En el mensaje presidencial en la ciudad de Sucre, se lanza una frase fundacional: A 201 años de su fundación, nace una nueva Bolivia. Unos minutos antes la senadora orureña encargada de decir en voz alta parte del Orden del Día, lee y repite «en la Salomé (por «solemne») sesión de hoy… la soberbia» (por «soberanía»). Lee con énfasis, en voz alta y lo peor, ni siquiera tiene la menor duda de lo que dice, de los gafes garrafales enunciados para la posteridad.
Fuente: Ideas Textuales
A unos cientos de kilómetros, en Santa Cruz de la Sierra, un nuevo incendio de gran magnitud desnuda una realidad más: En rojo, amarillo y verde.
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Bolivia, Bolivia, Bolivia, Bolivia, Bolivia… El heroísmo que nos avergüenza
Hace dos semanas, una fábrica de pinturas en el Parque Industrial ardió por más de 17 horas. El fuego, alimentado por solventes y químicos, exigió, para ser extinguido, espuma, equipos especiales y un trabajo extenuante. Anoche, de nuevo, el humo se levantó sobre otro símbolo de Santa Cruz: la Feria de Barrio Lindo. En el “gran bazar” cruceño, como yo lo llamo, ubicado entre el 3er y 4to anillo, se desató el pánico entre comerciantes y vecinos desesperados que llegaron hasta con baldes para ayudar a mitigar el incendio. Las causas que pueden haber provocado el mismo, es un tema a reflexionar, pero no es el motivo de este escrito.
Lo que llama poderosamente la atención, aunque no nos asombra, es que, en ambos siniestros, quienes llegaron primero, quienes se quedaron hasta el final y quienes finalmente controlaron el fuego, no fueron las instituciones que, como sociedad, deberían funcionar porque la población paga para eso: fueron los Bomberos Voluntarios.
Como cruceña, siento un orgullo inmenso y una gratitud profunda por ellos, pero como ciudadana, y precisamente en este 6 de agosto, en los 201 años de independencia de Bolivia, siento vergüenza.
El voluntariado en Santa Cruz es heroico, efectivo y desinteresado. Lo vemos en cada emergencia, en cada inundación y en cada incendio forestal que sufren nuestras ciudades y nuestra región. Lamentablemente, ese heroísmo se ha convertido en la coartada perfecta para la inoperancia del Estado. Nos hemos acostumbrado – gobiernos y ciudadanos por igual – a que la responsabilidad recaiga sobre hombros privados, sobre personas que ponen su tiempo, su dinero, su salud y su vida, sin recibir un centavo a cambio.
Y esta realidad no solo es evidente en los incendios, es un patrón que se ha normalizado peligrosamente. ¿Quiénes sostienen hoy gran parte del tratamiento de enfermos crónicos en nuestros hospitales de tercer nivel? Las fundaciones voluntarias que hacen rifas para comprar medicamentos. ¿Quiénes atienden a personas con discapacidad, a niños con cáncer, a ancianos con dependencia severa? Damas voluntarias, colectivos privados, iglesias. El Estado aparece para la foto, para el discurso, pero no para garantizar el derecho de los ciudadanos a la salud, al bienestar y a la calidad de vida.
Que nuestra sociedad sea generosa y empática, habla muy bien de Santa Cruz, pero que el Estado dependa de esa generosidad para incumplir sus competencias básicas, habla muy mal del Estado.
La Constitución y las leyes de autonomías son claras: los diferentes niveles de gobierno tienen la obligación de garantizar la seguridad ciudadana, la gestión de riesgos, la salud y la protección de poblaciones vulnerables. Esto no es una colaboración opcional, es su razón de ser; para eso es que se cobran impuestos y se aprueban presupuestos cada gestión.
No podemos seguir confundiendo lo loable con lo normal; aplaudir a los Bomberos Voluntarios mientras se les niega equipos adecuados, seguro de vida, combustible y cuarteles dignos, es hipocresía. Exigirles que hagan lo que los Bomberos de la Policía y las unidades gubernamentales de emergencia deberían hacer, con personal contratado, tecnología eficiente y turnos de 24 horas, es, claramente, explotación del altruismo ajeno.
Necesitamos, como sociedad, alzar nuestras voces permanentemente sobre estos temas, hasta que seamos escuchados. Agradecer al voluntario no puede ser sinónimo de absolver la inacción de los que, por ley y competencia, son responsables. Tenemos que dejar de decir «menos mal que estaban los voluntarios» y empezar a preguntar ¿por qué no estaba el Estado?
Exijamos al Gobierno nacional un sistema profesional y permanente de bomberos y de gestión de riesgos, con presupuesto e infraestructura, no con discursos. Exijamos un sistema de salud que no dependa de la caridad para salvar una vida. La solidaridad privada debería ser un complemento, muy loable, por cierto, pero nunca el sustituto de la responsabilidad pública.
El día que no necesitemos héroes para apagar un incendio en la ciudad, que nuestros hospitales públicos reciban y atiendan a todos los enfermos sin distinción, que nuestras cárceles dejen de ser un barrio más donde los privados de libertad hacen lo que quieren, ese día podremos decir que tenemos una ciudad segura. Mientras tanto, nuestro aplauso a los voluntarios debe ir acompañado de una interpelación firme y decidida a quienes hoy esconden su ineficiencia detrás del sacrificio y buena voluntad de muchos.
Fuente: Ideas Textuales

