente una expresión religiosa. Su fuerza está en la convivencia de elementos cristianos y de la cosmovisión indígena, una combinación que permitió que el relato sobreviviera y se renovara de generación en generación.
Según información de la Unesco, la celebración reinterpreta el mito fundacional moxeño de la victoria de San Ignacio de Loyola y lo vincula con creencias y tradiciones indígenas. Por ese valor, fue inscrita el 5 de diciembre de 2012 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Así, en San Ignacio de Moxos, una historia nacida del encuentro de dos mundos continúa encontrando su escenario en las calles. Plumas, máscaras, música y fuego no son solo elementos de una celebración: son parte de una memoria moxeña que vuelve a cobrar vida para las nuevas generaciones.
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